Lunes, 3 de agosto de 2020

La pobreza en España y Europa

Los rotativos nacionales del pasado fin de semana han llenado sus principales páginas con la noticia de la proclamación como santa oficial de la Iglesia Católica a Teresa de Calcula, la monja de los más pobres. Francisco, el Papa de las periferias, han decidirlo hacerlo al final del año de la Misericordia.

Los pobres, las periferias, existen y existirán en todas las sociedades y en todas las civilizaciones. Pero, podríamos preguntarnos sin ningún temor: ¿Hay pobres en nuestro contexto próximo? ¿Hay personas que mueren en nuestras aceras sin asistencia médica al igual que en Calcuta o en muchas otras ciudades de Asia o África? Según el último informe de Caritas en España “el riesgo de pobreza aumenta en todas las CCAA y en el conjunto nacional la variación anual media es del 9%”.

Aún siendo esto así, la respuesta social en nuestro entorno más próximo es digna de mención por el trabajo que se viene realizando desde cada rincón vecinal en todas nuestras ciudades. Las asociaciones humanitarias españolas han realizado y siguen realizando una magnífica labor de asistencia a las familias más necesitadas. Gracias a ello España no ha sufrido una catarsis o un ocaso social…

Entonces, ¿cuál es la verdadera pobreza que ha acampado de forma silenciosa en occidente? ¿Se necesitan en Europa “nuevas madres Teresa” que acompañen a los pobres europeos y les ayuden en su lecho de muerte? ¿Es posible una pobreza que llene nuestras calles y no seamos capaces de verla?

Yo creo que sí. Esa pobreza es una miseria peor que la falta de alimento, de medicinas o de techo. Es una pobreza invisible pero que acampa dentro del ser humano y le hace vivir en la indigencia: la pobreza espiritual y social.

La sociedad del Estado del Bienestar, que aboga más por el interés general dejando de lado el Bien Común, ha generado seres individualistas que viven en soledad voluntaria y autónoma, que se rodean de mascotas o de aparatos de alta tecnología que ofrecen una apariencia de interrelación, pero que provocan mayor la mayor enfermedad de todo ser humano: la soledad.

La miseria cultural, el dejarse cautivar por los vendedores de aire, falacias y sofismas, la mediocridad humana que huye de la búsqueda de la verdad y se queda en lo sociológicamente correcto… provoca en el ser humano la huída hacia el ocaso de su existencia individual.

Sí, necesitamos nuevas Teresas de Calcuta en nuestras calles, mejor aún, en nuestros hogares y en nuestras familias. Padres comprometidos que acompañen a sus hijos durante su proceso madurativo y evolutivo. Se precisan, con urgencia, nuevos maestros que poniendo en el centro a las personas, a los alumnos y sus familias, se hagan incansables buscadores de la verdad del ser humano. Hacen falta testigos de la generosidad, de la lucha por el bien común, del encuentro y del entendimiento; hacen falta muchas “teresas” que nos saquen a todos de nuestra pobreza intelectual, humana y espiritual.