OPINIóN
Actualizado 08/04/2026 09:41:14
Raúl Izquierdo

Dicen que hay miradas que matan, pero también hay miradas que salvan. Cuando alguien cruza su mirada con la tuya puedes sentirte como en casa o puedes salir corriendo, pero, ¿cómo miramos? ¿Es nuestra mirada como la de un cazador que está al acecho para enseguida pillar el error, la metedura de pata o la basura de la otra persona? ¿Es nuestra mirada inquisidora, presta al juicio rápido y sin piedad, sin consideración y sin un mínimo de misericordia? ¿Es entonces nuestra mirada como la de un juez severo que sentencia sin haber escuchado al reo? Miradas que juzgan y condenan. ¿O es nuestra mirada limpia, alegre y que invita a la confianza desde el principio? Una mirada sana y sanadora, una mirada que da seguridad y tranquiliza en medio de la zozobra de la vida.

Una sola mirada puede significar el rechazo o la acogida, y el que la recibe lo capta muy bien, porque los ojos hablan, aunque no con palabras. Pero es que se puede hablar con muchas partes del cuerpo, y por eso, por la forma de mirar del otro o de la otra podemos saber si está triste o alegre, enfadado o incluso enfermo. Pero, ¿cómo miramos al alter ego, al otro ser humano?

Dicen que cuando te enamoras, hay un cruce breve de miradas que se convierte en eternidad. Después, con tan solo mirarse, los enamorados se han dicho todo. ¡Qué fuerza tiene una mirada! Hay también miradas curiosas que todo lo quieren captar, miradas cotillas, deseosas de enterarse, de descubrir, de captar. Y miradas entre amigos, entre cómplices, entre hermanos, que denotan complicidad y sintonía. Hay miradas que confortan más que mil razones, y miradas que curan más que las medicinas.

Cuando vamos por la calle, miramos y miramos y si nos detuviéramos un instante a pensar sobre cómo miramos, nos sorprendería descubrir los mil matices de nuestra mirada, a veces desentrenada para captar lo esencial y presa fácil de los prejuicios. Miramos un monumento magnífico, un árbol o una flor naciendo en primavera y puede que nuestra mirada sea torpe y negligente para descubrir el tesoro de la vida. Miramos a una persona pidiendo dinero en la calle, o gritando porque tiene alguna enfermedad mental, o durmiendo en un cajero, y casi ni le miramos. Porque cuando niego mi mirada a alguien, es como si no existiera para mí. Veo el telediario de cada día, con tantas imágenes de bombas, ruinas y conflictos, con tantos políticos escupiendo rencor y ataques al rival, con tantas situaciones de violencia y abuso y mi mirada es indiferente, como quien está cansado de volver a ver la misma película.

Hay miradas de asombro y emoción, en la que los ojos se llenan de lágrimas, como cuando ves a tu hijo recién nacido por primera vez, o una escena que te mueve las entrañas. Otras miradas también se enjuagan de pena cuando miras al ser querido al que tanto amaste postrado enfermo en una cama, sabiendo que es tu última mirada sobre él. Un niño o niña pequeña miran siempre con asombro y curiosidad, porque todo es nuevo y todo hay que tocar y descubrir. Me imagino a los grandes marineros o exploradores cuando llegaban por primera vez a un lugar desconocido hasta entonces, con esa mirada de orgullo, emoción y expectación. Y esa mirada que tantas veces hacemos hacia el cielo, buscando una respuesta que hace esquiva o implorando a la corte celestial para lograr algún favor divino.

Según el evangelio de Lucas, Jesús miró a Pedro después de que éste le hubiera negado tres veces. Se cruzaron sus miradas, la de la culpabilidad y remordimiento de Pedro, y la mirada que perdona y limpia de Jesús. Esa mirada de Jesús, posiblemente le cambió la vida para siempre al cabezota de Pedro. ¡Ay si Judas hubiera cruzado su mirada con la de Jesús! Posiblemente hubiera tenido otro final…

Miradas y miradas. Nos miran y miramos. Y cuando dos miradas se cruzan, puede saltar la chispa, pero también se puede encender el fuego del amor, la amistad o la reconciliación. Quizá deberíamos mirarnos más y hablar algo menos. A algunos les basta el espejo para ensimismarse con su propia mirada, pero yo prefiero la mirada directa a alguien, esa con la que puedes decir tantas cosas que no te salen con el lenguaje del habla, mirada que expresa y que muestra emociones.

Ojalá no perdamos nunca la mirada de los más pequeños, para que sea acogedora y sanadora. Y si somos capaces, la adornemos con un guiño, que siempre sienta tan bien a cualquier mirada.

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