Viernes, 20 de abril de 2018
Ciudad Rodrigo al día

Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (4): Mauricio Moreiro Ramos (in memoriam)

Nació el 30 de agosto de 1934 en Navasfrías, donde residió la mayor parte de su vida

El día 26 de enero se cumplen dos años del fallecimiento de Mauricio Moreiro Ramos. En vida fue un “archivo viviente”, que bien merece un recuerdo agradecido por parte de las personas que se sienten implicadas en el deber de memoria histórica republicana. Con este objetivo su hijo Santos Moreiro Alfonso ha completado los datos más importantes de su biografía, con entrega de notas e información oral en una reciente entrevista en su domicilio (06/12/2107).

Nació el 30 de agosto de 1934 en Navasfrías, donde residió la mayor parte de su vida, hasta su muerte en el hospital de Salamanca el día 26 de enero de 2016, a consecuencia de una enfermedad pulmonar de acelerados efectos. Mauricio Moreiro (II) era el último de los cuatro hijos de Juan Moreiro Clemente y Sofía Ramos Navais. Los otros componentes de la fratría se llamaban Florencio (n. 1921), Santos (n. 1924) y Regina (n. 1930). Los padres, así como los abuelos, Mauricio Moreiro (I) y Regina Clemente, Félix Ramos y Florencia Navais, apenas se moverían del pueblo. Todo este grupo de parentesco pertenecía a una categoría de vecinos que, sin ser grandes latifundistas, poseía tierras suficientes para alcanzar cierta holgura económica, gracias a los cultivos agrícolas, la explotación forestal y la cría de ganado. Esto no era incompatible con el desarrollo de alguna actividad artesanal, como era el caso del abuelo Mauricio, constructor de carros (carretero) y carpintero, un oficio que heredaría su nieto Santos Moreiro (I). Por lo demás, esta familia llevaba  una dura vida de trabajo similar a la de otros navasfrieños, pero al menos estaban al abrigo de las dentelladas del hambre en una economía rural de subsistencia, que en dicho pueblo y tantos otros  no había cambiado sustancialmente desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX.

Precisamente Mauricio Moreiro Ramos fue testigo y agente de esta evolución social, que llegó con la introducción de la maquinaria agrícola y el éxodo rural,  después de tensiones sociales de efectos traumáticos, los cuales afectaron directamente a familiares suyos y en parte se produjeron durante sus primeros años de vida. De lo que sucedió en tiempo de los abuelos y los padres no tardaría en ponerse al corriente. Ciertamente, sus mayores no fueron de aquellos que vivieron en sus carnes las consecuencias de la crisis económica (h. 1930), añadida al problema que generaba la distribución y explotación de la tierra, concentrada en pocas manos y dedicada principalmente a la ganadería (dehesas), que requería escasa mano de obra. En la provincia de Salamanca, como en el sur de España, este sistema económico producía una ingente cantidad de jornaleros del campo, condenados al paro forzoso gran parte del año, porque, al no existir desarrollo industrial, dependían de una oferta de trabajo casi limitada a los períodos de la siembra y la recolección,  con “jornales de hambre”, a la merced de los “señores de la tierra”. El desmonte podía ser un paliativo, sobre todo en Navasfrías, donde, por otro lado, tampoco el clima era el más propicio para la agricultura. Por ello, descontado el comercio ilegal fronterizo (contrabando), en este pueblo, más si cabe que en otros lugares, la única alternativa fue la emigración, casi masiva en el primer tercio del XX.  Según datos de Tomás Acosta, entre 1900 y 1930, solo para la República Argentina salieron 302 vecinos (Iglesias, Represión franquista: 2.2). 

La familia de Mauricio no sería insensible a estos problemas y, al menos para la rama materna, está comprobado que no vio con malos ojos las reformas republicanas, sobre todo la más urgente y necesaria, que era la  reforma agraria, pero retrasada hasta la llegada del Frente Popular en 1936.  Un hermano de su madre, Ángel Ramos Navais,  fue nombrado concejal de la gestora municipal que presidió León Almaraz Moreiro, con cuya hija Petra estaba casado. Los tres fueron represaliados, así como un hermano de Ángel, Domingo Ramos Navais, por deserción del ejército franquista y entrega al de la República, cuando la victoria ya se decantaba por el primero. En agosto de 1936 Ángel Ramos y León Almaraz salvaron la vida gracias a la buena voluntad de Braulio Manzano Aguilar, brigada de Carabineros, y la ayuda de algunos familiares y amigos, que los ocultaron  en el paraje de Los Llanos y les permitieron esconderse en Portugal, pero Petra Almaraz Marcelino, estando embarazada, falleció en Navasfrías de enfermedad y malos tratos en 1937. Esta muerte condicionaría la separación de suegro y yerno. Ángel prolongó su exilio hasta Argentina, mientras León siguió emboscado a medias hasta los años cincuenta en la Raya. Los detalles de estas persecuciones y odiseas, en gran parte conocidos por los testimonios de Mauricio, se han expuesto en otra parte (Iglesias, Represión franquista: II: 8, 9.3, VIII. 5.3; “Secuelas vigentes del franquismo”, 29/09/2017).

