Domingo, 27 de mayo de 2018

Así sonó la Semana Santa

Tras largos días poniendo la mirada en cofrades, pasos, calles y gente, toca resumir la Semana Santa 2018 a través de lo que entró por los oídos

La Semana Santa de Salamanca tiene sus sones y sus sonidos. Además de las composiciones musicales que interpretan con maestría bandas y agrupaciones, hermandades, cofradías y congregaciones hacen de calles y templos sus pentagramas en los que escribir sus notas de devoción y penitencia.

Y este viaje desde los oídos comienza en la capilla de la Vera Cruz, en la que el primer sonido que nos llegó fue el de la puerta al abrirse, pero para confirmar que el Via Matrix se suspendía por la lluvia. Le siguió el sonido de la gente abarrotando la capilla para orar ante La Dolorosa. También relacionado con la lluvia estaría el sonido de la noche en el cementerio, el sonido de las gotas golpeando el plástico que cubría al Cristo de la Liberación, plástico que desaparecería al lograr salir de camino a Fonseca.

El Sábado de Pasión nos regaló un sonido nuevo. El sonido de siete campanas en San Martín. El sonido del fuego. El sonido de la humildad. El sonido de la meditación franciscana. La noche sonó a recogimiento y oscuridad en la calle Traviesa.

El Domingo de Ramos trajo los sonidos que todo el mundo esperaba. El sonido de la flauta y el tamboril. Sonó a palmas amarillas ondeándose en las manos de los niños. Sonó a una “Borriquilla” abriendo el camino de la Pasión. La tarde sonó a realidad tras un largo Sueño Azul, y a Calvario y Perdón sin indulto.

El Lunes Santo sonó a Vera Cruz. Sonó a muñidor. Sonó a aplausos que no deben sonar. Sonó a un cristo dormido sobre cardos. A Amargura. Se escuchó al silencio recuperando su calle.

El Martes Santo sonó a himno de los estudiantes, a eterna promesa universitaria, promesa grabada en la piedra. El Martes Santo siempre sonará a Luz, en el Martes Santo siempre se escuchará la sabiduría.

El Miércoles Santo sonó a molesto murmullo en la salida del Falgelado. Sonó a un manto de oración y se esuchó el llanto de una madre. Salamanca pudo oir el arte admirado de diferentes maneras.

Al filo de la medianoche, empezó a sonar el Jueves Santo con una promesa de silencio para que sólo se escuchasen Agonía y Misericordia. Sonó a gentío al encuentro de la Pasión. A devoción de un barrio y su íntima estación bajando por Cervantes, a traslado histórico, a despedida en las Úrsulas. Y se escuchó un grito blanco que no pudo cruzar el Puente Romano.

La más esperada de las madrugadas sonó a  historia, la de La Piedad saliendo de San Esteban. Sonó a pasión y Buena Muerte. Y en la oscuridad se escuchó la luz de la Esperanza.

El Viernes Santo no nos dejó sonidos, sólo tristeza. Una triste Oración en el Huerto, la más grande de las Angustias y lágrimas en una mirada nazarena. Sonó a consuelo con el más belló de los lutos. Y es que a la Soledad sólo se puede escuchar, ya que el exceso de iluminación eléctrica apenas nos deja ver su cara. Sonó a viento y penitencia ante el Cristo de la Liberación bajando Compañía huyendo del mal tiempo y al encuentro de las almas.

El Sábado Santo sonó a barrio, a balcones, a sencillez bajando al corazón monumental de todos los charros. Sonó a principio y fin en las Úrsulas.

Y allí, en las Úrsulas, sonó el Domingo de Resurrección a ese final que todo lo empieza. Se escuchó el último aliento de la Pasión.

Y hasta aquí llega este viaje realizado con los oídos y el corazón. Un viaje en el que hay que entender que todos los sones y sonidos, aunque sean diferentes, representan todos a su manera nuestra Semana Santa, la que ya ha terminado para volver e empezar. Es tiempo de cuidar los sonidos propios, respetar los ajenos, proteger los presentes, recuperar los perdidos y abrirle la puerta a los sonidos nuevos.

 

Foto: Álex López