Domingo, 19 de noviembre de 2017

Como si hubiera muerto un niño

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La bellísima y trágica imagen, captada por Nilufer Demir en una playa turca, del niño sirio, tristísimamente célebre, Aylan Kurdi, muerto al naufragar la barcaza en la que viajaba con los suyos y otros, mientras intentaban llegar a la isla griega de Kos, se ha convertido en una parábola del presente de todos.

            Aylan Kurdi, recogido en sí mismo, con sus manitas hacia atrás, con esas ropas en que el rojo y el azul se complementan, parece un ángel abatido, un pajarillo caído desde esos paraísos de inocencia en los que todos los niños tienen derecho a habitar, por el hecho de serlo, hacia esa muerte provocada por esa actitud de determinados gobernantes e intereses occidentales, que han hurgado en los complicadísimos avisperos del oriente próximo, con políticas y decisiones equivocadas muchas veces, que traen todas estas trágicas consecuencias.

            Como si hubiera muerto un niño. La imagen de Aylan Kurdi no es dura, es muy trágica. Lo duro es la realidad que han de sufrir tantos miles de personas que han de huir de guerras y de terrorismos fanáticos, para salvar sus vidas; y que, en su huida, solo se encuentran obstáculos tras obstáculos, como si de una carrera de vallas se tratara, puestos por nuestros gobernantes, en nombre de una sacrosanta seguridad que no sabemos a quién protege. Lo duro es la realidad que ha producido la muerte de ese ángel niño, devuelto a una playa por las mareas que lo ahogaron. Y menos mal que, gracias a esa imagen, que, gracias a ese niño inocente, la opinión pública de todos nuestros países ha obligado a nuestros gobernantes a coger el toro por los cuernos.

            Como si hubiera muerto un niño. Carlos Sahagún, que se ha ido en silencio de este mundo, a finales del pasado agosto, con esa discreción que siempre lo caracterizó en vida, tituló así su segundo libro de poemas. Parece que la realidad –por ese fenómeno de las sincronicidades de que hablara Jung– ha establecido una analogía entre la  trágica muerte de Aylan (y de miles de inmigrantes que huyen de las guerras, del terrorismo, de las hambrunas…) y esa despedida de Carlos Sahagún, que ya escribiera sobre la memoria de la niñez y que habla de esa necesidad de salvar a los niños (“Si se ha perdido un niño, si no encuentra / el hilo del amor, dale la mano, / sálvale así.”)

            El problema de occidente –parece que de muchos de los gobernantes, no de ese segmento de la ciudadanía consciente, que estos días se moviliza para acoger a los refugiados sirios– es que no se mueve, frente a las demás culturas y civilizaciones por ese “hilo del amor” de que habla Carlos Sahagún, sino más bien por el hilo de sus propios intereses, o de los intereses de sus minorías poderosas.

            Y es totalmente necesario que recuperemos, en nuestro trato con los demás pueblos, con las demás culturas, con las demás civilizaciones, ese “hilo del amor” de que habla el poeta Carlos Sahagún, pues es necesario salvar a esa humanidad que vive en la necesidad, en la precariedad, en el desamparo.

            Y es también a ese “hilo del amor” al que apela el propio Carlos Sahagún, en su poema “Cosas inolvidables”, cuando nos hace a todos una apelación, en un tiempo en el que también muchos de nuestros niños viven bajo el umbral de la pobreza. Escuchémosla:

            “Pero ante todo piensa en esta patria, / en estos hijos que serán un día / nuestros: el niño labrador, el niño / estudiante, los niños ciegos. Dime / qué será de ellos cuando crezcan, cuando / sean altos como yo y desamparados.”

            Como si hubiera muerto un niño. La imagen de Aylan, sin vida, a merced de los vaivenes del oleaje de una playa, es una parábola (seguro que no será la última) de ese desamparo en que vive un segmento nada despreciable de la humanidad en este tiempo histórico.

            Recuperemos el “hilo del amor” por el bien de todos.