Domingo, 22 de octubre de 2017

Re-habitar un territorio, crear un Estado. Una posible luz desde la Biblia

Estamos asistiendo a un proceso impresionante de posible creación o asentamiento de un pueblo milenario en su propia tierra, como Estado independiente (en la medida en que eso es posible).

No trato en este blog de temas de política directa, pero vengo de México donde, a lo largo de 15 días, profesores y estudiantes, amigos y compañeros me han preguntado, comida a comida, clase a clase, sobre el tema de la posible independencia catalana. Sería hermoso haber trascrito las conversaciones, pues nos ayudarían a entender mejor el tema, desde sus diversas perspectivas.

Un profesor de filosofía me recordó el famoso texto de Aristóteles (Metafísica 4, 2): El ser se dice de diversas maneras. Eso significa que no hay una sino varias cataluñas, tanto dentro como fuera del territorio catalán, y los que sólo siguen un argumento de principio a fin se equivocan siempre.

Las clases que yo daba en la Universidad Iberoamericana de DCMX eran sobre “dominación y dinero en la Biblia”, y desde ese fondo quise acompañar en lo posible a los alumnos y colegas. Pues bien, entre esas clases hubo una que debí repetir de alguna forma, la que trata del proceso de surgimiento del Estado de Israel en Palestina.

¿Tiene alguna semejanza aquel proceso bíblico antiguo con la posible creación de un Estado Catalán, con lo que ello implica en el siglo XXI?. Hicimos tras la clase varias aplicaciones posibles sobre el tema catalán y mexicano. Aquí no las presento. Que el lector actual vea si es posible hoy algo semejante al surgimiento del Estado de Israel en Palestina, conforme a las hipótesis que iré desarrollando.

Imagen: J. Clemente Orozco, Mural del Hospicio Cabañas (197-1939), en Guadalajara MX No trata de la formación del primer Estado de Israel, ni del problema actual de Cataluña/España. Pero ofrece una visión espectacular de los conflictos político/militares. Que cada uno lo interpreta desde su perspectiva. A mí me ayudó a exponer el tema de la "conquista" de Palestina.

1. Invasión pacífica,transformación social, con triunfo de los marginados.

Según este modelo (que está al fondo de Gén, Núm, Jc y 1 Sam), el pueblo de Israel se habría ido formando en la misma Palestina, a partir de grupos de emigrantes que llegaron de manera pacífica, como indicaría varias tradiciones patriarcales, ligadas a los nombres de Abrahán, Isaac y Jacob, cuyo recuerdo se conservaba en diversos santuarios (Hebrón, Betel, Berseba…). En esa línea, muchos investigadores han interpretado el surgimiento de Israel como efecto de una emigración pacífica de nómadas que, llegando del desierto o de otras zonas pobres del oriente, ocuparon los huecos montañosos y las zonas más deshabitadas de Palestina, creando en ellas una cultura alternativa de agricultores y pastores, sin ciudades dominantes ni ejército unitario.

Más que una guerra o invasión militar de los hebreos (venidos desde fuera, con su ejército y su economía) se habría dado un proceso de sedentarización progresiva y pacífica. Los invasores, emigrantes seminómadas (pastores, trashumantes, exilados…), empezaron realizando los trabajos más duros de la tierra, como criados o siervos al servicio de los ricos cananeos. Ciertamente eran pobres, en sentido material, y vivían en las zonas marginadas de la tierra, pero crearon instituciones y fomentaron ideales y programas comunitarios de propiedad de los bienes, mientras las ciudades militarizadas, bajo un sistema de dominio y mercado se fueron degradando y destruyendo, a causa de su forma de vida comercial, militarista, que exigía mucho dinero.

De esa manera, en el momento en que el sistema egipcio-cananeo (imperio militar, mercado) iba perdiendo fuerza, porque resultaba incapaz de responder a los nuevos retos económico-sociales de aquel territorio, estos hebreos, materialmente “pobres” pero ricos en fraternidad, terminaron expandiéndose en la tierra (sin imponerse manu militari). En un momento dado (a partir del 1050 a.C.), con la caída sociopolítica de los estados cananeos, esps israelitas de la montaña, que eran por entonces la minoría más concientizada y creadora de la población, animados por la fe en un Dios Yahvé, Señor del Pacto, pudieron imponerse y vincular a la mayoría de los habitantes (tribus, ciudades) de la tierra palestina, formando así su propio Estado.