En el sentido literal, Mauricio era un archivo viviente, pues nadie como él había  sabido asumir la historia de la represión local. Entrado el siglo XXI, nadie estaba mejor informado sobre la convulsa situación social de la primavera de 1936, así como los episodios del verano y el otoño sangriento en Navasfrías e incluso, en menor medida, los de pueblos cercanos de Salamanca y de Cáceres.  El descubrimiento de los arcanos familiares coincidiría con su paso por la escuela. Eran “los años del hambre”, que, si estrictamente no fueron tan duros en su entorno inmediato como en otras familias, no perdonaron los zarpazos que la deficiencia sanitaria dejaba en la España miserable de Franco. Santos Moreiro Ramos, el segundo hermano, murió de tuberculosis en 1946, a sus 22 años.

Esta circunstancia aceleraría la iniciación de Mauricio en las ocupaciones de la economía doméstica, tomando a su cargo la guarda de un rebaño de ovejas. Sin embargo no abandonó por completo la formación escolar, asistiendo a las clases nocturnas. No consta claramente que con estas salidas  de noche y los presumibles escarceos por los bares tuviera atisbos de lo que por entonces se cocía en alguno de aquellos establecimientos, como era la salida de los últimos maquis de la guerrilla de Extremadura. Habían merodeado por  la Sierra de Gata y Jálama desde 1945 hasta 1947, pero al ser descubiertos sus enlaces, se hacía  necesaria la huida, según los testimonios de uno de sus miembros, Gerardo Antón “Pinto”, que registró y analizó Julián Chaves (Ibíd.: VI.3.2). Las laboriosas idas y venidas se llevaron a cabo a chocallos tapados y la operación consiguió su objetivo, gracias a la colaboración de veteranos republicanos locales, Domingo Ramos, León Almaraz y el tabernero Flores “el Habanero”, a pesar de estar ellos mismos bajo sospecha, así como el brigadista Macario. En todo caso, Mauricio había verificado datos cuando propuso la identidad del último nombrado (al parecer, Dionisio Agudo Díaz, mencionado por Francisco Moreno Gómez, prólogo de Memoria del exilio en la comarca de los Pedroches (Córdoba), de Juan y Laura López, 2015, http:www.franciscomorenogomez.com/2017/09/).

Al filo de los años cincuenta, al romperse el veto de la ONU (1946),  se abrieron las puertas para la emigración exterior, que muchos españoles ya practicaban ilegalmente, jugándose la vida en peligrosas travesías, sobre todo a Francia. En 1949 Florencio Moreiro Ramos ya se adelantó a la bocana para seguir la ruta tradicional de Navasfrías hacia Argentina, aprovechando que éste era el único país que explícitamente se reconocía amigo de Franco. Allí se instaló de electricista, pero sin desarraigarse por completo de su pueblo natal, adonde solía volver con frecuencia hasta que falleció en 2004 a los 84 años. En 1955 se casó Regina Moreiro Ramos con Modesto López Moreiro, por entonces agricultor y después guardia civil, al que siguió en los sucesivos destinos, empezando por Asturias. Los avatares de sus hermanos dejarían a Mauricio casi toda la responsabilidad en la economía de tradición familiar, centrada en la agricultura y la ganadería, a las que dedicó toda su vida, a excepción del tiempo pasado en Francia (infra) y en el servicio militar, con destino en Gijón en los años 1956 y 1957.

Con esta obligada salida se cumplía un ciclo para los jóvenes en la España nacional-católica. En el currículum de los mozos, más que el todavía eventual paso por la escuela y dado que el bautismo era responsabilidad ineludible padres y padrinos, lo que más contaba era la catequesis y la preparación para la recepción de los sacramentos, primera comunión, confirmación, matrimonio. Mauricio tuvo la suerte de tener un párroco campechano y poeta, “Don Matías”, en general apreciado por sus feligreses, aunque, a juzgar por su informe sobre los perseguidos Ángel Ramos, su esposa y suegro (supra), no debía de sentir grandes simpatías por los republicanos. Pero el joven feligrés no daría señales por entonces de sus inclinaciones socialistas ni mostraría todavía cierto desapego por la casi obligada práctica religiosa. Contrariamente a otros mozos solteros, no se casó apenas cumplida “la mili”, aunque por ser bien parecido y buen mozo, no le faltarían oportunidades. A los treinta años eligió y se casó con quien sería su compañera de por vida: Francisca Alfonso Sánchez (Paca). Al año siguiente el matrimonio tuvo un hijo: Santos Moreiro Alfonso (informante).  

