Miércoles, 26 de julio de 2017

La exclusiva del niño marinerito

Sin duda las vacaciones son una desintoxicación física y psíquica, no química, pues nadie sabe si a la larga no pagamos peaje por los helados y la succión de la cabeza o las tripas de los langostinos, pero a la corta, qué ricos los profiteroles y hasta el corte proletario con la bolacha malagueña. No hablamos de otros postres, que estamos en la Costa del Sol y en el presente año, como ya anunciaba nuestro compañero de opinión José Javier Muñoz el martes pasado en estas mismas páginas, el rey de la fruta ha sido un higo impreso en un cartel, con toda su carga peyorativa, eh, también ésa.

     Mientras escribimos estas líneas, como pueden comprobar llenas de bondades, levantamos la mirada hacia el mar y las olas en rizos vienen a tocar su eterna sinfonía donde nuestros pies descansan. Es un regalo para los cinco sentidos y sobre todo para aquel sexto del que se olvidaron. Hablamos del sentido de la inspiración. Pero como no nos hemos anclado a ningún poema y aún sentimos el ruido de las batallas de ciudad, nos quedamos dormido en medio de una pesadilla. ¡Y qué pesadilla! Andábamos empujando la silla de Echenique, cuando vemos aparecer un batallón de soldados cabalgando con armaduras medievales, casi peor que un escrache, y a cuya cabeza, dando la cara, logramos distinguir las de Montoro “el amnistiador” y Hernando “el justificador”, y más atrás, dando la cara b, con sus escudos y blasones helvéticos, generales como Bárcenas, Rato o Ignacio González junto a una interminable soldadesca, y todos, absolutamente todos, venían hacia nosotros diciendo: “la vida nos habéis de dar si no pagáis la seguridad social”. Soltamos inmediatamente el carro de Pablo y lo dejamos caer por un desfiladero para salvar la vida, momento en el que despertamos gritando: “¡Echenique, Echenique…!”. Aquello no pasó desapercibido para algunos bañistas que se interesaron por nuestro estado. “Nada, no se preocupen, ha sido una pesadilla, gracias, gracias…”. ¡Cómo podía habernos ocurrido esto! Bah, miramos al horizonte y una desbandada de gaviotas acompañaban a los barcos pesqueros que se alejaban del puerto, las aves bajaban y se turnaban para atrapar el gran manjar de trozos de pescado que se hallaba adherido al casco, y las más atrevidas entraban en cubierta. Rituales de siglos de gran belleza que conforman esas preguntas de interés para los más pequeños. Es la mar o el mar, con todas sus dulzuras, pero también bravo por naturaleza.

Un niño juega con las olas y a la vez las olas juegan con el niño. Sentimos escalofríos hasta que la madre acude a su rescate. Todo niño que se acerca a la orilla nos recuerda a Aylán, mecido hacia ella o hasta el cielo en una imagen que estremeció al mundo. Pero la vida tiene que continuar, al igual que las olas, que entrañan mucha vida: la propia y esas vidas que en la tierra no son vida. Y para los artistas, ya sean del pincel, pluma o cincel, el mar también es un manjar que ha inspirado todo un plancton de obras, tantas como exclusivas dieron sus playas.

Y hablando de cosas más profanas, o sea, de exclusivas, no sabemos si un añito más el cuché habrá insertado la foto de Anita Obregón en sus páginas, pues es de sobra conocido que durante más de un tercio de siglo el solsticio de verano no comienza mientras la Obregón no ofrezca su exclusiva en bikini. Pero esta es una exclusiva pactada. Nosotros tenemos nuestro Smarphone preparado por si la ansiada instantánea se presenta de improviso, y que no sea trágica, por favor. Miro la playa de La Caleta, en Torre del Mar, y pienso que la sagacidad de un buen paparazzi se reduce a un diez por ciento; el resto, setenta por ciento de paciencia y un veinte por ciento de suerte. Un golpe de suerte, por ejemplo, sería visitar esas sombrillas de publicidad, regalos de Coca-Cola, y poder sacar bajo su sombra una instantánea de Rafa Mayoral. ¡Cuánto valdría esa foto! Ya digo, es posible, pero no fácil.

Nosotros, al atardecer, cuando la luz nace para los fotógrafos, logramos la humilde exclusiva de un niño vestido de marinerito posando para un fotógrafo sin ese cuidado de las abuelas de no manchar su impoluto traje de comunión. Quizá sea costumbre aquí, y lo sería tan válida como fotografiar a un niño salmantino delante de nuestra Catedral o de la Casa de las Conchas, pero para nosotros, pobres, fuera de nuestro contexto se trata de una exclusiva.