Viernes, 15 de diciembre de 2017

Retortillo y Los Gigantes

Los Gigantes es una mina de uranio a cielo abierto abandonada. Situada en Argentina, a 80 kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba, dejó de operar en 1990, y las consecuencias que sobre el entorno tuvo su actividad, y que de hecho aún tiene, pueden hacernos albergar dudas más que serias sobre los efectos que puede llegar a desencadenar una mina de uranio a cielo abierto, siendo inevitable que nos venga a la cabeza el nombre de Retortillo.

En el caso de Los Gigantes son casi tres décadas las que lleva esperándose la restauración ambiental de la zona, la cual había sido prometida repetidamente por quienes explotaban la mina. “Tranquilos que sacaremos el uranio y dejaremos todo como estaba” vendría a ser el mensaje. Promesas incumplidas. Dinero que se fue, y destrucción que quedó en el entorno de la mina.

Y es que ni la empresa Sánchez Granel, que explotó la mina entre 1982 y 1990, ni la propia Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), dependiente de la República Argentina, llevaron a cabo acción alguna tras el cierre de la mina de cara a reducir el impacto de dicha actividad minera, que ha supuesto un grave perjuicio al medio ambiente de la zona.

De hecho, los problemas de dicha mina empezaron ya al poco tiempo de ponerse en funcionamiento, pues a los tres años de que Sánchez Granel iniciase su explotación ya hubo un desbordamiento de los diques donde se acumulaban los residuos de la mina y el agua contaminada acabó llegando al río San Antonio. Las autoridades argentinas intentaron minimizar el impacto en los medios, señalando que se había actuado rápidamente para detener el vertido. Sin embargo, las comunidades “cercanas” señalaron el daño y los nuevos problemas creados por la mina de uranio, que acabaron desembocando en el cierre de la explotación en 1990.

Y digo comunidades “cercanas” entrecomillado, ya que esta mina de uranio se situaba poco menos que en medio de la nada, en plena sierra de Los Gigantes que le da nombre, aislada de cualquier rastro de población y teniendo como localidades más cercanas Tanti, a más de 30 kilómetros, o el entorno de Villa Carlos Paz, a unos 50 kilómetros y donde advirtieron la contaminación sobre el río San Antonio.

En el caso de Retortillo, la situación geográfica es bastante diferente, aunque no precisamente para bien en lo que nos ocupa, ya que no hay grandes sierras que pudiesen cortar el paso de los vientos con partículas radioactivas procedentes de la mina (por lo que podría tener un mayor impacto en el entorno), siendo además varias las poblaciones cercanas y que se sitúan en el entorno del río Yeltes (al que irían a dar lugar los residuos que pudiesen filtrarse de la mina de uranio a las aguas subterráneas o superficiales).

En todo caso, a día de hoy, casi treinta años después, casi todo sigue igual en Los Gigantes, con los residuos generados en el periodo de actividad minera a cielo abierto y filtrando aún partículas al aire y al agua tanto subterránea como superficial. En este sentido, lo más afectado ha sido el arroyo de la Mina, del cual ha desaparecido toda la vida que había, y cuyas aguas afectan al río Cambuche, cuya zona más crítica se encuentra tras recibir las aguas del arroyo de la Mina.

Por otro lado, para rehabilitar el entorno de la mina, Argentina pidió ayuda al Banco Mundial, que a través del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) creó el Foro Social en 2005, de cara a desembolsar los recursos para dicha rehabilitación ambiental en base al Pramu (Programa de Restitución Ambiental de la Minería de Uranio), si bien desde las instituciones argentinas se ha mantenido a dicho Foro al margen de todas las decisiones sobre la mina desde entonces, impidiendo que pueda vigilar el proceso y, por tanto, poniéndole ante la tesitura de no poder dar la financiación necesaria por no saber qué va a financiar concretamente.

Actualmente, el mayor miedo que existe respecto a la mina de Los Gigantes es que puedan romperse los diques de retención y toda su agua contaminada desemboque íntegramente en los ríos Cajón y Cambuche, acabando con toda la vida existente en ellos, afectando posteriormente al río San Antonio y, con ello, comprometiendo a los 70.000 habitantes que se asientan en el área de Villa Carlos Paz, a unos 50 kilómetros de la antigua mina.

Por otro lado, y pese a las promesas de restauración, en el último año salió a la luz la intención de la CNEA de trasladar 58.000 toneladas de residuos de una planta de dióxido de uranio de la ciudad de Córdoba a la antigua mina de Los Gigantes. Como justificación, las autoridades señalaron que son residuos “de baja actividad”, pero resulta llamativo que en lugar de atenderse cuanto antes las demandas de los habitantes de Villa Carlos Paz, se esté planteando la posibilidad de convertir la antigua mina en una especie de cementerio nuclear.

Con todo lo expuesto, no quiero decir que necesariamente tenga que ocurrir lo mismo y de la misma manera en Retortillo, pero sí quiero resaltar lo que ha ocurrido en otros casos y cómo han llegado a afectar al medio ambiente de la zona. Si el arroyo de la Mina de los Gigantes ha dejado de albergar vida por los residuos derivados de la mina de uranio ¿Quién me puede asegurar que no le acabará ocurriendo lo mismo al río Yeltes?

Asimismo, si en el caso de Los Gigantes la empresa minera Sánchez Granel, pese a haberlo prometido, dejó sin restaurar la zona ¿Quién me asegura que no va a ocurrir lo mismo en Retortillo?

¿Hemos de arriesgarnos los salmantinos a correr el riesgo de que pueda ocurrirnos lo mismo que pasa con la mina de Los Gigantes? ¿Merece la pena correr el riesgo por una mina como la de Retortillo con una vida útil proyectada de apenas diez años?