Domingo, 17 de diciembre de 2017

Lectura del mar entre oleajes

El nuevo poemario de Alfredo Pérez Alencart se nos presenta como una aparición llena de luces en medio del desierto
Alfredo Pérez Alencart en Cabo Mondego (Figueira da Foz, 2011. Foto de Jacqueline Alencar)

En estos días me dediqué a la vivencia de compenetrarme en una primera lectura sobre un texto, cuyo autor sí me puedo acordar, porque le he venido siguiendo su producción verso tras verso y es de mi paladar: y por qué no decirlo, cuestión de asuntos en común.

El poeta pone sus líneas traduciendo el lenguaje del espíritu que le inunda, el lector traduce lo que percibe de ese entramado o tejido de palabras en correspondencia con el espíritu que le embarga. Eso trato de hacer en este viaje por el cuerpo del poema que son veintiuno, donde se manifiesta el amor y el vértigo ante lo enorme frente a una simple mirada de marinero que navega al filo de las olas.

El nuevo libro, un poemario del poeta Alfredo Pérez Alencart, se nos presenta como una aparición llena de luces en medio del desierto. Es también un faro como guía nocturno en las más inhóspitas tempestades de nuestro tiempo frente a la espiritualidad. No es la negación al derecho natural de manifestarse por medio del arte del verso, de la literatura; es el bagaje libertario de manifestar su asombro por el mundo de hoy, lleno de fortalezas y bellezas naturales que el ser humano ha ido domesticando en concordancia con la cultura de los días de cada pueblo, de cada familia y de cada individuo.

En su título dice: “Ante el mar, callé”. Es un viaje desde Salamanca hasta las cercanías de  un origen posible y remoto. La población portuguesa de Figueira da Foz con el río Mondego surtiendo de aguas al mar. Y he allí la contemplación sobre el  Atlántico y evocar el lejano Pacífico y los lejanos días de la conquista sin decirlo, como una constante en las diversas dimensiones del tiempo según la velocidad del eje rotatorio.

Veintiún poemas en edición bilingüe: castellano y portugués, para una estética de la mística creadora, de la apuntación histórica, de la narración del alma, de un arrullo en oleajes o un crotar de  los flamencos haciendo del paisaje color, sonido, luz y sombra. Es la búsqueda de la elevación y el hallazgo para expresar la gratitud con la devoción de un apóstol discurriendo tras el bien. El texto destila gratitud por el afecto del cónyuge, la amistad, la feligresía romeral de sus días de asueto: Gratitud por la vida ante la energía divina. Amor por cada camino andado y lo por andar, como se señala en la Inscripción inicial: “No solo el mar: también el Amor. No sólo la ciudad y el paisaje que la completa: también lo más íntimo, lo que es jardín sellado y no se desvanece. No solo Portugal: también algún lazo con Salamanca y Perú.”

Pareciera que el  título y el primer verso sucintaran lo que se siente venir tras el diluvio de sonoridades  de ecos del mar, y es el viento, el recuerdo, la distancia y la cercanía, el agua en sus múltiples formas para la metáfora, para el entretejido de palabras. Los lugares  físicos y los del alma. Así entiendo:

“No solo el mar:…”

Allí donde se denota la sorpresa contemplativa como ante un gran templo, para percibir la inmensidad desde lo abarcante de una mirada que no esperaba mirar lo que mira o que creía venir a conocer en otras vertientes del aíre, como un mar donde nos sumergimos como peces desde el nacimiento. Claro, venimos del agua, del líquido amniótico para transportarnos al aire, ese otro fluido que permite oxigenar el cuerpo donde se posa el alma.

Por ello:

“Ante el mar, callé”

Y va como narrando la ruta de las horas de la contemplación del afuera y del adentro, lo observado con ojos de un Argos expectante, con ojos intuitivos donde la esperanza habita y con los ojos de humano que repica:

“De esta playa no se ausenta el mar”.

Estamos a la orilla de la vida donde quiera respiramos y he allí el mar, desde cada meandro y como una sola agua es el Pacífico y es el Atlántico y es el Mediterráneo y los otros cuatro mares antiguos y contemporáneos, en todo caso el mar. Mar de todos, unidos como un laberinto desde donde se entra y se puede salir a gusto del navegante. Siempre se desea llegar a algún lugar:

“Enmudezco y observo.

Pueblos e interminables playas a los que algún día llegaré.

