LOCAL
Actualizado 12/03/2026 15:38:44
Redacción

El escrito se está difundiendo en las redes sociales, ya que refleja el "sentir generalizado" de la plantilla en Salamanca.

Milagros Astudillo, integrante del Comité de empresa de Majorel Salamanca, remitía a SALAMANCArtv AL DÍA el presente escrito que, en su opinión, rfleja "el sentir generalizado de la plantilla de Majorel", con motivo de las movilizaciones por el anuncio de un ERE que afectaría a 169 profesionales de Salamanca.

Se trata de un texto escrito por una de estas trabajadoras, Teresa Petisco Zorita.

Necesitamos que alguien nos escuche.
De verdad, no desde el fatalismo.
Hoy he escuchado a compañeras decir:
«No voy a hacer huelga. ¿Para qué? No vamos a conseguir nada».
Y a otras decir:
«Voy a hacer huelga, pero no sé para qué. No vamos a conseguir nada».
Hemos perdido la batalla antes de empezar.
Y duele, duele mucho.
La mayoría de mis compañeras y yo llevamos en la empresa más de dos décadas.
Para muchas, la vida entera.
Para la empresa, en cambio, somos solo una cifra más en una tabla de Excel que va a reducirse en 169 personas en unos días.
Pero no son solo 169 personas.
Son 169 familias.
Son colegios, alquileres, vacaciones, comida y sueños.
Es el final de un compromiso con un trabajo que nunca ha sido fácil.
El sector del contact center es uno de los más invisibles, pero también uno de los más necesarios.
Se nos exige una productividad constante, métricas y ritmos que parecen diseñados para máquinas, no para seres humanos.
Y somos personas. Todavía.
A pesar de ese ritmo y de la implicación que se nos exige, los salarios rozan el mínimo interprofesional en un sector profundamente feminizado, que además tiene que conciliar para cuidar.
A la presión laboral se suma también la animadversión del usuario. Tenemos la fama de ser quienes interrumpen la sagrada siesta de todos los españoles.
Para dignificar mi profesión diré algo sencillo: sí, es posible que un operador te llame para venderte algo. Lo necesita para llevar un sueldo a su casa.
Pero también será quien te envíe una grúa cuando tengas un accidente.
Quien coordine una asistencia urgente en tu domicilio.
Quien te ayude cuando se cae tu conexión a internet.
Quien consiga que un técnico repare tu caldera en pleno invierno.
Quien busque para ti la mejor tarifa de luz o un descuento que ni sabías que existía.
Y miles de cosas más que ni imaginas.
Todo esto ocurre de noche, en fines de semana, en festivos.
Para que todo funcione cuando tú más lo necesitas.
Nos dejamos la piel en cada cliente.
Y también por una autoexigencia que se nos ha ido metiendo hasta en los huesos.
Porque creemos que así protegemos nuestro puesto de trabajo.
Porque creemos que así protegemos la plataforma de Salamanca.
Porque creemos que así evitaremos que los servicios se externalicen a otro país por menos dinero, sin mirar atrás.
Y claro que nos frustramos.
Y claro que nos deprimimos.
Porque parece que todo vale para obtener máximos beneficios al mínimo coste.
Llevamos años trabajando bajo presión, bajo animadversión y bajo una enorme incertidumbre que afecta a nuestra salud mental.
Así se explica el alto volumen de bajas por ansiedad y depresión que sufre el sector.
En Salamanca, una provincia con muy pocas oportunidades laborales, muchas familias dependen de este empleo.
Fue una gran oportunidad cuando no había otras.
Y pese a todas las dificultades, convertimos la plataforma en algo más que un lugar de trabajo.
La convertimos en una red de apoyo humano.
Un lugar donde cada despido se va a sentir como propio.
Va a ser un dolor en el corazón de todos, aunque no sea nuestro nombre el que aparezca en la maldita lista.
Porque juntas siempre hemos sido más.
Por eso este ERE no es solo un procedimiento empresarial.
Es un golpe profundo a cientos de vidas que dan lo mejor de sí cada día para sostener un servicio que la sociedad utiliza sin pensar quién está detrás.
Porque detrás de cada llamada hay una persona.
Una mujer, muchas veces.
Una madre.
Una compañera.
Una vida entera dedicada a un trabajo que nunca ha sido fácil.
Ojalá esta historia pueda contarse con la dignidad que merece.
Ojalá alguien pueda detener este sinsentido antes de que sea demasiado tarde.
Porque durante años hemos estado al otro lado del teléfono escuchando los problemas de todo el mundo.
Hoy el problema es el nuestro.
Y lo único que pedimos es lo mismo que llevamos años ofreciendo:
que alguien escuche.
Que alguien escuche a las trabajadoras que sostienen este servicio.
Que alguien escuche a las familias que dependen de él.
Que alguien escuche a Salamanca.

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