Lunes, 23 de octubre de 2017

Moisés y Elías

Transfiguración de Jesús, con un general judío que también veía a 

La iglesia celebra, aunque es domingo, la fiesta de la Transfiguración del Señor (San Salvador), una de las más significativas de la tradición cristiana, por su fondo histórico-simbólico y por la importancia que ha tenido y sigue teniendo, como icono esencial de la experiencia pascual y de la oración de la Iglesia (especialmente en la tradición ortodoxa).

Éste es el icono por excelencia, con la unión del Antiguo y del Nuevo Testamento (Jesús con Moisés y Elías), ésta es la visión orante en la montaña, la experiencia clave de la Resurrección de Jesús, y del camino que con él realizan los cristianos, en visión anticipada de la gloria, en tarea concreta de seguimiento, dando la vida con (como Jesús) al servicio de la vida de los otros.

Éste es el primer retablo del misterio cristiano, tal como lo han "escrito/pintado" desde antiguo iconógrafos, monjes y simples creyentes de oriente y occidente, el icono del camino que sube a (y baja de) la montaña (en unión con el otro gran icono de los Ángeles de la Trinidad: visión de Abraham, "escrita" por Rublev).


Su versión más antigua aparece en Mc 9, 2-8 y la más reciente en 2 Pedro 1, 16-18. Es un prodigio de concisión y riqueza evocadora, un canto de oración y pascua, de historia de Jesús y de esperanza escatológico. Este año la Iglesia utiliza el relato de Mateo (aunque no voy a insistir hoy en la diferencia entre los evangelios sinópticos).

Varias veces he comentado este pasaje en mi blog. Hoy quiero hacerlo de nuevo, en una línea antigua, recogiendo el ritmo y sentido del relato... e interpretándolo al fin desde la perspectiva de un oficial del ejército judío que seguía viendo en su oración a Moisés y Elías (como les había visto Jesús en la montaña), aunque su interpretación era distinta(aunque no opuesa a la cristiana), como seguirá viendo quien lea.

Buen domingo a todos los amigos. Las dos primeras imágenes recogen iconos de la tradición oriental de la Iglesia. El tercero está tomado de un famoso cuadro de Rafael Sanzio

Texto (Mt 17, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo."

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."


Introducción

Esta escena reproduce en un contexto de epifanía (manifestación sagrada) algunos de los elementos básicos de la historia humana y religiosa de Jesús. En un sentido nos recuerda el pasaje del bautismo, donde Dios mismo declara a Jesús como su Hijo (cf. Lc 3, 22). En otro sentido anticipa la experiencia cristiana de la pascua (éxodo) del mismo Jesús, desde un fondo de oración y de esperanza… Jesús es Mesías de Dios porque en su vida y su pascua es una revelación de Dios. Jesús Mesías judío, porque Moisés y Elías están a su lado y le ofrecen su testimonio. Jesús es Mesías cristianos, como sabe la tradición ortodoxa, que venera la gloria de Jesús en el Icono de la Transfiguración.

El relato es simple. Acompañado de tres discípulos, él asciendo a “la montaña” (se supone que está en Galilea) y allí se transfigura (metemorphôthê) y aparece a sus discípulos de un modo “celeste”, como persona divino, cubierto de vestidos blancos, y conversa con Elías y Moisés, personajes principales de la historia de Israel que, según la tradición, han subido al cielo y desde allí acompañan a los israelitas en su marcha hacia la plenitud mesiánica.

Pedro interpreta la experiencia de forma apocalíptica y pretende perpetuarla, construyendo allí tres tiendas, para quedarse sobre la montaña para siempre, rodeados de la gloria de Dios, como se decía y sentía en la fiesta de las tiendas o Tabernáculos de los judíos. Pero les cubre una nube, presencia de Dios, y se oye la Voz: “este es mi Hijo Elegido; escuchadle” (9, 7). Los discípulos se descubren de nuevo solos con Jesús, sobre la tierra, y guardan silencio hasta que sólo más tarde “entienden” lo que ha sucedido (en la pasacua).

