Domingo, 22 de octubre de 2017

Contra los exámenes

Es pura demagogia, pero es lo que le pide el cuerpo a uno, y por qué no darle de vez en cuando algún gusto al cuerpo…  También es intempestivo, porque hasta los de selectividad se han examinado ya y esto no tiene más valor, como dirían mis amigos colombianos, que el del brindis a la bandera. Pero las circunstancias imponen una columna coherente con el calor insoportable y dar rienda suelta a los bajos instintos, que para esto está el verano, que por cierto, les recuerdo: todavía no ha comenzado en Salamanca.

Aprovechando, pues, estas causas de justificación, permítanme proclamar que los exámenes a quién menos gustan es al profesor. A mí desde luego nada. Nadie se lo va a creer, ya lo sé, salvo quien haya tenido que corregir cientos de exámenes y no ha sucumbido a ese cómodo vicio de poner un examen de lógica matemática, cuando lo que quiere comprobar es si los sufridos estudiantes saben razonar en Derecho. Ya les avisaba, en esta columna de hoy no se va a dejar a pollo con cabeza. Es lo que tiene el no dormir.

Y menos gustan todavía cuando uno se da cuenta de que quienes le han dicho que sí cada vez que en clase ha preguntado si se le entendía, le movían la cabeza para arriba y para abajo, con unos ánimos dignos de mejor propósito, se han ido por unos derroteros muy inesperados. Se cae el alma a los pies cuando donde tienen que haber respondido solamente: “la revisión de la sentencia”, uno ve escrito: “la revisión de la existencia”… Tan verdad como que lo estoy escribiendo ahora.

Me dirán que se lo ha soplado el vecino y el receptor andaba despistado. Puede ser. Pero incluso se espera un poco de espíritu crítico cuando se trata de copiar en los exámenes. Pues no, este filósofo que tiene un cero en esa pregunta, se ha limitado a escribir lo que debió entender de oídas. Peor sería que lo hubiera copiado así en la clase, porque o bien no vocalizo como debiera, o quien tomaba notas ni se molestó en comprobar los artículos de la ley a las que uno se va remitiendo. Y reconozco que me ha hecho pensar… Esto de la “revisión de la existencia” da para varias reflexiones desde este guindo, pero serán para otro día.

Ya se debió entender más arriba que no me gustan los exámenes tipo test; pero tampoco los orales, en los que la subjetividad del que pregunta es máxima. Y peor si uno no ha dormido, día en que uno se tragaría entero y sin cocer al que se ponga delante y le diga la primera bobada. Bien es cierto en que en estos últimos, una mueca del profesor puede dar a entender al incauto declarante que no sólo se ha equivocado de lección, sino que está errando hasta de materia. No me estoy inventando nada.

Pues cuando me ha tocado corregir en tiempo record los cientos de preguntas cortas que se me había ocurrido poner para ver si han quedado claros los conceptos principales, si se sabe discernir las más destacadas diferencias, uno va encontrando de todo: Hay exámenes de diez y hay exámenes en que se contorsiona la gramática, por ejemplo, con un “allá habido”, que para quien tiene el alma poética, es una verdadera ventana abierta a lo desconocido, al arcano de los enigmas.

Es el momento de recordar las fantasías de tantos documentos del manido plan Bolonia, y también las conversaciones con tantos colegas de universidades americanas, que sí están en los ránquines, y bastante arriba, y me miran extrañados cuando les digo que tengo matriculados en una materia a ciento treinta y cinco estudiantes. Y que todavía tengo más asignaturas. Ahora recuerdo las clases de griego que me impartieron hace la tira de lustros, en las que el profesor jamás nos examinó, y fue lo que más estudiamos durante ese curso. Claro que éramos solo cinco en clase.

En fin, una vez declarada mi aversión completa a los exámenes, y constatado que algo estamos haciendo mal, me modero y me resigno. No renuncio a la utopía, pero habrá que ir poco a poco.