Viernes, 28 de julio de 2017

La herida en la lengua

Disgregación de la conciencia, disgregación de la identidad, disgregación del yo. Escojo consciente este término repetido, disgregación, porque aquí no sirven los sinónimos. Disolución tendría una connotación positiva asociada a dejarse fluir en el todo. Separación sería excesivamente descriptivo. División resultaría emocionalmente alejado… Quizá servirían desintegración, desmoronamiento, pulverización…

Pero disgregación da certero en la diana. Porque es eso lo que escribe Chantal Maillard en La herida en la lengua, donde dice la quebradura total. La muerte ilógica del hijo (“Los ojos en las estrellas…/ ¿Había nubes?// Pájaro de alas rotas/ Mi hijo), que la elige dejando despedazado tras de sí el mundo que lo contenía. Así ella también, la madre. Trizada. Y del mismo modo, el poema, hecho de pedazos del desconcierto que le sobrevive.

Astillado, por tanto, el verso, fragmentado entre la pausa escogida gráficamente por la escritora y la otra respiración, acezante, que el poema mismo elige:

Adherencias

Bajar / al

cuerpo

cuando / cada vez

hallar

la máquina

oírla

es / el espanto.

[Img #340088]Y dentro del verso, todo: el vacío en la interrogación, la zozobra entre guiones, la angustia entre paréntesis, el miedo en las exclamaciones, y el ahogo en los amplísimos espacios visuales. También se descoyunta la sintaxis, desnortada, con un nuevo orden sujeto al corazón o, quizá mejor, atado al estómago y su náusea: “Lágrimas no. Tan/ sólo       a veces       un/ sobresalto/ proyecta al cuerpo contra el muro/ (de una casa por dentro/ –o fuera, es lo mismo)// Ah, y también la náusea./ Al abrir los ojos/       cada mañana/ la náusea       // y la marea del miedo/ subiendo entre los juncos.”

Todo desmembrado: palabras, frases, versos… Y hasta el nombre con el que la escritora se vuelve a bautizar para nacer de nuevo (“Me llamo Desamparo/ Duermo de pie como las bestias”), tan dañada que no se la puede leer sin que le salpique al lector la herida en lágrimas.

En torno a ella y a su llaga, esa profunda lesión que parece –solo parece– revelarse estéril en la lengua (“No debiste aceptar el don de la palabra./ Ven, sidermita, vuelve/ a tragarte la lengua”), danzan los símbolos sombríos: “Niños oscuros envueltos en el polvo del camino”, “Ya todo es sombra”. Y los animales: “Ofuscada       dis/ traída de la acción/ rutina// araña errática/ en su afán por/ seguir tejiendo// acierta// justo allí/ donde el desgarro”, “Erguida, la loba no puede defenderse,/ Mira: tus crías bambolean/ colgadas de tus pezones fríos”. Alimañas que asaltan y cauterizan terriblemente y sin descanso el cuerpo herido: “Al borde de la llaga mandíbulas de hormigas/ grapando lo que queda”.

La poeta intenta, a pesar de todo, rescatar de las ruinas los restos de ella misma a través de su incierta posesión. Por ello se describe, distanciándose de sí, mediante el “mí” –con el que busca explicarse imposiblemente mediante el lenguaje– que sustituye al esperable personal “yo”, la experiencia inmediata, y cuyo contraste genera en la teoría de Vittorio Guidano la inevitable neurosis. Al tiempo, reproduce todos los posibles gestos del plegarse, escondiéndose de sí, doblándose hacia dentro, ovillada, mediante la duplicación de ese término en variadas formas sustantivas y verbales, en una tremendamente expresiva y sugestiva polípote con la que insiste: “El mí es aquello que se pliega/ y también es el pliegue y el plegar.// Fuera del mí ¿quién anda?/ ¿Quién me despierta sin voz?// Fuera de mí/ la lengua retrocede.”  

Piedad Bonnet, en Lo que no tiene nombre, relató en formato narrativo una experiencia semejante. También ella concluía: “Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme.”

Chantal Maillard, por su parte, tirita de dolor en el lenguaje, y murmulla oscura quedándose al borde del decir, apenas ya reconocido: “Dolor, ni tan siquiera –palabra sin sentido–. No abro las/ cortinas. Ninguna cortina. La habitación a oscuras. Málaga,/ Damasco, Delhi, en todas las ciudades las vida me es ajena./ Todas las ventanas son la misma ventana. Todas las aceras/ reciben el mismo cuerpo. La misma soledad cayendo, ex/cesiva. Morir es un exceso. Me ex/cedo. Balbuceo.”

                                                                                                          Asunción Escribano

 

La herida en la lengua de Chantal Maillard, Barcelona, Tusquets, 2015.

[Img #340087]