Varias perspectivas

La escena de la trasfiguración puede y debe entenderse desde diversas perspectivas, pues ella es un símbolo total del cristianismo, como han hecho y siguen haciendo los investigadores y creyentes:

Fondo histórico. La vida de Jesús. Esta escena mantiene el recuerdo de algún acontecimiento especial de la vida de Jesús, vinculado a una montaña de Galilea donde él solía subir para orar, acompañado de sus tres discípulos preferidos (Pedro, Santiago y Juan). Jesús pudo aparece de forma muy particular en la montaña y sus tres discípulos principales le descubrieron como Hijo de Dios, escuchando unas palabras de la Nube que tomaron como voz divina, revelación transformante del misterio que presente a Jesús diciendo: ¡ese es mi Hijo Elegido, escuchadle!

Ésta visión sigue conservando su valor, pero no puede aislarse de las otras. Los mismos discípulos de Jesús han “transfigurado” su recuerdo, han reinterpretado su experiencia anterior después de la Pascua y han visto que su “Jesús amigo” era Hijo de Dios. Dios mismo les hablaba y les habla a través de ese Jesús. La voz celeste no se dirige a Jesús, sino a sus discípulos, que deben escucharle. Esa voz de Dios parece situarnos en contexto post-pascual: más que el anuncio del Reino de Jesús que Jesús proclamaba importa ahora la presencia del mismo Je´sus como resucitado o juez divino del tiempo escatológico.

Perspectiva apocalíptica. Algunos investigadores piensan que la escena original no hablaría de una transfiguración histórica de Jesús, sino de una experiencia y esperanza escatológica: los cristianos han visto a Jesús tras su muerte sobre la Montaña el cielo, con Moisés y Elías, comprendiendo de esa forma que él debe venir, que viene pronto, para restaurar todas las cosas. Ésta escena sería un anticipo de la culminación final de los tiempos, como Pedro interpreta rectamente cuando quiere hacer allí tres tiendas, las tiendas o mansiones eternas de los cielos.

Pedro quiere abandonar la tierra donde siguen los otros nueve discípulos de Jesús y todo el resto de la gente. Quiere estar ya el cielo, con Jesús, acompañado de Moisés y Elías. La voz del cielo parece ratificar esa esperanza: mientras llega el fin del mundo hay que escuchar a Jesús, que está con los profetas raptados en el cielo, sabiendo que él vendrá al final para realizar la obra de Dios.

Hay que escuchar a Jesús, que es el Hijo de Dios, que “vendrá a juzgar a vivos y muertos…”. Sólo en un momento posterior algunos cristianos de tendencia más espiritualista habrían convertido este relato apocalíptico en revelación del carácter divino de Jesús, que está ya trasfigurado entre sus fieles, en esta misma tierra, dentro de la historia, en la que debe ser venerado. De la esperanza apocalíptica pasamos a la contemplación de su esencia divina de Jesús

Aparición pascual. Pero la mayor parte de los investigadores piensan que en el fondo de la escena hay un recuerdo de una aparición pascual. Los discípulos principales de Jesús, tras la muerte de su amigo y maestro, habrían huido de Jerusalén y se habrían reunido en una montaña de Galilea. Allí se les habría aparecido Jesús resucitado, con Moisés y Elías, hablándoles del “camino de Éxodo y de Muerte” que tenía que realizar (que había realizado ya en Jerusalén) Los diversos elementos del relato (montaña, proclamación mesiánica, voz de Dios...) hacen pensar que estamos ante una experiencia de resurrección, en la que el Jesús ya muerto aparece como hijo de Dios y Rey escatológico, a quien se debe escuchar.

El mensaje del texto estaría cerca de Rom 1, 3-4 que identifica pascua y nacimiento del Hijo: el blanco de las vestiduras (Lc 9, 29) es color celeste de los ángeles (Mc 16, 5; Mt 28, 3; Jn 20, 12) o santos (Ap 6, 11; 7, 9, etc.), que acompañan a Dios en su gloria. Moisés y Elías son habitantes del cielo con quienes dialoga Jesús. Los cristianos viven, según esto, en dos niveles: unidos a Jesús pertenecen al mundo divino, donde quieren quedar, como dice Pedro (¡hagamos tres tiendas!); pero la Voz de Dios les invita al cumplimiento del mensaje de Jesús en esta tierra; según eso, ellos siguen viviendo sobre el mundo.

