Las primeras damas son las esposas de los jefes de Estado, presidentes de gobierno, primeros ministros y reyes cuyo trabajo consiste en acompañar a sus esposos en importantes actos oficiales y representarlos personalmente en asuntos filantrópicos, sociales, culturales, artísticos, etc.
¿Pero por qué se me ocurre a mí pensar hoy en estas mujeres si ni siquiera conozco los nombres de la mayoría? Pues la culpa es de la campaña electoral previa a los comicios del domingo 15 de marzo.
Desde hace muchos años tengo por costumbre no abrir periódicos durante esos días y no conectar ni la radio ni el televisor. Votar, voto teniendo en cuenta lo que han hecho nuestros políticos, no por lo que prometan hacer, y de paso me recupero del cansancio que produce el aguantarlos de campaña toda la legislatura.
Al volver a la normalidad he abierto algunos periódicos de atrás y todavía no salgo de mi asombro con la primera noticia que me he encontrado. Mientras que el Trump de los lereles se crece matando inocentes, destruyendo instalaciones importantes, provocando el exilio de familias enteras y desencadenando todas las miserias que desencadenan las guerras y cuyas víctimas más vulnerables son los niños, su esposa, que además es hija y es madre, tiene la desfachatez de plantarse, vestida de marca y bien escoltada, en la ONU donde presidió una sesión del Consejo de Seguridad que aprovechó para comunicarle al mundo su gran deseo: que los niños vivan en paz, porque son el futuro, porque tienen derecho.
¿Pero cabe mayor desvergüenza en una persona? ¿Cómo se atreve a decir esto mientras su marido disfruta matándolos? ¿De dónde saca valor para burlarse de la dignidad, del respeto, de la empatía y reírse de las víctimas?
Ni juntándose los epítetos de todas las lenguas serían capaces de calificarla con acierto. En español solo se la podría retratar con eso de “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión”.
Usted, doña Melania, puede presumir de ser la primera dama de los Estados Unidos porque desgraciadamente lo es, pero para las mujeres de su país es la más rastrera de todas, la más impresentable para las mujeres de los cinco continentes y la mayor de las vergüenzas para todas las primeras damas.