2. Conquista guerrera.

A pesar de la reflexión anterior, desde su propia perspectiva simbólica, los libros “oficiales” de la Biblia, redactados bajo una inspiración deuteronomista, que asume y desarrolla el programa de los reyes de Israel/Judá del siglo VIII-VII a.C., suponen que esa revolución yahvista se realizó básicamente (o culminó) a través de una guerra santa, por la que Dios ayudó a los hebreos a derrotar (destruir y sustituir), a los cananeos anteriores.

Ésta habría sido la verdadera revolución, inspirada por un Dios guerrero, venerado quizá por un grupo de evadidos de Egipto, que venían por el sur (Sinaí), no por el oriente, bien armados y concientizados, como un grupo militar, conquistando de manera rápida y violenta (parte de) la tierra palestina. Esa tradición de Js 1-12, que ha influido en las tradiciones posteriores de la Biblia, cuando afirman que los israelitas, como pueblo unido y bien armado y repartieron a cordel su nueva tierra (cf. Js 13-22).

Tomada en conjunto, esta visión responde a un modelo unificado y tardío de Israel, que se entiende a sí mismo como grupo guerrero invencible, que vino del sur (Sinaí), y que, por su movilidad y conciencia de envío religioso, logró vencer a los asentados comerciantes cananeos, vinculados a un imperio como Egipto que se estaba derrumbando. Ciertamente, esta visión contiene rasgos positivo, pues que formaron la unidad israelita había grupos dotados de rasgos militares, que no eran pacíficos pastores trashumantes, ni sencillos campesinos marginales, bajo control de las ciudades cananeas, sino guerreros conscientes de su poder (cf. Dt 7 y 20, 11-18; Ex 23, 20-33; 34, l0s; Jc 2, 1-5) con sus leyes sobre el Herrem y la Guerra Santa .

A pesar del valor de este modelo, debemos volver al esquema anterior, con el influjo de pastores asentados en zonas montañosas o boscosas, “voluntarios” de Yahvé, Dios de la guerra (quizá liberados de Egipto), proletarios sometidos al sistema cananeo… Pues bien, en ese tiempo, entre el 1250 y el 1050 a.C., personas de esos grupos, con otros marginados de Canaán, fueron superando el esquema de dominio de los cananeos. No aceptaron la estructura de dominación de las ciudades, con una cúpula militarizada de comerciantes y soldados, sino que se fueron estableciendo y consolidando como federación autónoma de tribus y familias libres, sin un capital superior, ni un ejército profesional.

Estos hebreos (emigrantes, esclavos liberados, oprimidos, cananeos que huían de la oligarquía comercial y militar de las ciudades), se fueron organizando como israelitas. No entronizaron a un rey (no le necesitaban), ni tuvieron una ciudad central (tampoco les hacía falta), ni un templo unificado, sino que se reunían en diversos santuarios, unidos por una experiencia religiosa, social y económica.

No delegaron el poder en manos de una superestructura económica, militar o religiosa (ciudad, mercado, ejército. templo), sino que buscaron un tipo más alto (más humano) de comunión popular, organizándose por tribus, hasta ser el grupo más significativo de la tierra palestina .

3. El riesgo de una limpieza étnica (de sangre)

Según eso, el asentamiento de Israel en Palestina fue en principio básicamente pacífico. Los cananeos habían controlado las ciudades y, debido a su ventaja económica y guerrera, habían aprovechado las aportaciones ganaderas y agrícolas de los nuevos inmigrantes. Pero, a partir del XI a.C., la balanza política (con un modelo distinto de economía y vida social, impulsada por un nuevo tipo de Dos, Yahvé) se fue inclinando del lado de los (pre-) israelitas.

