OPINIóN
Actualizado 16/07/2014
Fernando Segovia

Éramos bastante pocos (2.800 menos este año que el anterior) y ni paren abuelas y tampoco se arbitran medidas para que no se nos vayan los que se resistían a quedar. Esto es todo lo contrario a una tierra de promisión. Caen puestos de trabajo (o se precarizan hasta el despojo laboral) y no se crean más. ¿Qué hacer ante esto? Se preguntan nuestros gestores y gestoras. Y no saben contestarse (o es que no debe haber respuestas lógicas). Dicen que los números (esos números que no acabamos de entender demasiado bien) parecen apuntar cosas diferentes. Que el asunto toma derroteros de variar hacia lo positivo. Eso lo dice el ministro del ramo y sus seguidores, pero por aquí no parece repuntar nada de nada. Ni el optimismo siquiera.

  Entretanto, la abuela se desespera y no quiere ponerse de parto a estas alturas de vida. Ya no está para esas cosas, la mujer. Y mientras espera pacientemente que el señor del cielo se la lleve en buena hora, se desespera viendo a sus hijos y nietos sufrir en silencio y marchándose lejos. Eso sí, cuando la abuela fallezca, vendrán casi todos a su funeral y a su entierro, y con suerte, se quedarán dos noches y cenarán y desayunarán, para regocijo de los hosteleros que verán moverse su mercado. También pueden coincidir por el centro de la ciudad con los alocados visitantes de unas despedidas de soltero, disfrazados grotescamente de majorettes, y borrachos hasta las trancas. Y si es época de curso andarán por ahí seguramente los estudiantes forasteros de casi siempre, o alguno menos quizás.

  La abuela parió ya en su momento, la mujer. Y bien lo hizo. Seis, ocho y hasta diez hijos (las dos mías, sin ir más lejos). Muchos se marcharon fuera a resolver el problema de la mano de obra en Europa, o en Cataluña, o el País Vasco. A enriquecer más esas tierras con las manos de aquí. Y algunos, la mayoría, ya ni volvieron. Este panorama de ahora se sigue pareciendo demasiado a aquel otro de antaño.

 

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