OPINIóN
Actualizado 10/03/2026 16:16:28
Toño Blázquez

En la plaza de Gabriel y Galán hay varias estatuas, una de ellas es del personaje que da nombre a la misma. Pero nadie lo sabe. Ya me han preguntado varias personas de visita en la ciudad (yo vivo cerca y paso a menudo por allí) de qué quien es esa estatua. Es curioso, no tiene placa alguna en su generosa peana de piedra. No se sabe de quién se trata, ninguna información, sólo la imagen de un hombre de mediana edad con una especie de túnica y un libro en la mano, ¿pero quién es?

La pregunta es ¿le costaría mucho a nuestro Ayuntamiento bautizar esa, por otra parte, excelente estatua?

Es más, si consideramos con sensatez la influencia e importancia de este poeta salmantino ((1870-1905) nacido en Frades de la Sierra, a lo largo y ancho de generaciones y generaciones, no tiene parangón.

La poesía de Gabriel ha corrido como agua cristalina e incontenible a través de madres a abuelos, que se sabían sus versos de memoria (El Ama, El embargo, la cabra Galana, los dos soles, las cuentas del tío Mariano…), de una lírica clara y hermoseada cuyos manantiales nacen de la tierra, los sudores y preocupaciones de los hombres y mujeres que la cuidan y la hacen germinar con trabajo, sufrimiento e ilusión.

Quizá habría que revisar los merecimientos de quién debe poseer un medallón indeleble en nuestra Plaza Mayor.

Sinceramente (y mi opinión sé que la compartes muchos), el valor de la obra, la vitalidad en aumento que se ha mantenido en la memoria de las gentes, su calidad literaria y poética, merecen un respeto y un reconocimiento que Salamanca debe aún al insigne poeta José María Gabriel y Galán. Quizá, la relevancia histórica de algunos de los distinguidos en piedra de nuestra Plaza puede que sea más dudosa o, cuanto menos, discutible.

Al menos, pónganle una placa, por favor.

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