Viernes, 15 de diciembre de 2017

El llanto de un gran hombre

Llorar es humano. He conocido a alguien que me contó que su perro lloraba con alguna frecuencia. Una alucinación, sin duda fruto de la empatía con su mascota. Rarezas en medio de la generalidad del lloro como atributo de nuestra especie donde hay lágrimas para momentos muy distintos y de tipo diferente. Emanan de personas duras y de otras más sensibles, de lágrima fácil, se dice.

Ojos húmedos necesarios para combatir el desamparo o mitigar el dolor, pero también cuando la felicidad desborda y la alegría se traduce en gotas gozosas. Lágrimas de bienvenida y para decir adiós. Sollozos callados que contrastan con quejidos cómplices casi siempre del sufrimiento y de la zozobra. Poesía del llanto y de la esperanza que da sentido a la vida, a su inicio y a su fin, a su desarrollo complejo y enigmático.

A lo largo del tiempo hemos cultivado resortes biológicos de muy variadas maneras. Si el llanto tiene un componente neurológico, su precipitación es fruto de un proceso cultural por el que se responde a diferentes estímulos; por otra parte, es interpretado, asumiéndolo con coherencia, por el grupo.

Las lágrimas en las mejillas adquieren un significado social todavía más complejo si cabe que la risa, dotando de humanidad radical a quien las derrama. Su amargura, al igual que su brillo, integran a quien llora en su entorno superponiendo complicidades. Poco importa que esté solo, porque el rictus tiene tal componente universal que identifica a quien llora con sus predecesores.

En la esfera pública llorar no está del todo bien visto. Solo en ocasiones límite ligadas a una catástrofe repentina o a la muerte de seres queridos se acepta. También por la felicidad que acompaña al éxito. Resulta impropio en responsables políticos, de modo que encuentro muy difícil discernir en mi memoria la imagen de un político español reciente llorando.

Tampoco lloró Manuel Azaña cuando pidió “paz, perdón y piedad”. Pero las lágrimas evidencian que se comparte un momento muy especial con las personas afectadas. En ocasiones, incluso se demanda que fluyan. Como al adolescente seco de lágrimas a quien se reclama que llore para honrar al padre fallecido.

En muchos contextos, españoles y latinoamericanos configuramos una comunidad muy particular que comparte rasgos similares de una identidad común. Eso hace muy fácil que se activen mecanismos afectivos y de reconocimiento. Por otra parte, hay situaciones que ameritan un recuerdo permanente que requieren de una voz diáfana que, a la vez, esté cargada de legitimidad por ser una autoridad intelectual con, además, un sentido vital ético.

Reiterar el reconocido agradecimiento a México por la acogida al exilio republicano español es un imperativo insoslayable. Sellar este agradecimiento con el llanto de Pepe Álvarez Junco en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es así mismo un signo de grandeza inmarcesible. Llorar por los vencidos y por los humillados y, al mismo tiempo, por la felicidad de la acogida entrañable, por el amor de un pueblo para con el otro.