Sábado, 16 de diciembre de 2017

Cántico

"El mundo está en este momento (lo está siempre, pero ahora es más evidente todavía) cuajado de señales de una vida más colmada y más profunda"

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No es de extrañar que la Pascua de Resurrección coincida en pleno corazón de la primavera. El mundo está en este momento (lo está siempre, pero ahora es más evidente todavía) cuajado de señales de una vida más colmada y más profunda. Los pájaros construyen con su canto un cendal de tibieza que se suma a la armonía insólita de su vuelo. “Todo lo que mis manos tocan, vuela. Está lleno de pájaros el mundo” escribió, consciente de la importancia de la participación humana en la creación, Octavio Paz. También está florido el mundo, nunca tanto como ahora. Transfigurados de flores los frutales: manzanos y cerezos con su pequeños botones blancos, los membrillos con la hermosura de los rosales más humildes, la conmoción encarnada de los prunos, las lilas y sus fragantes tajaduras en la contundente cosmética del aire…

Pasamos nuestros días mirando hacia el cemento, sin darnos cuenta de que, como escribió el poeta, también en el mirar uno se salva. Lejos del poder y de su complacido canto, hay un espacio silente que resiste alzado contra el lodo. Y su verdad edifica noblezas de luz y de profundo gozo. Alguien tiene que nombrar, entonces, la esperanza. Alguien tiene que gritar en el aire consumido su misericordia, su belleza y su verdad. Entre tanta confusión y ruido, sometidos en todo tiempo a la pesadumbre de ceniza que pregonan con sus altavoces las multitudes de impostores y los manipuladores de la sombra, es forzoso hablar también de la alegría, del vibrante palpitar del mundo, y de la gracia que permanece escondida, pero evidente, como un arroyo del que brotara persistente el agua viva. No solo es efímera la vida y al final de ella nos espera la muerte, sino que –y hoy más que nunca lo proclamo– la vida está empapada de claridad y de sentido. No podemos estar siempre recreándonos en su gesto oscuro y apesadumbrado, desperdiciando ese gozoso don de los sentidos que anticipa, aquí y ahora, una vida inmortal, radiante e infinita.

Toda la intensidad de mi fe se anuda a estas certezas: la del cordial y extremado fulgor del Amor que nos ampara, la de la confianza de que a la materia la sustenta en sus manos tiernas la gravedad de una luz crecida que da consistencia al mundo, y la del presentimiento de la dicha final de todo y el absoluto triunfo de la Vida… Por ello, no me extraña que para hablar de este Amor con mayúsculas, San Juan de la Cruz identificara al amado con los paisajes que veía o imaginaba/recordaba en su exilio carcelario. Todos los místicos han evocado la belleza ultraterrena en términos de la belleza mundana: “Mi amado, las montañas”…, escribió nuestro querido poeta de Fontiveros después de la unión transformante. Pocas veces la ausencia de un verbo ha sido tan intuitivamente expresiva. Una ausencia verbal que identifica plenamente Amado y mundo en una sucesión de frases nominales en vertiginosa cascada. El amado no es “como las montañas”, sino que es plenamente las montañas y los valles y las ínsulas, y los ríos y el silbo de los aires… Perfecto reflejo de una fusión ya colmada.

Concluyo, como no podía ser de otra manera, evocando las palabras de otro poeta visionario, William Blake, quien supo anticiparse a una verdad sencilla pero difícilmente asequible en nuestros días a causa del tráfago cotidiano en el que se nos consume la vida: la de poder ver el mundo en un grano de arena, sentir el cielo en una flor silvestre, contener el infinito en la palma de la mano y asumir la eternidad en una hora. Ese infinito y esa eternidad que, con la Pascua, se hacen promesa cumplida entre los hombres.

Asunción Escribano, escritora

Catedrática de Lengua y Literatura de la Universidad Pontificia de Salamanca