La misma tradición religiosa de esos grupos proto-hebreos, vinculados al Dios de libertad (de sus antepasados), con su experiencia grupal de comunión, les mantuvo unidos, de manera que fueron creando lazos de solidaridad no-militar (no comercial, ni capitalista), mientras las ciudades cananeas, arrastradas por la decadencia de Egipto, que ejercía sobre ellas un tipo de arbitraje y protectorado (cf. cartas de Tell El-Amarna), fueron incapaces de oponerse al avance socio-religioso de los israelitas.

Este proceso, acelerado por el peligro filisteo, culminó en los reinados de Saúl y David (hacia el 1000 a.C.), de manera que en esa línea no se puede hablar de una conquista militar estricta de Palestina, sino de un despliegue vital de los israelitas, que lograron triunfar en un plano demográfico, social y aun religioso (sin necesidad de una verdadera guerra), llegando a integrar en su estructura tribal a las ciudades cananeas, como suponen Jueces y 1 Samuel.

El nuevo pueblo se formó a partir de grupos de habiru (mercenarios desclasados), pastores trashumantes, fugitivos de Egipto y proletarios campesinos, opuestos al sistema feudal de las ciudades cananeas (o de Egipto), creando un tipo de comunidad no estatal (no capitalista), pero muy unida en clave económica, social y religiosa, sin Estado central ni templo superior. Israel surgió de esa manera como nación distinta de familias campesinas (bayith, beth‘av), que se integraban entre sí para formar clanes (mishpahah) y tribus (shebet, matteh) que confluyen en la unidad del pueblo unido de Israel, sin un Estado impositivo dominando desde arriba.

Ciertamente, las tribus unidas debieron pensar en su defensa, y así crearon milicias populares, sin un ejército estable de mandos profesionales, con carros de combate y soldados mercenarios. Las tribus de Israel carecían de ejército permanente, pero lo creaban cuando fuera necesario, levantando en armas al conjunto (o parte) de la población. No había cases separadas (de tipo militar, sacerdotal o comercial), pues poder y riqueza eran de todos. En esa perspectiva se entiende el herrem o anatema, propio de la guerra de las tribus que debían defender su forma de vida común, en contra de las tendencias impositivas del entorno económico-militar de los cananeos (cf. Ex 23, 23-24; 34,10-11; Dt 20, 16-18; Jc 2,1-5…).

-- Riesgo del herrem (un tipo de limpieza étnica). En un sentido, las prácticas del herrem (matar a los líderes cananeos, destruir sus lugares de culto…) resultan atroces, pues implican una fuerte limpieza étnica, con la destrucción sistemática de las prácticas cananeas. Pero esas prácticas eran violentas, y estaban precisamente al servicio de la opresión, y herrem era un modo de buscar la libertad y el desarrollo de los cananeos/hebreos oprimidos (esclavos, campesinos sometidos, soldados mercenarios).
-- Limitación del herrem. No implica el exterminio de toda la población anterior, sino la destrucción de sus instituciones opresoras, a fin de que los pobres y oprimidos puedan vivir. El herrem está pensado para defender la vida del conjunto de la población, con el rechazo de una acumulación de poder económico, político o militar de uno sobre otros, suprimiendo para ellos estructuras centrales del sistema opresor, que se oponen al ideal igualitario de las tribus.

4. Hace falta una transformación social

A fin de que surgiera una comunión igualitaria entre todos, los israelitas tuvieron que oponerse a unos dioses que justificaban la opresión, derribando (incluso matando en algunos casos) a los líderes político-religiosos que la promovían, con aquellos objetos de lujo y guerra que se oponían a los principios fraternos de la nueva sociedad israelita. Miradas así, las guerras de Yahvé no eran expresión de una violencia irracional, ni deseo de simple conquista, sino una manifestación de fe al servicio de la constitución pacífica del pueblo. Así entendidas, esas guerras resultan inseparables del surgimiento y despliegue de las tribus, como ha puesto de relieve D. G. Groody:

A pesar de las advertencias repetidas de los jueces y profetas, los israelitas optaron a menudo por unos dioses íntimamente conectados con la prosperidad financiera, unos dioses que legitimaban la codicia, las prácticas comerciales explotadoras y que abandonaban a los pobres. Ya no se sentían impulsados por las exigencias del pacto con Yahvé, sino que siguieron a unos dioses que no demandaban ya una vida de honradez, ni una conducta honesta, ni que hubiera compasión por los necesitados o carentes de poder. Así, por ejemplo, como adoradores de Baal, Ajab y Jezabel podían justificar el robo, la explotación y muchos homicidios (1 Rey 16, 29 – 21, 29).

