Sábado, 18 de noviembre de 2017

El exilio iluminado

Hoy, como ayer, la mejor poesía no es sino aquella que arraiga en una tradición y recapitula cuanto desde el principio de los tiempos está ahí, en el mito primigenio. En este sentido, Carlos Aganzo –ganador del xvii Premio de Poesía Ciudad de Salamanca– ha vuelto también al comienzo de todo y en su libro En la región de Nod el lector se encuentra ante el espejo que el autor ubica frente a él y que no es otro que la constatación del hecho de que cada hombre arrastra tras de sí un exilio. El poemario es un viaje desde el dolor de un destierro interior que cobra forma en la alegoría del territorio bíblico de Nod, donde Caín fue confinado tras su crimen, hasta el recóndito lugar del amor del hombre y sus gestos salvíficos y redentores.

Un poema inicial, otro final y, entre medias, veintiséis poemas que constituyen el grueso del poemario. En ellos se nos permite asistir a un despliegue de jirones de lo humano en una tierra extraña para el hombre que añora por todas sus esquinas el manantial generoso del que se viene. Este es el territorio que Carlos Aganzo comparte con todos los lectores a través de los sentidos. Sentidos que sirven para incrementar la fuerza con la que se nos habla del desgarro que ha supuesto el abandono del Edén. Esa ruptura que hace que parte de nosotros –el tacto y el oído– permanezca aun allí (“Tantas veces mis dedos/ jugaron con las hojas/ del árbol de la ciencia/…”, “Tantas veces ponía/ yo el oído en la tierra/ para escuchar la sorda/ respiración del tiempo y del hermano,/…”) al tiempo que nuestra otra mitad –el olfato y la vista– habita inexorablemente la realidad del exilio: “Donde los hombres hacen holocaustos/ por mandato divino”,  “En la región de Nod viven mis ojos”. Y es esto lo que hace que el exiliado aún se alimente –nos faltaba el sabor– de esa nostalgia: “Quien hasta aquí me trajo no sabía/ que el huerto que me nutre/ se surte de la sangre subterránea,/ sementera caliente,/ racimo de amapolas/ que brota de una tumba en el edén”.

No ha de extrañar por ese motivo, que las numerosas apariciones sensitivas en estos versos se encuentren flanqueadas por dos elementos esenciales en la mejor poesía: la melodía y la imagen. Los versos de En la región de Nod se dejan acunar, en la sucesión de versos clásicos, deudores de los mejores de nuestro Siglo de Oro: el endecasílabo, que se armoniza en estado de reposo con la respiración y por eso es tan poéticamente comunicativo, y el heptasílabo, que cierra la semántica del afecto con su golpe lírico. Mas si la música del poema es necesaria para lograr nombrar lo que las palabras no logran alcanzar, qué decir de la imagen, el otro componente imprescindible en la poesía. En la región de Nod es un escaparate donde los estímulos visuales se hacen carne verbal. El poeta delinea así un panorama de la limitación sensorial del hombre. Y por eso acude a esos magníficos recursos lingüísticos de difícil manejo: la sinestesia y la metáfora. Mediante ellas Carlos Aganzo estira su mundo sensitivo, niega los límites con los que el cuerpo ha sido castigado tras el exilio del paraíso. Es así como logra que los ojos rían, que la última rosa recuerde el sabor de la noche en el verano o que el hombre se pregunte por la voz secreta que modulan las llamas. La suma de sensaciones y su mezcla entre los versos de Aganzo se transforma en una especie de prótesis emocional del cuerpo mudo y de su amputación proscrita.

Especialmente significativo es, en este sentido el poema final, “Meditación frente al sepulcro”, donde, ante la tumba del patriarca vuelven a ser convocados todos los sentidos. Y están todos presentes en una algarabía de vida ante la muerte. También están los hijos, también los nietos, fiel testimonio de haber cumplido el mandato divino que ha ayudado, a su vez, a volver fértil la región de Nod. Recordemos unas palabras de Calasso: “El lugar en que vivimos es la tierra de nadie donde acontece una doble traición, una infidelidad doble: de los dioses hacia los hombres y de los hombres hacia los dioses. Tal es el sitio en el que deberá surgir la palabra poética”. Y el lector tiene la conciencia de que no es sino eso, el surgimiento de la palabra poética, lo que ha conseguido Aganzo al convocar el exilio con su obra En la Región de Nod. Pocas veces se tiene la suerte de poder asistir a un festín de palabras semejante.

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En la región de Nod
XVII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca
Carlos Aganzo (Colección: Los versos de Cordelia)

 

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