Tampoco fue Mauricio de los más precoces en dejarse llevar por la ventolera de la emigración a Francia. En los años sesenta había efectuado algunas salidas al país vecino, para ocuparse en trabajos del bosque como leñador y en la construcción cerca de París. En 1970, sin duda estimulado por la presencia de su cuñada Florentina en la región del Norte, se estableció como obrero de la industria textil en los aledaños de Roubaix, ciudad rayana de la frontera de Bélgica y no muy alejada de la aglomeración de Lille. Le acompañaron su esposa e hijo. Al año siguiente, debido a la muerte del padre, Juan Moreiro, tuvieron que regresar a Navasfrías, donde permanecieron de septiembre a diciembre de 1971 y la pareja volvió  a Francia, dejando al niño Santos al cuidado de su abuela paterna hasta 1974, año en que se reunió con sus padres. La familia permaneció en la emigración hasta 1981.

Los emigrantes de Navasfrías conocieron de cerca el obrerismo militante, que precisamente aquel año 1981 contribuyó a la victoria de François Mitterrand en las elecciones presidenciales francesas. La región del Norte era entonces un bastión de la alianza de izquierdas (Union de la Gauche), que, además de una agrupación de Radicales de Izquierda, estaba constituida por el Partido Socialista y el Partido Comunista Francés. En aquel contexto se afianzaría la inclinación de Mauricio por las ideas humanitarias y socialistas. De modo que si antes  de emigrar era simpatizante del PCE  (“por ser el principal partido de oposición a la dictadura”), después no tuvo inconveniente en formar parte de la candidatura socialista para las elecciones municipales de 1983, compartiendo una fácil victoria. Fue concejal, con su cuñado Modesto López de alcalde (1983-1987).

Al regreso de Francia, en plena madurez, Mauricio se entregó a las tareas agrícolas y ganaderas con entusiasmo, afán de perfección y eficacia. Así lo recuerda su hijo Santos:

“Era cumplidor en su trabajo y muy amante del buen hacer, escrupuloso con las cosas bien hechas, como él las hacía: las distintas tareas agrícolas, como el sembrado y recolección de patatas, por ejemplo, o de cereales, como centeno y trigo. En las tareas ganaderas, criaba vacas de carne y gran parte del verano había que dedicarlo a la recogida de heno para alimentar al ganado en invierno. Durante algunos años, después de retornar de Francia, se convirtió en el mayor productor de patatas en Navasfrías e iba a venderlas con su furgoneta a los pueblos vecinos de la Sierra de Gata”.  

Sin duda sabía compaginar lo útil y lo agradable, hallando un justo equilibrio entre el trabajo “bien hecho” y las manifestaciones lúdicas. En primavera participaba sobre todo en las romerías de los pueblos extremeños. En verano asistía a las capeas y corridas de pueblos y aldeas de Portugal. A la entrada del invierno colaboraba con sus vecinos, a los que hacía partícipes de su habilidad para cortar la carne de cerdo en las matanzas, que en cierto modo también eran fiestas familiares y de allegados. Durante el año entero acudía a los distintitos mercados y ferias en España y Portugal. A su modo, sin necesidad de alardes ni aspavientos, conseguía crearse una tupida red de amistades personales y de relaciones sociales. En este marco cabían las reuniones con responsables y simpatizantes políticos con los que tenía afinidad; pero sobre todo así adquiría la información sobre la historia vivida desde los tiempos de la República en su localidad natal y en el entorno comarcal, lo que hizo de él un excelente y accesible “archivo viviente” (supra).

Su hijo deja para el recuerdo un lacónico y ajustado retrato físico y moral:

“Medía el metro y setenta, de complexión normal, pelo castaño, ojos marrones, cara redondeada y bien parecido. Era una persona seria pero también jovial, extrovertido y conversacional, leal y honesto, y amigo de sus amigos”.

Un esbozo difícil de mejorar. Las personas implicadas en la transmisión de la memoria histórica republicana hemos podido apreciar hasta qué punto Mauricio fue “amigo de sus amigos”, como lo evoca Santos Moreiro en esa pincelada filial de ecos manriqueños.

Para el encuestador, en efecto, fue un informante eficaz y un amigo fiel durante los 12 últimos años de su vida. Era un hombre de mirada franca y serena, moderado en el hablar y la expresión corporal, que sabía transmitir sus amplios y contrastados conocimientos sin agresividad, dejando entrever una solidez moral a toda prueba. Siempre cumplidor de sus promesas y dispuesto a prestar su apoyo en la investigación y las propuestas asociativas contra la desmemoria de las víctimas y la impunidad de los desmanes franquistas.

Echamos de menos su presencia. Nos consolamos con su testimonio.