OPINIóN
Actualizado 24/04/2026 08:05:12
Mercedes Sánchez

Para quienes somos acérrimos defensores de nuestra Naturaleza (de esa que es de todos los que habitamos actualmente este mundo y de todos los que vengan en posteriores generaciones, tengámoslo en cuenta) reciclar es una obligación a la que nos vemos avocados porque este medio ambiente es el único que tenemos y no hay cara B como en los antiguos vinilos. El planeta Tierra, que desde tiempo inmemorial sabemos que no es plano, (además, nunca decimos: Tierra, hay que ver, ¡qué "planeta" eres!) no tiene la opción de darse la vuelta como a un negro L.P. para que suene otra música celestial, ni podemos ponerlo del revés como algunos dicen que hacen con alguna prenda a la que le salen “bolitas”.

Este esférico espacio cuya superficie habitamos, debe ser (y estar) convenientemente cuidado para que nos siga proporcionando opción de vida. Ese es el principal (y urgente) motivo que nos lleva a cuidarlo: Aire que respirar, aguas limpias para beber, tierra fértil para alimentarnos, diverso colorido para que nuestras almas disfruten de su incontable belleza…

Así que cumplimos nuestra tarea diaria, sabedores de que a las 3 reglas de siempre (reducir, reutilizar y reciclar) se han añadido otras hasta convertirlas en 7: rediseñar con materiales ecológicos y facilitando su reciclaje, reducir el consumo y la generación de residuos, reutilizar alargando la vida útil de los objetos, reparar, renovar para devolver la funcionalidad, recuperar materiales o piezas, y en última instancia, reciclar materiales.

Y ahí está el mundo, todos muy conscientes. Cumpliendo con estas enseñanzas.

Unos, rrrrrrrediseñando zapatos poniéndoles una florecita, en el empeine, de ganchillo que sobró de hacer una colcha; otros, haciendo bolsos con algún rrrrrrretal sobrante, que ya dice un amigo que no le queda ninguna camisa sana y en cambio tiene un cajón lleno de bolsas de tela hechas con sus pecheras, espaldas y mangas.

Los de más allá, rrrrrrrellenando botellas para seguir dándoles uso y así rrrrrrreducir el consumo y rrrrrrreutilizar (hay quien dice que ahora paga más de agua porque con las prisas se le vierte por los lados al rrrrrrrellenar la botellita).

Algunos, con un montón de piezas sueltas en los cajones por desmontar cosas para rrrrrrrepararlas esperando que algún día sí encajen y el objeto se pueda rrrrrrreutilizar.

Rrrrrrrenovar… Así que, cada vez que quedo con alguien a tomar un café, aparece con lunarcitos de colores en la cara, y al preguntar, me dicen que es de las gotitas que les caen rrrrrrrepintando accesorios y muebles.

Hay, incluso, quienes se pasan el día haciendo viajes al contenedor de rrrrrrreciclado porque se les ocurre de pronto hacer unas cajoneras con las cajas que acaban de bajar a rrrrrrreciclar.

Como puede verse, colaboración y buena voluntad no faltan. Incluso hay muchíiiisima creatividad. ¡Bien hecho!

Pero… ¡¡con los tapones hemos topado!!

Esta historia, que no empezó en el pleistoceno (¡¡ay que ver, qué palabra tan bonita y qué poco la usamos!!), (la verdad, no se me había ocurrido meterla en ninguna otra conversación, pero podríamos decir, por ejemplo: “esa amiga, sí, la que nació en el pleistoceno”… O en un restaurante: “esta comida me sabe a pleistoceno”… O en el ascensor: “este aroma recuerda al pleistoceno”…) (¿O no?). Pero bueno: Vamos a lo que vamos. Como decía, este tema de los tapones, no empezó hace mucho, y todos nos afanábamos por enroscar cada tapón a su recipiente cuando se acababa el contenido, y lo echábamos al contenedor correspondiente. ¡Y punto!

Si todo iba bien, ¿por qué esta condena? ¿Hemos hecho algo malo la humanidad? ¿Hemos cometido algún pecado imperdonable? ¿Por qué nos vemos de por vida atados a esos tapones modernos que no hay quien los abra? ¡Que nos dejamos las manos con todas sus articulaciones en todas las botellitas y cartones de cualquier cosa que necesitamos abrir!

¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué están diseñados con tanta inquina hacia el consumidor? ¿Quién está interesado en que nos queden las manos como dos muñones enrojecidos e inmóviles, incluso agarrotados? ¿Por qué tras intentar abrir cualquier cosa nos duele hasta el alma el carpo, el metacarpo y las falanges, aunque no sean del pleistoceno? (¿Ves?, ¡si al final la palabrita da mucho juego!). ¡Es que me duelen hasta los sesamoideos, que yo no sabía ni que los tenía! Bueno, pues desde que abro los nuevos tapones, tengo incluso a veces pisiformes y escafoides, que se ve que se llaman entre ellos para venir a ayudar.

Pues bien… una vez que todos los huesos y músculos y tendones de mis manos logran abrir, todos a una y con mis palabras de aliento, el taponcito de marras, vas a servirte la leche, el agua, o lo que sea, y como el tapón queda colgando, y tiene muy mal yogur (muy malo, muy malo), se pone justo en el camino entre la botella y el vaso mientras te estás sirviendo y…

Msñajfdoiffrjovhfvfipjbfnuugkkmñjvfxlkdfboigfbmgfp (traducción simultánea = me acuerdo de todos los rrrrrrrediseñadores de tapones del mundo, eso sí, sólo con tres cuartos de acritud).

(¡El otro cuarto se me ha vertido al intentar servirla!).

¡¡Piedad, señores, piedaaaaad!!

¡¡Un poco de misericorrrrrrrdia, señores y señoras rrrrrrrediseñadores!! (del pleistoceno… o no).

Mercedes Sánchez

La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien se la agradezco

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