Para la Biblia, Egipto es más que la designación de un lugar físico. De un modo semejante, los Cananeos son para la Biblia más que un pueblo étnico (una raza). Los estudiosos disputan sobre el origen del nombre “Canaán”, pero algunos de ellos creen ese nombre (Canaán) viene de una palabra que significa púrpura-rojiza. La forma hebrea (Canaán) está tomada de una palabra hurrita que significa “perteneciente a la tierra de la púrpura-roja”. Desde el siglo catorce a.C., Canaán designaba aquel país donde los comerciantes “cananeos” o fenicios intercambiaban sus mercancías por un producto comercial más importante, el tinte de la púrpura-roja, que procedía del pigmento de unos moluscos de la costa de Palestina, que se empleaba para fabricar colorantes (Cf. D. G. Groody, Globalización, espiritualidad y justicia, Verbo Divino, Estella 2009, 96-97).

En contra de un proyecto capitalista de acumulación y comercio dirigido al enriquecimiento (en ciudades que oprimen a los campesinos), la Biblia presenta a Israel como federación de agricultores y pastores libres, en contacto directo con una tierra que ellos desean repartir por igual (a suertes) entre las familias, como ha descrito minuciosamente Js 12-20. Este Israel no quiere ciudades superiores, ni un templo central, ni un capital separado del trabajo y del intercambio igualitario de bienes.

Sobre esa base utópica de comunión se funda el herrem. Por eso (en sentido simbólico), los israelitas han debido destruir el modelo de anterior, a través de un proceso de superación del germen cananeo (capitalismo mercantil, vinculado a la púrpura) cuyo riesgo ellos mismos llevaban dentro.

La púrpura era un color estéticamente bello que se empleaba para la ropa de lujo, un color que parece haberse utilizado simbólicamente para dar su nombre a los lugares o mercados donde se vendía. Si esto es así, es muy probable que exista una conexión entre el pueblo histórico que habitaba en esta tierra y los lugares de mercado (de púrpura). Con el tiempo, el nombre de “cananeo” vino a asociarse con el de comerciante. En esa línea, por ejemplo, en el evangelio de Lucas, el hombre rico que no tiene en cuenta a Lázaro, un pobre mendigo, se viste con atuendos de púrpura (Lc 16, 19); más que una simple observación literaria, este dato constituye una indicación ulterior del mal influjo de la prosperidad.

Según eso, la controversia de la Biblia en contra de los cananeos y el mandato de “destruir todas sus figuras de piedra y sus imágenes fundidas” (Num 33, 51-52) no se dirigía simplemente en contra de un grupo de gente, sino en contra una mentalidad vinculada al materialismo del mercado. Cuando los israelitas se iban aproximando a la tierra de Canaán, Yahvé les dijo: “No contaminéis la tierra en la que vivís, la tierra en medio de la cual yo habito; porque yo soy un Dios que habita en medio de los israelitas” (Num 35, 34). Es como si Yahvé pusiera a los israelitas en guardia ante el poder de seducción de los lugares de mercado, rechazando todo tipo de sincretismo utilitarista, que llevara a la vinculación de Yahvé con los dioses del comercio (Dt 20, 16-18) (Groody, O. c. 96-97).

En este contexto, cananeo significa pueblo rico y opresor, fundado en el “Dios del mercado y el dinero”, no en la gratuidad de los hebreos. No se trata, pues, de luchar contra los cananeos como personas, sino como símbolo de opresión. En contra del Dios (espíritu) cananeo para el que sólo importa el comercio y dinero, se eleva la experiencia de Israel, pueblo del Yahvé, Dios de libertad, aunque también muy tentado por la opresión de dinero .