OPINIóN
Actualizado 24/12/2016
Redacción
Seguramente muchos de nosotros recordamos aquella famosa égloga IV del poeta latino Virgilio: "Comienza, pequeño niño a reconocer a tu madre por la risa". Algunos preferían traducir de otra manera aquel verso: "Comienza, pequeño niño a demostrarle con tu sonrisa que conoces a tu madre". Las dos opciones son hermosas.
En una de sus recientes catequesis, el papa Francisco ha apelado a esta imagen tan sugerente como inquietante: la de la sonrisa. ¿Es que no sabemos sonreír? Tal vez nos falten razones y ocasiones para que brote esa sonrisa que nos desarma ante los demás. ¿Es que ese signo de nuestra más serena alegría se nos ha convertido en una mueca?
El Papa se ha fijado en esta sequedad de nuestros encuentros. Y nos ha recordado la íntima relación que vincula la sonrisa al talante y a la virtud de la esperanza: "Cuando estamos en la oscuridad y en las dificultades, no nos sale la sonrisa. Es precisamente la esperanza la que nos enseña a sonreír para encontrar el camino que conduce a Dios".
No es casual esa referencia a Dios, que ha de ser la fuente de nuestra alegría. Por eso el Papa nos invita a reflexionar sobre nuestra relación personal con Dios: "Una de las primeras cosas que suceden a quienes se apartan de Dios es que son personas sin sonrisa". Cuando falta la fe, no bastan las bromas ni las carcajadas. Falta también la sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios.
Pero en su disc
urso el papa Francisco ha evocado también otra imagen que nunca puede quedar en el olvido: la del niño pequeño, que siempre suscita nuestra sonrisa y que lentamente aprende él también a sonreír. ¡Quién sabe si nuestra dificultad para sonreír no tiene su causa en esa resistencia de nuestra sociedad a aceptar el don de los hijos!
Según el papa Francisco, "cuando nos encontramos ante un niño, aun cuando tengamos problemas y dificultades, nos viene de dentro la sonrisa, porque nos encontramos ante la esperanza. ¡Un niño es siempre una esperanza! Pues bien, Dios se ha hecho niño por nosotros. Y nos hará sonreír. ¡Nos lo dará todo!"
Durante los días en que nos acercamos a la Navidad, las ciudades de medio mundo se adornan e iluminan como nunca. El espectáculo resulta seductor, aunque en algunas partes se eviten las referencias a la fe cristiana. De todas formas, las gentes de muchos lugares parecen disponerse a una gran celebración. Todo parece extraordinario.
Pues bien, la celebración de la Navidad nos invita a buscar un momento de silencio para preguntarnos cómo andamos en estas experiencias fundamentales. Y, sobre todo, nos invita a acercarnos al Niño Dios que nace por nosotros y para nuestra salvación.
José-Román Flecha Andrés
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