Martes, 27 de octubre de 2020

Árboles que laten…

En un viaje que tuve la oportunidad de hacer, hace ya bastantes años, terminé visitando las zonas de manglares del Caribe colombiano, concretamente los del el municipio de Moñitos. Una vez allí, me hablaron de un refugio  que había utilizado el famoso Capitán Morgan, y los conquistadores españoles, en esas costas. Curioso como soy, no pude negarme a pasar un par de días en la pequeña isla donde me dijeron que estaba situado dicho escondite. Pero, quedaba por pasar la odisea de llegar hasta allí: un viaje de 15 kilómetros, en una patera llena de animales y cachivaches de todo tipo, en un mar bastante picado y, para mayor emoción, un “capitán” borracho que casi nos hace naufragar hasta que uno de mis compañeros de banco lo mando a dormir la mona de un fuerte empujón. El intrépido émulo de Barbarroja no despertó hasta que llevábamos un buen rato en la playa de Puerto Limón, pues se pasó el resto de la pequeña travesía durmiendo plácidamente sin enterarse de nada.

¡Quién iba a imaginar que no sería lo único estrambótico! Según desembarcamos, y para olvidar el susto, me quedé con algunos acompañantes tomando una cerveza en el bar que había en el puerto. No había terminado la cerveza cuando, tras oír unos petardos, alguien tiraba de la parte trasera de mi camiseta y me arrastraba detrás de la barra, sin saber a qué venía tanto alboroto alrededor. Lo que yo había tomado por petardos resulta que habían sido disparos de uno de los policías allí destinados que, también en plena melopea, clamaba al cielo por la pérdida de un amor que únicamente él veía. No acababa de llegar a un sitio, que puede definirse como uno de los últimos edenes que quedan en la tierra, y ya tenía varias aventuras que contar en plan batallas del abuelo, ¡así fue mi aventurera llegada a Isla Fuerte!

Un lugar que, tras el paso de los años, se ha convertido en un foco de atracción para el submarinismo, por sus cristalinas aguas y la enorme riqueza que albergan sus aguas, consideradas las más bellas del Caribe continental. Soy de secano con lo que dejo el agua para los peces, por muchos colores que tenga. El único sitio que había para alojarse, por aquel entonces, lo acababa de abrir un visionario, que tenía en alquiler cuatro o cinco cabañas, en mitad de la isla, evidentemente sin ninguna de las comodidades que solemos exigir en nuestra aséptica Europa… cosa que no eché de menos en ningún momento, pues un cielo de estrellas cómo nunca había visto (no había luz eléctrica en la isla), una charla hasta altas horas de la noche, ron mediante, y varios especímenes de árboles, satisfacieron todo lo que iba buscando, pese a no llegar a ver el dichoso escondrijo.

Obligado por mis pasiones, la Naturaleza, y su hija preferida, la Geografía, no puedo por menos de reconocer que, además de los manglares existentes, disfruté enormemente visitando varios especímenes notables: “el árbol que camina”, un ejemplar del género Ficus, llamado allí “matapalo”, o “higuerote”, porque llegan a estrangular y matar al árbol sobre el que se apoyan para alcanzar la luz solar, y que, al tener multitud de raíces aéreas, da la impresión de ser la unión de varios árboles unidos en uno; y, sobre todo, sentir “el Tun-tún”, del género Sterculia, centro de peregrinación de los isleños, para oír el latido de la Madre Terra. Bastaba abrazarte a él para que, con la oreja pegada a su hueco tronco, pudieras sentir el rítmico compás de un latido… aunque sea el tuyo propio.