Sentido de conjunto

Éstos tres sentidos de la escena no se oponen, pues la tradición cristiana ha vinculado historia de Jesús, resurrección y esperanza del fin de los tiempos. Teniendo eso en cuenta, podemos decir que este relato ha querido proyectar la dimensión pascual y escatológica sobre la vida humana de Jesús. Por eso, ni la anticipación apocalíptica ni la visión pascual logran expresar toda su hondura. El texto tiene elementos pascuales: Jesús transfigurado es Señor que triunfa de la muerte, Hijo en el que Dios refleja su misterio y se complace. El texto tiene rasgos escatológicos: Moisés y Elías no son simples habitantes del cielo, sino profetas que atestiguan la esperanza de Israel, como confirma Pedro (quiere construir las tiendas de la fiesta escatológica), de manera que nos ponen en marcha hacia la plenitud y cumplimiento de los tiempos. Pero, al mismo tiempo, esos aspectos se cumplen y revelan en la historia de Jesús, en su camino de entrega hacia la muerte.

Precisamente allí donde parece que el relato nos saca de este mundo, para introducirnos en un mundo superior de resurrección y de esperanza final, vuelve a introducirnos en la historia concreta a Jesús, a quien debemos escuchar y seguir. En ese sentido decimos que el relato de la Transfiguración no en el camino de la historia, con quien debemos caminar hacia Jerusalén, para realizar también nosotros su mismo “éxodo”, entregando la vida por los demás.

En este contexto descubrimos a Jesús como el Hijo de Dios, a quien vemos trasfigurado en la experiencia de la oración. Éste es un texto de “Tabor”, un relato que sólo se puede entender cuando nos introducimos con Jesús en la “montaña de la oración”, de manera que descubrimos, con él y por él, una nueva dimensión de realidad y de vida. Seguimos sobre el mundo, amenazados por la muerte, pero, en un momento dado, se descorre el velo y podemos ver lo que hay al fondo: sin dejar de ser un hombre, sin dejar de ser un judío (con Moisés y Elías), Jesús aparece ante nosotros como el Hijo querido (elegido) de Dios y nosotros somos también, como él y con él, hijos de Dios.

Visión pascual: un icono de fondo judío

La escena vincula historia con pascua y parusía. Si Jesús no se hubiera entregado hasta la muerte (como indica todo su contexto de éxodo o entrega en Jerusalén) y si Dios no le hubiera respondido en la resurrección, como mostrará el final del Evangelio (Lc 24). Jesús no podría venir presentarse en su existencia histórica como el Hijo. Éste relato de transfiguración constituye así un compendio de su vida y misterio de Jesús.

En ese sentido decimos que es una visión pascual pre-datada (y/o una pre-datación de la parusía celeste). En ese sentido se puede asegurar que pascua y parusía constituyen la verdad (culminación) de la historia de Jesús sobre la tierra; no están simplemente arriba o después, sino aquí en nuestra misma historia humana. Desde la fe más honda, podemos descubrir a Jesús como el Hijo de Dios.

La transfiguración puede entenderse así como un icono donde quedan integrados los elementos fundamentales de la biografía mesiánica de Jesús, como ha visto la tradición ortodoxa, que resume en esta escena el conjunto de la cristología y de la teología, todo el sentido de la vida espiritual. Desde esta perspectiva, la disputa sobre si la escena tiene un sentido histórico, escatológico o pascual del texto se vuelve secundaria, de manera que no pueden separarse sus diversos rasgos. En el centro del icono está Jesús, Dios en persona: el ser humano en cuya vida se expresa el misterio divino.

El Jesús transfigurado es imposible sin la pascua y parusía. Por eso, el texto sólo se entiende cuando Jesús resucita de los muertos (cf. Mc 9, 9); lógicamente, en el fondo del pasaje se ha expresado una visión pascual. En este contexto quiero recordar una conversación que mantuve con un oficial del Estado de Israel, en un encuentro ecuménico, celebrado precisamente en la Casa de Ejercicios de Majadahonda (Madrid).

