OPINIóN
Actualizado 17/02/2018
Tomás González Blázquez

Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí me llaman Semana Santa de Salamanca, hija de cofradías, hermandades y congregaciones, naturales de la Iglesia y del pueblo, o viceversa, que mucho se habla sobre ello, más que se piensa, como pasa con casi todo. Sin que nadie me lo haya pedido, y sin autorización ninguna, trataré de contar mi historia y mis preocupaciones a lo largo de los siete sábados que hacen víspera de los cinco domingos de la Cuaresma, del ansiado de Ramos y del agridulce de Resurrección. Porque, aunque acaba bien? se acaba.

Unos dirán que nací de la mano de unos llamados Hermanos de la Penitencia de Cristo allá por el siglo XIII. O que surgí con su continuadora, la Cofradía de la Vera Cruz, fundada el 3 de mayo de 1506, aunque durante años repitieran erróneamente los papeles que había sido en 1503. Los habrá que sitúen mi comienzo en las primeras procesiones de disciplina, o en el establecimiento de los actos centrales del Viernes Santo y la Pascua en 1615-1616. Otros se fijarán en la congregación nazarena iniciada al declinar el siglo XVII, o en los pasos grandes encargados al comienzo del XVIII, o en la irrupción decimonónica, ya a finales, del Rescatado y la Soledad. Los habrá que subrayen la idea de los comerciantes de crear una nueva hermandad en 1926, o los numerosos proyectos de los años cuarenta al calor de la Junta Permanente y el ambiente propicio, o el brote verde que significó Amor y Paz cuando ya el ambiente de propicio no tenía nada. También mencionarán los yacentes y las cofradías de barrio de los ochenta, la reciente aparición del costal y la postrera aportación de Mayoral en forma de Crucificado que clama por Tierra Santa.

Pero hoy, al poco de abrir camino en la Cuaresma de 2018, cuando los cofrades salmantinos están convocados a meditar el Vía Crucis en la Catedral, guiados por el evangelio de Juan y la contemplación del Nazareno de la Vera Cruz, debo decir que nací en Jerusalén en torno al año 30, o si se quiere, en la Pascua del año 33, cuando un tal Jesús de Nazaret, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Luego Salamanca me habrá versionado, sus cofradías me habrán contado a su manera, o a la manera de otros, que de eso también se habla mucho (algo se pensará), pero me traicionaría, sin treinta monedas en pago siquiera, ocultando mi partida de nacimiento. Fue en Getsemaní. El Padre señalaba al Hijo la Cruz. Los amigos dormían. Los soldados se apresuraban. La noche se presentaba larga, exigente, inacabable. Y entonces, nací yo.

En la imagen, escena de la Oración del Huerto ? frontal de altar de la Capilla de la Vera Cruz, Salamanca

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