Martes, 12 de diciembre de 2017

Viudo no, divorciado

Esta respuesta cada vez más habitual entre personas mayores de 65 años en nuestro país. En los últimos años se ha duplicado el número de divorcios entre nuestros mayores adultos, a los que habría que añadir a aquellas personas que no legalizan (pero si viven) este cambio y que por lo tanto no suman en las estadísticas oficiales.

La familia tradicional unida al concepto de pareja para toda la vida también está en crisis, y es que ya no es el único modelo; en la actualidad tiene que convivir con muchos otros.

Parece que el matrimonio que aguanta unido a pesar de los pesares tiende a desaparecer y en esto pueden existir varios desencadenantes, aunque, como en casi todo en esta vida, también en estas situaciones cada caso es único.

Estadísticamente el momento de la jubilación de uno de los cónyuges es un momento clave, en el que se producen muchas de esas rupturas contabilizadas. Si tan sólo hace unos lunes les hablaba de que septiembre es el mes de los divorcios tras un periodo mayor de convivencia de la pareja, es fácil imaginar que los conflictos, latentes a lo largo de los años, salgan a la luz una vez que el tiempo que se comparte es mayor todos los días y no existe la vía de escape que ha supuesto en el pasado el trabajo.

El aumento de la esperanza y la calidad de vida de nuestros mayores hace que el planteamiento de futuro de alguien con 65 años siga siendo un planteamiento a largo plazo. Esto junto con la madurez que le ofrece el bagaje propio de le edad, incide en que ese futuro puede seguir repleto de proyectos en los que, por lo que dicen lo datos, muchos no cuentan con su pareja.

Además hay un cambio importante en la generación de nuestros mayores, una generación con valores democráticos y plurales, que fueron protagonistas en su juventud del paso de la dictadura a la democracia, y que ni piensan, ni sienten, ni actúan como lo hacían nuestros abuelos.

A pesar de todos estos cambios el divorcio es duro para quien lo padece, y entre los mayores hay un factor de incomprensión social mayor que entre los jóvenes, por lo que, aun habiendo tomado una decisión legítima, no se les pone fácil, y muchas veces desde el entorno más cercano, sus propios hijos.

Por cierto, por si no lo sabía, en este tipo de situaciones la mediación es una vía para buscar soluciones consensuadas que consiguen disminuir los efectos negativos del cambio para toda la familia, con respeto a todos sus miembros, facilitando el proceso de adaptación.