Domingo, 19 de noviembre de 2017

El conflicto, siempre el conflicto

El verano es proclive a enfatizar el sentido de pertenencia a una arcadia en donde las cosas fluyen de manera armoniosa. Se dice que las tensiones no existen y la vida es en general  un ejercicio de equilibrio, de pasión contenida y de resultados satisfactorios para todo el mundo. Es posible que sea debido a la exuberancia de la naturaleza o quizá a los efectos del ambiente vacacional que invitan a la molicie. El calor y el descanso también adocenan pero hay estudios que, contrariamente,  los vinculan al desencadenamiento de situaciones de violencia; las rupturas entre parejas también se incrementan. El caso es que durante un lapso incierto el panorama invita a imaginar un mundo alternativo de quietud y bien llevancia, pero, en contra de las apariencias, el escenario no es tan simple. Pareciera que las diferencias en torno al sentido de la vida, al manejo de medios económicos, a la toma de decisiones y su prioridad, en fin, al propio devenir del poder, no dejan de estar desactivadas requiriendo una atención permanente.

A la hora de abordar los diferendos el manejo del poder es el recurso fundamental. En su límite, se articula como violencia capaz de quitar la vida o de cercenarla recluyéndola entre cuatro paredes. El conflicto queda así vinculado a una expresión feroz del comportamiento humano cuyo desarrollo viene siempre acompasado por distintas explicaciones. La modernidad enseñó que la razón era una de ellas, aunque de inmediato alguien advirtió que su sueño producía monstruos. Ahora bien, en la medida en que el brete pareciera enseñorearse del quehacer cotidiano, ¿tiene límites? O, mejor, ¿cuáles son sus mecanismos tolerables de encuadramiento? Los ex presidentes Lula y Humala encaran la prisión intensificando el nivel de conflicto, paralelamente miembros del gobierno catalán se echan de lado para facilitar su relevo en un intento de suavizarlo. La oposición venezolana, adelantándose quince días a la del chavismo, convoca su consulta popular sui géneris como la que se pretende hacer en Cataluña el 1 de octubre.

Son retazos mínimos de un mundo complejo, a los que se suman los millones de casos íntimos que apenas si trascienden, pero que para quienes los confrontan llegan a suponer un drama de intensidad máxima. El colega del trabajo que hace la vida imposible, el pariente próximo enrabietado permanentemente, el vecino ruidoso, la ex pareja celosa,  el viejo amigo empecinado en rememorar las torpezas juveniles, aquel que  no quiere escuchar o establecer un nivel de empatía pasadera, quien se cree poseedor de la única verdad. Un universo que nunca ceja en su empeño a la hora de recordar que no existen paraísos sino los perdidos, que la naturaleza humana convive permanentemente con esa forma aviesa y que su pervivencia se asocia a la clarividencia de que los conflictos no se eliminan, apenas se resuelven y, en el mejor de los casos, se encauzan. Cual torrentera desaforada hay que saber que existe un espacio reducido para evitar que su pertinaz existencia destruya nuestra vida.