Lunes, 21 de mayo de 2018

Voces y miradas

“Cuando hablamos, nuestra voz emite una serie de parámetros que son únicos”. Son los avances que la inteligencia artificial está realizando a la hora del reconocimiento de voz y, por consiguiente, de la posibilidad de hablar a una máquina para darle instrucciones o acceder a través de ella a una gama determinada de servicios. Kubrick ya lo expuso cuando Hal9000 entendía a los astronautas en 2001, una odisea en el espacio, al pedirle diferentes actuaciones en el manejo de la aeronave, aunque, bien es cierto, aquel ojo de cíclope que desprendía una luz roja también era capaz de leer los labios de los tripulantes sin que le llegara sonido alguno.

Esto último complica el alcance de la noticia pues aquella insiste en que el ordenador no entiende a quien lo interpela sino que lo que hace es transformar los sonidos en texto y este, a su vez, en lenguaje binario para poder entonces procesar la información y buscar en sus bases de datos la mejor respuesta. No, no se trata, por tanto, de una conversación real. De momento. Por otra parte, si mil millones de personas ya están habituadas a hablar con máquinas es evidente que el proceso es irreversible y que la tecnología desarrollada irá ampliándose a distintas lenguas y a adquirir precisión, logrando incluso detectar las emociones que acompañan la voz: diferenciar el sentido del enfado del de la sorpresa, la ira de la alegría, el cariño de la educación, la ironía de la severidad.

Hay avances que tienen un componente bien práctico como el uso de la voz como contraseña para el laberinto permanente en que uno se mueve entre tantas aplicaciones y servicios que obligan siempre a identificarse. El “dime quien eres pues si no obviaré tu petición” es un latiguillo que me persigue cada vez que voy a hacer una gestión. Poder iniciar el proceso con un saludo convencional seguido del “soy fulano” parece que facilitará las cosas. No habrá que memorizar más contraseñas y dará una apariencia de humanidad a la demanda de la actuación solicitada. Todo más simple y funcional. En definitiva, una vieja fórmula de respuesta más sofisticada a aquella clásica pregunta de ¿quién va?

No obstante, me preocupa más la posibilidad, ya desbrozada en la película Her de Spike Honze donde un hombre se enamora de la voz de Scarlett Johansson vertida a una aplicación informática con quien aquel interactúa apasionadamente. El asunto no es nuevo pues hubo una época en que ello sucedía a través del teléfono, aunque ciertamente entonces se tenía constancia de una presencia real al otro lado de la línea. Pero incluso aquello era con frecuencia falsario porque la inventiva se desbocaba. Por ello creo que hay que pedir una segunda garantía que acompañe a la voz que no es otra que la mirada. Bien se sabe el reaseguro que significa escuchar cualquier voz acompañada de una mirada penetrante. Los amantes lo saben. Aunque Hal9000 estuviera entrenado para dar sentido a ambas cosas simultáneas.