Jueves, 20 de septiembre de 2018

¡Hasta siempre y gracias, Esclavas del Santísimo!

 

Una mujer arrodillada alza

sus ojos allá arriba, donde está

en la custodia el círculo del círculo,

el infinito centro de lo blanco.

 

Ella, la dama blanca, prueba,

envuelta en manso fuego no visible,

a cerrar las heridas del mundo

sin mover los labios, en quietud.

 

Los versos de Antonio Colinas nos trasladan a una escena que pronto perderemos, y con ella un gran pulmón espiritual para la ciudad de Salamanca: la adoración constante de la Eucaristía, siempre manifiesta, en la Capilla de la Vera Cruz. Una iglesia con la puerta abierta durante diez horas cada día es un regalo para el que entra, pero también para el que simplemente pasa por allí y puede ser interpelado por esa imagen que invita y acoge. Así de misioneras, abriendo la puerta, postrándose en alabanza, compartiendo sus oraciones de comunidad, pueden ser unas monjas de clausura. Y así son las Esclavas del Santísimo que dejarán dentro de unas semanas nuestra ciudad, después de casi sesenta y seis años asentadas en el entrañable templo del Campo de San Francisco.

 

“Las monjas de la Vera Cruz”, como popularmente las conocen los salmantinos, llegaron el Domingo de Ramos de 1952, en la que fue sexta fundación de la madre María Rosario del Espíritu Santo Lucas Burgos. Lo hicieron a la sede de la decana de las hermandades, al verdadero epicentro de la Semana Santa salmantina, y con sus auxilios, las Esclavas contribuyeron a que la Vera Cruz superara en los años setenta la honda crisis que afectó a casi todas las cofradías. Adaptadas a la estrechez de una pequeña vivienda, lograron que la capilla añadiera a su indudable atractivo artístico y a su innegable categoría devocional, cimentada en imágenes sagradas tan emblemáticas como la Virgen de los Dolores, el valor incalculable de la adoración eucarística. El exuberante retablo de Churriguera, coronado por el triunfo de la Cruz y enjoyado con la Inmaculada de Gregorio Fernández, se hace verdadero Tabor cuando en su hornacina central se expone el Santísimo Sacramento. Y ante Él, deslumbrada y descalza, entregada y ofrecida, siempre una esclava. De día y de noche. En vigilia de amor e inmolación.

 

La vida contemplativa, el ritmo del trabajo y de la Liturgia de las Horas, el silencio y el retiro inherentes a una clausura, han compartido espacio con el testimonio necesario de los fieles laicos agrupados en cofradía, con la ebullición procesional que transforma la Vera Cruz en los días de la Semana Santa y con las confiadas visitas diarias a La Dolorosa, el Cristo de los Doctrinos, el Nazareno… Un ejemplo nítido de la rica diversidad de la Iglesia y del beneficio mutuo de dos carismas, que cuando se sintieron en discrepancia, es natural, siempre habían conseguido llegar a acuerdo, pues un mismo fin es el de ambos. No por casualidad las Esclavas son hermanas de honor de la Cofradía, el instituto y cada una de las que han pasado por la comunidad salmantina. No por nada fueron ellas las que bordaron y regalaron la bandera de la Vera Cruz en su quinto centenario. Y así, día a día, adoración tras adoración, lograron que una hermosa iglesia cofradiera se consolidase como “centro luminoso”, usando un término de nuestra reciente Asamblea Diocesana. Ellas, Esclavas del Santísimo… y de la Inmaculada. Nosotros, cofrades de la Vera Cruz… y de la Purísima Concepción. María siempre como vínculo, el azul de nuestra medalla y el blanco de su hábito religioso. ¿Cómo olvidar tantos momentos compartidos? Laboriosos desmontajes y montajes de pasos en eternos sábados santos aliviados por las rosquillas de las monjas, reflexiones del séptimo dolor de María desde la reja, divertidas visitas de los Reyes Magos, la larga y gozosa noche de la Cruz de los Jóvenes, el orgullo de recuperar la Sacramental en la octava de Corpus, un alba a medida para el monaguillo más pequeño, “Hay un Corazón que late” para los recién casados, un inalámbrico a punto para que don Pedro salga a la palestra con la venia de la madre superiora…  La vida misma: desde las profesiones solemnes de jóvenes religiosas que han pronunciado en Salamanca su “fiat” generoso hasta las despedidas de aquellas, ya ancianas, que aquí fueron llamadas por el Señor para el encuentro definitivo, después de una larga travesía de vigilias y plegarias.

 

Gracias, madres, por hacer de la Vera Cruz un cenáculo de Jueves Santo y de Domingo de Pentecostés. Gracias a Dios por haberlas puesto en nuestro camino de fe, que ahora hemos de continuar con fidelidad, ardor apostólico y confianza en el Señor. Sabemos que los cofrades azules y la Iglesia que peregrina en Salamanca nunca faltan ni faltarán en sus oraciones. ¡Gracias!

 

En la fotografía de Heliodoro Ordás, Misa de la Inmaculada en la Capilla de la Vera Cruz (año 2011). Este artículo se publica simultáneamente en la revista diocesana COMUNIDAD.