Lagunas y senderos para caminar despacio.

Y, como escondidas, unas flores blancas parecen brotar

por el alto jardín de mis sueños.”

Cuando manifiesta el mar, ese que está por dentro le dice a Figueira, la tierra de pescadores. ¿Y quién visita a quién? El poeta que narra las transfiguraciones del agua hecha aljibe, manantial, arroyo, río, nube, lluvia, gota de rocío y tempano de hielo como piedra en el recuerdo evocante. Es el mar el que viene con sus lengüetazos besando las orillas:

“¡Figueira, tu costumbre empieza junto al mar que te visita!

Un pedazo de mar hacia el infinito, una alianza reconocible.” (Poema XII)

Luego al finalizar el poema, sugiere la inmolación de los cuerpos amantes para saciar la sed existencial de los desterrados de todos los conjuros, de todos los colores, de todos los sonidos, de todas las transparencias, de todas las rizuras del mar, de su tacto salino, de sus murmullos tras un caracol como oreja del tiempo, de su forma de abrazo.

Merecer el azul como una herencia es denotar la límpida belleza de los horizontes observados en la playa: unidos por la inmensidad marítima y el cielo espacial, allí sí, donde anidan las estrellas. Miremos si no:

“Heredo el azul”

Es así, un azul que lo abarca todo y es el mar y lo profundo del espacio. Narrativa sobre el azul líquido y el intocable, apenas en la frisura del aire (camarote espacial), ese mar gaseoso donde fluimos como peces en la gran atmósfera terrestre. Es el alma inabarcable como el mar. Alma viajera y también nostálgica ante la quimera y el beso azul como fortaleza para el cuerpo.

Uno lee y el texto inspira y te vuelve a las múltiples imágenes que de la lectura te vuelve el espejo frente a las emociones. En el poema “V” el mar espiritual es abordado por la mística mirada desde el otro azul, el de la serenidad y la palabra que consuela al revelarnos su misterio:

“La calma reluce otra vez

y vence a la desazón de una creación intransferible.”

¿Es el advenimiento de la armonía de un  Aristóteles frente al mar? No, es la presencia  espiritual de un hombre ante el hombre hecho verbo y sangre, la emancipación de lo efímero como tormento. Es el reconocimiento ante el Gran Hacedor como divinidad infinita.

Y sigue esa navegación entre el vino y la sangre del costado de la herida manante, maná de adviento, de ebriedad mística, de vibración poética. Un río  le cruza la memoria de los días con  nombre propio: Mondego, y luego se funde  en un beso con el ancho mar en Figueira da Foz.

“¡Oh río que das de beber a todos!

¡Mojaré mi lengua con tus aguas!”

Y sus aguas son todas las aguas, todas las criaturas, alevinos y algas, toda vida al margen hecho clorofila para tortuga, para caimán para sirénido. Algún otro olvido para rememorar desde el trapecio de las palabras.

Entre todas estas miradas pone polo a tierra tras la esencia de lo formativo para la continuidad de lo vivido, romper cadenas pareciera anunciar en un par de versos que latiguean donde se apuntala la necesidad de la instrucción para sembrar caminos o abrir la trocha de otros destinos, dimensionemos el aprendizaje de los comportamientos y el de las ciencias con la sustancias esenciales en pos de la armonía del mundo, este milagro del que somos testigos y así fundir la dependencia y ser seres libres. Muchos factores merecen aprenderse y la libertad es una. La libertad se aprende y la fe se siente, quien no siente no aprende ningún valor de esta:

“Una escuela es mi hallazgo. La anuncio

como un legítimo altar para destetar cerebros.”

Uno es el espejo y es su rostro para esa cara en el espejo. Ilusión y presencia, paradoja conjurada en la experiencia. Caminamos y queda la huella de lo andado y somos cuerpo y también sombra del mismo. ¡Cómo no asombrarse ante la magnitud del inabarcable azul?

 “Soy espejo: soy paisaje interior: soy memoria: soy borde azul

en el centro aún terrestre: soy alto en el camino: soy asombro…”

Uno empieza la lectura de un texto y comienza el regreso tras lo mismo.

Digamos, este es el testimonio de una lectura sobre un escrito de sagrada reverencia ante lo azul: el mar y el horizonte donde se mira lo mismo en unión con el todo.

  • Juan Mares en el Teatro Liceo de Salamanca (foto de José Amador Martín, 2014)