Martes, 27 de octubre de 2020

 Gandhi fue un bellaco  

      

Joan Tardá ha comparado a Carles Puigdemont con Mahatma Gandhi. Lo hizo para enaltecer al expresidente secesionista pero no sabe que la equiparación es acertada justo por lo contrario, puesto que a ambos personajes, el catalán y el indio, les une la condición de bellacos políticos; o sea, malos y astutos. Escribir contra corriente conlleva riesgos que nunca me ha importado asumir, y menos a estas alturas. Se dice que tan dañino como las acciones de los malvados es el silencio de los buenos. Algo de esto último hay en la actitud general frente a las mentiras oficiales de la historia: el mirar para otro lado por parte de muchas personas informadas.

Existen estereotipos de buenos y malos que resulta muy difícil desmentir y prácticamente imposible revertir. Sinvergüenzas como Lenin, Che Guevara, Fidel Castro, Gandhi, Mao Tse-tung y Hugo Chavez son modelos de conducta cívica para una masa de borregos incapaces de ver más allá de la propaganda, las consignas y el merchandising  iconográfico de la izquierda. Que un extremista de Ezquerra Republicana elogie a Mahatma Gandhi tiene cierta lógica.

Gandhi ha pasado a la historia como paradigma de la resistencia pacífica, pero el transfondo de su vida y su obra desvela a un individuo clasista, egoísta, xenófobo y nada prudente a la hora de evaluar las consecuencias de su actuación política. Veamos: pertenecía a una casta privilegiada, lo cual le permitió estudiar Derecho en Londres. Su rebelión contra los opresores blancos fue una reacción personal al desprecio que encontró cuando residía en Sudáfrica, donde, pese a que trabajaba de abogado, era relegado como los negros en los actos sociales, los transportes y los espectáculos. La biografía de Joseph Lelyveld recoge ese aspecto escabroso de la vida de Gandhi; el supuesto guía de la igualdad defendió los derechos de los hindúes, pero menospreciaba a los negros, como dejó patente en estas líneas: "Podíamos entender no estar clasificados con los blancos, pero situarnos al mismo nivel que los nativos sudafricanos era demasiado. Los kaffirs (negros) son por norma incivilizados. Son problemáticos, muy sucios y viven como animales". El Gandhi humilde, ascético y modesto... "adoraba hablar de sí mismo", dicen Lapierre y Collins en Esta noche la libertad. La campaña política de Gandhi que culminó en que la India se independizara de Gran Bretaña no supuso que la inmensa mayoría de sus compatriotas de a pie, en particular los de pie descalzo, se independizasen de las castas que jerarquizan su existencia desde tiempos inmemoriales. Y, lo más importante, no les libró de la pobreza porque la India pasó a convertirse, como para Cataluña anhela Tardá, en República Socialista. Cuando Rajiv Gandhi (quien pese a la similitud del apellido no tenía parentesco con Mahatma) fue elegido candidato a la presidencia por el partido socialista Congress, el primer ministro de la India independiente tuvo que optar entre favorecer la economía a medio y largo plazo impulsando las empresas privadas o mantener en la pobreza a su electorado. Lo cuenta Javier Moro en El sari rojo: "Los viejos dinosaurios del partido le recordaban que lo importante era mantener la lealtad de los votantes, que en su inmensa mayoría eran pobres de solemnidad. ¿Qué sentido tenía hacer una política que no les beneficiase a corto plazo? ¿Acaso quería Rajiv que el partido perdiese las próximas elecciones?". Además, Mahatma Gandhi provocó en aquel territorio una "Tabarnia" singular y no precisamente pacífica, que fue la separación traumática de Pakistán.  

Y también sexo. Se ha repetido hasta la saciedad que a los grandes personajes se les debe juzgar por sus obras y no por su vida personal. Menos aún, por su vida sexual, materia en la que soy defensor acérrimo de que cada cual, famoso o no, haga lo que le plazca siempre y cuando no perjudique a terceros. En términos generales ni los grandes ni los pequeños estamos exentos de vicios, errores y patinazos. Pero hay excepciones. Una, cuando se trata de farsantes, gente que predica una cosa y hace lo contrario. Otra, que sus obras no sean precisamente luminosas como pretenden las biografías convencionales sino más bien teñidas de oscuro. 

Gandhi se casó siendo adolescente con una niña de trece años (algo normal en su cultura) con la que tuvo tres hijos, y al llegar a la treintena abandonó a su esposa con el pretexto de renunciar a los placeres del cuerpo. Lo cierto es que Gandhi entabló una relación amorosa apasionada con un arquitecto alemán, Hermann Kallenbach, con el que convivió dos años en Sudáfrica. No es un infundio, un fake como se dice ahora; está suficientemente documentado y consta en la correspondencia entre ambos que los herederos de Kallenbach sacaron a subasta. La prueba de que no convenía airear el tema en Occidente es que el gobierno de la India se adelantó a otros posibles compradores y adquirió los manuscritos por mucho dinero asegurándose de que no se publicaran. Cuando aquella relación terminó, Gandhi mostró una afición morbosa por las niñas, una tendencia que la imagen oficial reviste de lirismo, con explicaciones peregrinas; una versión dice que Gandhi dormía entre dos chiquillas desnudas para que le dieran calor, y otra para poner a prueba el sacrificio de la abstinencia sexual. La realidad, una vez más, despinta los colorines del tema. Algunos de sus más estrechos colaboradores, entre ellos el asistente personal y uno de sus mecanógrafos, renunciaron a seguir trabajando con él porque deploraban esa práctica. 

Para rematar la ocurrencia de Joan Tardá, otra fervorosa partidaria de la independencia catalana, la monja argentina Lucía Caram, ha publicado en las redes sociales la siguiente cita de Ghandi. "Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados". Otro argumento que se les vuelve en contra porque, según ellos, el poderoso bien elegido como president es Carles Puigdemont. ¿Serán esas las coincidencias que Tardá y Caram aprecian en su correliigionario indepedentista catalán?