Yo le dije que ser cristiano es descubrir la presencia de Jesús resucitado… Él me contestó que no le hacía falta un Jesús separado de la historia de Israel; que cuando se ponía en oración el descubría la presencia de Moisés y Elías.

Así me terminó diciendo que él oraba “como Jesús” (con Moisés y Elías a su lado), pero no a Jesús. No quería divinizarle. Le contesté que nosotros, los cristianos, no queremos separar a Jesús de Moisés y Elías, pero que pensamos que Él, Jesús, ha culminado el camino que Elías y Moisés habían iniciado. Por eso vemos a los tres unidos… y podemos unir con Jesús a todos los orantes de la historia humana, a todos los que han dado la vida por los otros, en una historia universal de transfiguración.

Una conclusión espiritual.

Quiero retomar los motivos centrales del texto para interpretarlos ya en sentido más espiritual. Jesús sube a la montaña para orar con sus discípulos. Sólo acompañándole allí, en oración intensa, los creyentes pueden descubrir su gloria. Recordemos que el Tabor no es simplemente un don de Dios, que regala a los creyentes la gracia de su manifestación en Jesucristo. El Tabor es a la vez la meta de un ascenso: sólo aquellos que van a la montaña, acompañando a Jesús en la subida y superando las ocupaciones y cuidados de este mundo, pueden encontrarle en verdad resucitado.

La oración nos descubre a Jesús en su verdad más honda, rodeado por Moisés y Elías, que avalan su camino de pasión y gloria. Igual que hará en la catequesis de Emmaus (Lc 24, 39-49), Jesús se muestra aquí como final y gloria de un camino que había comenzado en Israel. Siendo experiencia de plena novedad, que transciende los momentos anteriores de la historia humana, la pascua nos permite recuperar de manera auténtica el pasado, reasumiendo así el camino de la ley (Moisés) y la esperanza israelita (profetas).

La oración pascual se entiende ahora como ascenso a la blancura celeste: el color de los vestidos de Jesús es signo de su nueva realidad transfigurada. Eso significa el término empleado por el texto (metemorphôthê, metamorfosis): Jesús cambió su forma y vino a presentarse como realidad más alta, reflejando así la gloria de los cielos.

Ésta es una epifanía pascual: manifestación gloriosa del Señor resucitado. Sobre el espacio de dureza de este mundo, superando el plano de violencia y lucha de los hombres, se desvela ahora el misterio de Jesús, que es plenitud de todo lo creado. Descubrir a Jesús es ascender al cielo, llegar hasta el futuro en el que Dios se manifiesta plenamente y nosotros nos podemos realizar también en plenitud.

Esa experiencia del Tabor, al conducirnos al misterio pascual de Jesucristo, nos mantiene, sin embargo, sobre el plano de este mundo. No podemos olvidar que somos criaturas; no podemos descuidar nuestro camino. Por eso Pedro se equivoca diciendo: qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas..., como deseando eternizar la escena de la gloria (igual que Magdalena en Jn 20, 17). Jesús responde como respondía a Magdalena (no me toques más...; vete y dile a mis hermanos...): cesa la nube de la gloria, el Señor exaltado se aleja y queda Jesús a quien avala la misma voz del Padre que se escucha desde el cielo: Este es mi Hijo elegido, escuchadle, es decir, “cumplid su palabra”.

La experiencia de la pascua vuelve así a llevarnos al espacio de la vida de Jesús al compromiso de su entrega por los hombres, como ha señalado la versión paralela de Lucas al decir que Moisés y Elías conversaban con él sobre el “éxodo” o camino que Jesús debía realizar en Jerusalén (Lc 9, 31); de esa forma le confortan mientras sube hacia Calvario.

Un Tabor de pura gloria, un camino pascual que quisiera convertirse en simple gozo, sin ofrenda de la vida (Cruz), sería contrario al ideal de Jesucristo. La experiencia del creyente se convierte así en lugar donde se juntan y fecundan vida y muerte, gloria pascual y Calvario. Separada una de otra, ambas acaban perdiendo su sentido.

Nota erudita: He desarrollado extensamente el fondo histórico y el sentido cristiano del tema en mis comentarios al Evangelio de Marcos (Verbo Divino 2012) y al Evangelio de Mateo (Verbo Divino 2017).