Viernes, 23 de febrero de 2018

El difunto vivo

Se sabe de antiguo que los que mejor pagan siempre fueron los pobres; los ricos, lo son en gran medida debido al hecho de que discuten hasta el último céntimo. Pero como no hay regla sin excepción, en cierta ocasión me dijeron que la misión de enterrar a sus deudos la pagan mejor los ricos que los pobres.

Pregunté a qué era debido tal afirmación y el operario del oficio más viejo del mundo, o sea, el enterrador, dejemos aparte el fornicio de pago, me insinuó que quizá sea por “quitarse el muerto de encima”. Aunque debo decir que estén tranquilos parientes y deudos de pudientes, que no todo tiene que ajustarse a la verdad, a veces es la simple deducción de un individuo “cabreao” con el mundo que realiza este tipo de axiomas.

Ustedes pensarán a qué es debido mi artículo de hoy. Yo les pido tranquilidad, ya que mi intención no es amargarles el día, pero comprenderán que un artículo como éste siempre será mejor que si les hablo de Puigdemont, persona para la que pedimos descanso eterno como expresident, pero por favor, no como ser humano.

Hace un mes, más o menos, saltó una noticia de la que todos tenemos mayor o menor conocimiento -aunque no habría nadie a la que no le aterrase- de un individuo que después de haber sido firmada su muerte por tres doctores “resucitó” en la morgue, mejor dicho, no resucitó, sino que iba vivo directamente para el hoyo. Ahora, recuperado del susto, le devuelven a su casa, que en este caso es un penal en el que le quedan unos meses por cumplir.

Distintas versiones de lo ocurrido, por parte de la familia y la cadena de firmas que le llevaron a esa situación de fallecido-resucitado, todo ello camino del juzgado, nos impide salirnos de la noticia y, aunque resumida por nosotros, la traemos aquí tal como informaron en su momento los distintos medios. No obstante, tampoco era nuestra intención ahondar en el caso, sino sacar a la luz ese sueño recurrente de los niños: ¿habrá miedo mayor que ser enterrado vivo?

No sé si muchos de ustedes han visto la película “Buried” (Enterrado) del salmantino Rodrigo Cortés, candidata a diez Goyas en el 2011 y con el resultado de cuatro estatuillas; si no la han visto y son amigos de la angustia no se la pierdan, pasarán un rato divertido. Bueno, divertido no sería la palabra, aunque los grandes cómicos siempre fueron muy dados a realizar contorneos con la parca. Grandes como Gila o Tony Lebland, por ejemplo; a Tony le habían operado 32 veces por un grave accidente automovilístico y le gustaba decir que había resucitado en 32 ocasiones hasta que terminaron el puzzle.

A lo largo de la Historia, quién nos dice los casos de catalépticos que se confundieron con muertos y fueron enterrados vivos, por supuesto que los habrá habido, pero ninguno ha vuelto para contarlo. Sí han contado casos de “casi” muertos. Ejemplo de ello fue lo que les ocurrió a unos empleados de funeraria, operario y aprendiz, a quienes les dieron equivocado el número de habitación de un hospital y se llevaron a un vivo, y como éste estaba más muerto que vivo, no hizo señales hasta que no lo subían por el ascensor de la funeraria. El susto del aprendiz, me lo contaba ya de mayor, fue tan grande que no pasó por la empresa ni para recoger el “finiquito”, nunca esta palabra fue mejor utilizada.

Equivocaciones en los periódicos ha habido muchas. Un ejemplo de ello fue la noticia del fallecimiento de Ramón Gómez de la Serna, de quien dieron la noticia de su óbito y él mismo se pasó el día colgado al teléfono agradeciendo los sentidos pésames de su muerte. Pero tratándose de un personaje de tanto ingenio, quién sabe si no fue él mismo quien mandara publicar la esquela. Esto nunca se supo.

La verdad sea dicha, ¡a Dios gracias y por ser inevitable!, alrededor de la muerte se mueve mucho humor. Voy a contar un caso personal que me ocurrió cuando trabajaba en la Prensa tradicional, formato de papel. Quizá esto ayude a quien no está informado sobre ciertas materias para que se dé cuenta de que la vida nos obliga a tener un mínimo de información aun de las cosas banales o frívolas.

En el periódico al que me refiero, en cierta ocasión llegó una esquela perfectamente confeccionada, con membrete y señas de una funeraria y por fax, que era la manera habitual de llegada, nada hacía sospechar que estuviéramos a punto de caer en una broma pesada. El encargado me dio la esquela para su publicación y cuando vi el nombre del difunto, el finado no era desconocido para mí. Reaccioné enseguida: estábamos ante una broma que atentaba al prestigio del periódico, con lo que la devolví al jefe y le dije que “el señor don Mauricio Colmenero no había muerto”, que dicho señor era uno de los protagonistas de la serie de televisión “Aida”. De nada.

Quizá aquello ocurría por ser una época en la que Twiter aún no estaba extendido como en la actualidad y era la broma con la que alguien intentaba desfogarse.

Por último, a propósito de que recientemente ha fallecido Nicanor Parra, que le dio por llamar antipoesía a su poesía, y siguiéndole la corriente, con todo respeto, he ahí mi homenaje con la ilustración que acompaño.