Domingo, 19 de noviembre de 2017

Puigdemont pierde todos los puntos

Difícil nos lo fiamos pero intentaremos en este artículo decir algo nuevo o distinto de lo dicho hasta ahora sobre el DUI o el 155. Osada tarea si además pretendemos ser originales después de las innumerables “puigdemoniadas” y memes como han tranversalizado la geografía española.

Y no ha sido un juego de niños, por supuesto; si no, que se lo pregunten a los pensionistas catalanes, que han visto peligrar sus pensiones con las cuentas del economista señor Lumbreras, perdón, Junqueras, o a los trabajadores no independentistas catalanes, que después de ir sobreviviendo a la salvaje Reforma Laboral, se encuentran ante el escollo de una independencia que, aun fallida, en muchos casos les puede llevar tras sus empresas como si hubieran pasado, de la noche a la mañana, a entrar en un barco lejos de sus familias, es decir, hasta los confines donde se ubicaron sus sedes.

Una estrategia provisional según el señor Mas, pues serviría nada Más hasta que esos (ingenuos) españoles, que presuntamente confunden derechos sociales con derecho a potenciar la autonomía, se hicieran cargo de las facturas.

Este, no otro, ha sido el empecinamiento de unos políticos que creyeron que a los pobres diablillos españoles, o españoles catalanes, con poco más de una neurona para pasar el día, a quienes engañaron a lo largo de siglos, también se les podía rematar en el presente milenio.

Así transcurriría todo con un Derecho Unilateral de Independencia (DUI) para finalmente, con la amenaza de colocar fronteras y cobrar aranceles si España se negaba a la incorporación del nuevo Estado a la UE, colarse en ella en loor de multitudes. Y como aún se menospreciaba el 155 y lo que opinaba Europa, no había ninguna duda de que a los españoles no les quedaría otro remedio que transigir.

Pero sin irnos del asunto, hablemos de Escocia, ese país a quien los catalanistas tantas veces han puesto de ejemplo de nacionalismo, aunque sólo sea para que nos demos cuenta, ¡ellos tan listos!, que no es homologable con Catalunya absolutamente en nada. Gran Bretaña sin Escocia seguiría siendo igual de rica. Pensemos que geográficamente está en el norte, con el mar como frontera, mientras Catalunya, donde hemos instalado nuestras mejores industrias (vean el No-Do franquista inaugurándolas todas las semanas) cierra gran parte de Europa al resto de España por tierra, mar y aire. Deslealtad pura y dura y chantaje, así, sin anestesia.

También podemos hablar de Quebec y otros países del primer mundo en los que los nacionalistas catalanistas han basado sus argumentos y verán que son países que habiendo realizado referéndums legales los han perdido a la vez de hacerse daño con un tiro en el pie del que tardarán en recuperarse.

Pero esto de los países homologables es una anécdota. Lo increíble de todo este procés, es la enorme cantidad de argucias empleadas. Ha sido una jugada de póker interminable y sucia por parte de las fuerzas independentistas en las que las barajas sin marcar ofrecidas por el Constitucional fueron rechazadas una y otra vez por el president de la Generalitat. Así, el núcleo del Estado español ha estado en un tris de cometer el peor de los errores. Ese que está en el imaginario de todos y que cuando se emplea se pierde la razón.

Por tanto, debemos felicitarnos por tener la “minga” fría y dar la solución menos mala, que es la aplicación del artículo 155 acompañado de elecciones. Ahora Puigdemont no se debe lamentar de haber perdido todos los puntos, ya que si no cedió el paso cuando se lo pidieron, ni realizó las curvas a la izquierda cuando la carretera por la que “converge” va para la derecha, y ni tan siquiera paró en los Stop cuando ponía en peligro tantas vidas, la duda que le debe embargar y que nosotros desconocemos es saber si también ha perdido el carnet para participar en las elecciones convocadas por Rajoy para el 21 de diciembre. Hasta ahora sólo se ha pronunciado un Montesquieu light, detrás vendrá la Justicia.

Por último, lo de la paella de la CUP en Soto del Real el mismo día de las elecciones nosotros no la contemplamos ni la deseamos. Y tampoco hay que esperarla, pues en el país de los aforados un político de cierto caché es dios.