Domingo, 17 de diciembre de 2017

Vivir y morir en Los Montalvos

Llevo dos años y medio como capellán de Los Montalvos. El Hospital de Los Montalvos, antiguo Sanatorio antituberculoso y que conserva actualmente la especialidad de neumología, junto con otras como medicina interna, oftalmología, psiquiatría, unidad del dolor y cuidados paliativos, forma parte del Complejo Hospitalario Universitario de Salamanca, perteneciente al sistema de salud de Castilla y León, el Sacyl.

La experiencia, para mí, ha sido muy positiva y enriquecedora. Se trata de acompañar a los enfermos y a sus familias en el trance de la enfermedad y de la muerte, así como ayudar a los médicos, enfermeras, auxiliares, celadores y demás personal de servicio a vivir y practicar su profesión con visión cristiana, si son cristianos, y con espíritu de respeto y colaboración humanitaria, si no lo son.

Un hospital es un lugar privilegiado para comprender y vivir en los límites de la vida y de la muerte, momento en el que todos estamos más dispuestos a recibir acompañamiento y ayuda de cualquier profesional o persona común o especializada que nos ofrezca ese apoyo humano y espiritual.

Entre nosotros, como se trata de enfermos de edad avanzada, aunque hayan estado apartados de la práctica religiosa, en general están bien dispuestos y aun agradecidos por todas las atenciones espirituales que se le ofrecen. Son raros los casos que rechazan positivamente esa ayuda, y en muchas ocasiones son los familiares o acompañantes más jóvenes los que toman esa actitud.

En ese sentido, el hospital en general, y muy particularmente el Hospital de Los Montalvos, es un observatorio privilegiado para ver la realidad sociológica de nuestro ambiente; y la permanencia en él, un momento privilegiado y una oportunidad para reencontrarse consigo mismo y para reanudar o fortalecer el ejercicio de la religiosidad y aun de la práctica sacramental, si es que ha estado un tanto olvidada o recluida en un periodo de frialdad.

El hospital es un lugar de lujo para vivir la espiritualidad, tanto los enfermos como los familiares, así como los mismos profesionales y empleados y, por supuesto, el capellán o persona idónea para el servicio de la pastoral de la salud. En ese sentido, yo estoy muy agradecido y feliz por este regalo y oportunidad de estar cercano a los enfermos, tan sensibles y cercanos a la acogida, y agradecidos a la visita y acompañamiento. Aquí es donde se comprende el verdadero alcance de la vida.

Los Montalvos es, además, un espacio privilegiado de silencio y un remanso de paz, aun con el inconveniente, por supuesto bien recompensado, de la dificultad de acercarse al lugar, tanto por medios públicos como privados. En este sentido, las vías de comunicación dejan bastante que desear y son francamente mejorables.

Hay también en este hospital una sección modélica, tanto por el trabajo profesional y el modo de ejercerlo, como por el sentido humanitario y de cuidado integral, del cual se podría aprender bastante, y ojalá imitar. Se trata de la Unidad de Cuidado Paliativos (UCP). Aquí es un equipo único, integral y plural el que sirve al paciente y a sus familiares. Desde el primer momento se hacen presentes, además de los médicos y enfermeras, los psicólogos y las asistentes sociales, y después los voluntarios y el capellán para todos aquellos que deseen los servicios religiosos. Cada mañana se tiene una sesión clínica, a la que asisten todos los integrantes del equipo, y en la que se tratan tanto los aspectos médicos como las atenciones físicas, sociales, psíquicas y espirituales, y que incluyen igualmente a los pacientes y a sus familiares y acompañantes.

Lógicamente, tratándose de situaciones límite, terminales o graves, tenemos fallecimientos todos los días, pero también los familiares son preparados previamente para el momento que se avecina con el fin de vivirlo lo más tranquilamente y en paz, e incluso con el mejor aprovechamiento que se pueda. Y saben que después van a ser acompañados en el proceso de duelo hasta que recobren la normalidad de la vida ordinaria.

Los Montalvos es un lugar placentero y grato, si no lógicamente por la enfermedad, sí por el espacio y entorno físico de sol y aire puro, de encinares y fondo de montañas que animan y estimulan: es un hotel de cinco estrellas, se comenta frecuentemente. Pero también por el trato humanitario e integral que se dispensa y que los familiares de los enfermos saben agradecer y así lo expresan como práctica habitual.

Por todo esto y mucho más, me atrevo a decir: Merece la pena vivir y morir en Los Montalvos.