Viernes, 28 de abril de 2017

¿Son los clásicos unos inadaptados?

Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural (Italo Calvino)

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo […] Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente: Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

Creo que no necesito justificarme si empleo el término “clásico” sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural.

Por qué leer los clásicos | Italo Calvino

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Ha sido para mí una grata sorpresa que la Diputación Foral de Bizkaia me haya invitado a hablar sobre los clásicos, y hacerlo a través del escritor Seve Calleja. Volver a Bilbao siempre merece y la pena y, curiosamente, fue en esta ciudad donde inicié mi periplo de actividades formativas cuando comencé a trabajar en el mundo de la literatura infantil y juvenil.

El tema de los encuentros versa sobre la lectura de los clásicos y sus posibles adaptaciones. Asunto habitualmente controvertido y por ese mismo motivo rico en posibles acercamientos o apreciaciones; propicio también a las opiniones encontradas, siempre gratificantes.

Como sigo queriendo que esta “intromisión semanal” en su lectura genere + preguntas que respuestas, me gustaría compartir con ustedes algunas de las cuestiones que me estoy planteando a la hora de elaborar mi intervención.

Para llevarla a cabo, me acerqué de nuevo a un autor que me atrevo a recomendarles, tanto en su faceta de novelista como en sus siempre estimulantes reflexiones. Se trata de Italo Calvino, nacido curiosamente en Cuba pero italiano universal; otro Nobel que pudo ser y no fue, leído con pasión por miles de seguidores.

Releyendo sus artículos sobre la lectura de los clásicos, sigo comprobando que sus aproximaciones a una posible definición de lo que sería un clásico en literatura, además de brillantes, nos ofrecen muchas posibilidades para el siempre estimulante juego de estrujarse el magín.

En su libro, comienza afirmando que: toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera. Para después imprimirle una vuelta de tuerca: toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.

Y por si no aún no quedara claro su clin d'oeil, remata: un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Si quisiéramos seguirle el juego argumentativo, la cuestión en este momento sería intentar responderse a la siguiente pregunta: Sí, pero, ¿”cómo lo dice” ese texto al que llamos clásico?

Cuando yo estudiaba el bachillerato, la asignatura denominada entonces Literatura Española y Universal [Img #198680]consistía, paradójicamente, en aprender básicamente la vida y la obra de los autores, no en la lectura de sus textos. De un autor canónico como Miguel de Cervantes, nosotros conocimos vida, obra y algunos milagros (y no todos). En cambio, mis hijos, leyeron las andanzas de El Quijote llevando a cabo hasta un resumen por capítulo en un exceso de prurito profesional

Ahora me pregunto, qué habrá resultado más gratificante desde el punto de vista lector, si esa primera lectura, realizada por mis vástagos, todavía adolescentes, guiada hasta casi la extenuación por sus profesores de literatura, o la mía, que paso a contarles, realizada con un cierto pero limitado bagaje lector a mis espaldas.

Yo leí el Quijote con 19 años porque me brindó la oportunidad, sin él saberlo, el escritor gallego, por aquel entonces recién llegado a Salamanca, Gonzalo Torrente Ballester. El autor me había deslumbrado con su novela La saga/fuga de J.B. y, empecinado en seguir su senda creativa, descubrí un texto suyo sobre la insigne obra que me eché inmediatamente al coleto: yo buscaba más Torrente y me encontré de bruces con el Ingenioso Hidalgo cervantino. En román paladino: leí al clásico por amor al contemporáneo; por cierto, a estas alturas también clásico.

Si leemos desde nuestro presente (y no podría ser de otra manera), en alguna medida podríamos decir que estamos ajustando nuestra mirada hacia aquellos textos del pasado. Y es en ese juego de acomodo donde se puede encontrar la voz de los clásicos.

Pero, ¿en qué consiste? ¿Cómo se gradúan esas lentes para que podamos acercarnos a esas lecturas? De no hacerlo, ¿podría resultar un esfuerzo ímprobo a causa de una mirada, quizá algo desenfocada, y no sólo cuando pensamos en los jóvenes lectores?

Todo lo dicho hasta ahora puede llevarnos a otro tipo de cuestiones:

¿Todo texto clásico tiene lugar y sentido para la mentalidad actual?

¿Qué condiciones debe tener el adaptador? ¿Es suficiente con que sea un gran “conocedor” de la obra? ¿No sería necesario también que conozca la capacitación lectora y los conocimientos lingüísticos del joven?

¿Cuál es el verdadero interés de la adaptación? ¿Tan sólo el acercamiento de la obra a su posible receptor?

¿A veces no se confunde la adaptación con la recreación del texto y hasta la versión resumida?

¿Pueden ayudarnos las versiones de los clásicos, llevadas al cine y al mundo del cómic, a entender mejor de lo que estamos hablando?

¿No es también la traducción una suerte de adaptación?

Los estudios de las adaptaciones de los cuentos tradicionales o clásicos infantiles ¿pueden ilustrarnos a la hora de ahondar en este tema?

¿Es la adaptación una intervención profesional del especialista, o es el lector, con el cúmulo de sus lecturas previas y sus conocimientos, quien deber realizarla?

Dice Calvino que: […] nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión.

No son pocas preguntas, y tampoco las únicas posibles, a las que podríamos intentar respondernos. Ahora puede ser su turno si así lo desean.

 

Nota

Las ilustraciones corresponden respectivamente a una  imagen detalle de la famosa pintura de Wermeer, conocida como La mujer de la perla. Y una visión contemporánea del mismo cuadro de la autora Dorothee Golz.