Miércoles, 19 de septiembre de 2018
Las Arribes al día

Julio Robles, el rayo que no cesa

Al encuentro de su recuerdo en Ahigal de los Aceiteros con Alejandro Marcos y David Salvador

Alejandro Marcos y David Salvador en la tumba de Julio Robles en el cementerio de Ahigal de los Aceiteros / CAÑAMERO

Enero pliega las fiestas navideñas y nos devuelve el recuerdo del maestro Julio Robles. Aunque, realmente, el grandioso torero charro está presente todo el año y, en cualquier momento, surge su figura para hurgar en las despensas de la memoria con alguna de sus inolvidables tardes. O su personalidad. Más que nunca es ahora, en enero, cuando el volcán del roblismo irrumpe con más fuerza al celebrarse el aniversario de su muerte y con él se abre el telón a numerosas actividades. Añorado por los veteranos aficionados y modelo para gran parte de los más jóvenes, su nombre es recibido con respeto y culto en cualquier conversación al tratarse de un símbolo que a nadie dejó indiferente.

Con su raíz de Ahigal de los Aceiteros, el gran maestro charro que ve la luz en Fontiveros, hasta que siendo un niño de cinco años se traslada con su familia a La Fuente de San Esteban, la villa que ve despertar su vocación taurina bajo la admiración a Paco Pallarés, quien será su maestro y encamina sus primeros pasos profesionales. Desde entonces, en ese lugar del Campo Charro, tan identificado con él, el nombre de Julio Robles se reverenciado.

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Hoy, La Fuente, tiene encendida la mecha del toreo con un nuevo matador en su censo,  Alejandro Marcos y un novillero con picadores, David Salvador. Dos chavales que luchan para abrirse camino en el toreo y, cada cual con sus circunstancias, tienen idealizada la figura de Julio Robles, del que ahora se cumplen diecisiete años de su fallecimiento. Con ellos viajamos a Ahigal de los Aceiteros para rememorar la leyenda del ídolo. Primero al camposanto donde duerme el sueño eterno; después a la plaza para admirar la preciosa escultura de Luis Sanguino donada por Victoriano Valencia, su fiel apoderado, al pueblo de Ahigal de lo Aceiteros.

La tarde aunque soleada es plenamente inverniza y los termómetros apenas superan los tres grados, cuando, inmersa la conversación con Alejandro y David alrededor de Robles, van quedando atrás los pueblos de Boada, Villares, Villavieja, Bogajo, Cerralbo y Lumbrales hasta aparcar a puerta del pequeño cementerio de Ahigal de los Aceiteros. Ahí la emoción se hace presente justo en el momento de ir al encuentro de una leyenda que, por edad, ninguno de ellos llegó a conocer, sin embargo las circunstancias de su vida profesional los condujo a que, Julio Robles, esté en su pedestal de su admiración.

Alejandro era muy niño en la primavera del año 2000. Entonces, La Fuente vivió un acontecimiento con la llegada del colosal torero para inaugurar el parque que lleva su nombre y, posteriormente, pregonar las fiestas del Corpus en una tarde de muchas emociones y de reencuentros. David, por su parte, aún no residía en esa localidad. Ni ambos en sus sueños infantiles de entonces pensaban en la senda torera. Faltaba aún mucho tiempo y bastante camino por recorrer.

Ese tiempo ha pasado y el destino ha querido que ambos se hayan abrazado a la leyenda de Julio Robles. Alejandro, en su curiosidad por conocer a glorias del ayer, en viejas crónicas ya amarillentas de papel, o en los videos de Youtube empezó a disfrutar con faenas de Robles y al ver ese estilo, elegancia, personalidad, esencia… sentía un cosquilleo en sus adentros. Y a medida que conocía más él iba observando más despacio los detalles para impregnarse de su aroma, con el añadido de empezar a saber que por las mismas calles de su pueblo, las que las él corría en su infancia, lo fueron de Julio Robles. De ahí empezó a darse cuenta de tantos nexos como, salvando las épocas, los unían muchas cosas: Los dos descubrieron el toreo en un escenario común, jugaron al fútbol con gemela ilusión o se bañaron en La Poza:

“A medida que pasaba el tiempo me impresiona más, también mucha gente me hablaba de él, especialmente los profesionales y empecé a idealizarlo e incluso ya hasta pensé en tributarle mi admiración en una plaza”, señala Alejandro. A su carrera llegaron tardes en Madrid, en Salamanca, en plazas importantes; pero esa muestra de reconocimiento al maestro ya tenía fijado un día especial: “El de mi alternativa, era la ocasión soñada y coincidieron muchas cosas. El maestro en sus últimos años triunfó en plazas relevantes con un terno azul y oro que me impresionaba al verlo en las fotos, como la de un lance en Santander, la plaza de la alternativa y donde él lo fue todo. Entonces, para esa ocasión, me hice un celeste con las mismas costuras y diseño. Luego, el momento más íntimo de recuerdo a Robles llegó en el afarolado de rodillas, que fue mi particular brindis a un genio del toreo del que tanto me inspiro”.

David Salvador escucha atentamente. Su caso fue semejante al de Julio, porque también marchó a vivir a La Fuente a la edad de cinco años y ambos trabajaron de camareros. “Empezaba a torear y por el bar de mi madre venían muchos aficionados que me hablaban de Julio, incluso gente muy cercana que habían sido seguidores suyos. Eso te va creando una grata inquietud hacia el personaje, que aumenta a medida que vas conociendo más el mundo del toro. Después ya me apodera Leandro y me habla mucho de toros, con enorme pasión de Julio Robles y la influencia que tuvo para las generaciones posteriores, de los artista tan grande que fue y la personalidad que tuvo. Ahí pues te das cuenta ya tanta admiración como le guardas nada más escuchar pronunciar su nombre”.

La emoción se palpa en los dos toreros postrados, con el rostro serio, en el conjunto funerario. En esos instantes seguro que en sus adentros imaginan a aquel Robles que no conocieron, pero hoy su recuerdo viaja con ellos de sus vidas artísticas. Y tal vez lo imaginan por las calles de La Fuente jugando al toro, como hicieron ellos casi cincuenta años después. Es el sentimiento gemelo que tienen al observan la preciosa escultura de Luis Sanguino llena de vida, de movimiento, de luz, en un trincherazo interminable que nos hace volver a sentir al querido y añorado maestro. A aquel Julio Robles que es como ‘el rayo que no cesa’ de Miguel Hernández.