Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Nunca diremos “muera la inteligencia”

Ni siquiera si ésta es artificial, pues la inteligencia sólo es mala si está dirigida por malos cerebros, e impedir que tales cerebros enfermen o los ya enfermos recobren la salud tiene que ser tarea de toda la sociedad. Aún estamos a tiempo.

    No es muy original decir que el tiempo vuela de manera inexorable, y si en nuestro artículo del martes pasado nos hacíamos eco de unas declaraciones de Stephen Hawking en las que, dada la posible enajenación de la inteligencia artificial, no nos daba más de cien años para exiliarnos hacia otro planeta, una semana después, motivados por los últimos acontecimientos, nosotros rebajamos la cifra a cincuenta años como mucho.

Quienes me lean por la mañana dirán: “¡dónde va hoy este hombre con tanto pesimismo!”. Y llevan razón: ¡no deberíamos hablar de lo inevitable al igual que apenas se habla de la muerte! Sin embargo, aun así, diré de soslayo que sólo ha bastado una semana desde nuestro toque de atención, ¡quién lo iba a predecir!, para que un “hacker” la arme en la veterana empresa de las “matildes” y la ponga en solfa.

Por tanto, he aquí la presunta vulnerabilidad de una empresa que la creíamos impermeable. Pero nosotros ni esta semana ni la pasada queríamos ni queremos llevar razón, pero si el reciente ciberataque, según los telediarios del pasado viernes, entra hoy en España a través de Telefónica, que es algo así como la policía aduanera de la inteligencia artificial, ¡qué no podrá ocurrir mañana! Lo sentimos, pero la evidencia nos invita a colocar al pesimismo y al realismo en la misma cara de la moneda.

Y hablando de monedas, para que la compañía siga operando como hasta ahora, dicho “hacker” le ha puesto precio al antivirus de su virus. ¿Aceptará la compañía? Y, si acepta, ¿todo seguirá como hasta ahora? ¿Con idéntica vulnerabilidad digital? Esperemos que no acepte, que lo descubran sus técnicos; o, si aceptan, por favor, piensen en la seguridad de todos, cierren todas las puertas y ventanas, ya que en estos instantes no creemos que la tranquilidad del ciudadano en general, de los clientes, del accionariado y de las altas esferas de la compañía sea la más idónea.

¿No afectará en nada su pertenencia al IBEX 35? Las primeras informaciones en los telediarios fueron medias verdades o acusaciones de que también estaban afectadas otras compañías. Y como no imaginamos que los del IBEX 35 u otros IBEX deben ser solidarios entre ellos en la salud y la enfermedad, esas primeras declaraciones parecían confusas, algo así como un “mal de muchos...” para que no les tocaran las acciones. Nosotros no tenemos nada en contra de dicha compañía, ni sabemos si fueron suficientemente diligentes en dar la información, pero aprovechamos para solicitar que en estos casos la explicación interna deba ir pareja a la del público en general.

El miedo es muy sensible en los movimientos bursátiles, y servidor llegó a pensar que apenas pasado un mes desde que un inversor sin escrúpulos quiso quemar el autobús del Borussia Dortmund con el deseo de realizar una maquiavélica jugada que le diera rentabilidad en la Bolsa, quién nos aseguraba que el “hacker” que atacaba a Telefónica no fuera un “pseudoinversor” pirómano que pretendía ganar de esta manera mucho más dinero que con el chantaje del antivirus.

Sin embargo, ahora todo ha cambiado, puesto que la preocupación afecta a nivel mundial. Ya no es sólo Telefónica, ya no es sólo España, más de ciento cincuenta países, entre ellos Rusia e Inglaterra, han sufrido el ciberataque. Esto nos reafirma aún más en lo dicho en nuestro artículo de la semana pasada: la vulnerabilidad del mundo, si no se toman medidas, es total.

Hoy quienes chantajean a una compañía telefónica pueden ser unos simples becarios de los “hacker” del mañana, perdón por lo de simples. Unos “hacker” que en la actualidad pueden estar en Primaria disfrutando de una tecnología 1.0 pero, ¡cuidado!, con 55G de cerebro, y quizá deberíamos postular una nueva asignatura: Educación para las Nuevas Tecnologías.

Quién nos iba a decir a quienes vivimos medio siglo del anterior milenio, pasando por la Dictadura, el Mayo del 68 francés, la Transición por la izquierda, la caída del muro de Berlín, el Decretazo, la Reforma Laboral, la Ley Mordaza y el Desencanto de la corrupción, etc., y siempre como militantes de la libertad y del progresismo, que llegaría el día en que unos virus nos hicieran decir: “¡Policía! ¡Mucha policía!”. Más policía contra la pederastia, más policía contra el maltrato a la mujer y más policía contra estos “hacker” locos de la inteligencia artificial.

Entonces, ¿se debe prohibir la tecnología digital? No, por supuesto, pero si un escritor publica un libro, éste lleva un copyright; si un científico sitúa en el mercado uno de sus descubrimientos, la patente debe llevar su nombre; si un ajedrecista se distingue por una habilidad, a ésta se le llama apertura Ponziani, defensa Alekhine o mate Pastor, es decir, homenajes o controles. Pero… ¿un “hacker” se considerará “bien pagao” colocando el nombre a su virus?

Nos maliciamos que el final del párrafo anterior es muy inocente, pues si un “hacker” crea un virus, su maldad es contagiarlo, no patentarlo, y la vacuna seguro que no la va a regalar. Y nuestro parecer no está muy lejos de que se esté jugando una gran partida con resultados insospechados en los que estos virus sean sólo pequeños ensayos.

Concluimos con unas preguntas al aire. ¿No será un error los grandes conglomerados económicos? ¿No se tratará de que los malos frutos de la globalización estén dando resultados? ¿Volveremos a dividirnos en parcelas cerradas para que el mundo no se destruya? O más aún: ¿Volveremos a la cueva?