Jueves, 27 de julio de 2017

Un cuento hoy, mañana puede ser real

Discúlpennos la broma y no piensen que somos unos fanfarrones. Hace mucho tiempo escribimos sobre las teorías desplegadas ahora por el científico Stephen Hawking y nos embarga la duda en dos direcciones: que es posible que nos copiara o que nos esté leyendo el pensamiento.

       Días atrás decía Stephen, relativamente optimista, que “los seres humanos en cien años tendremos que abandonar la Tierra si queremos sobrevivir”. Y nosotros decimos: “muy lejos nos lo fiáis, señor Hawking, quizá basten algunos años menos”.

Su teoría y la nuestra es la misma. La causa, la utilización de la inteligencia artificial por manos endemoniadas, o sea, la degeneración de este mundo digital tan apreciado y necesario para el servicio del ser humano. Por tanto, vayamos descartando en cinco puntos esas posibilidades que se vienen barajando sobre el final de la vida en la Tierra y después nos quedará un estrambote que será el de usted y el nuestro, casualmente la misma teoría, señor Hawking.

Comencemos por descartar la superpoblación, pues el número de personas que puede acoger nuestro planeta es imposible calcularlo, pero por si acaso, con la vida reducida a viviendas de poco más de cincuenta metros cuadrados, la insuficiente conciliación familia-trabajo y un índice de natalidad cada vez más bajo –promedio de 1,58 hijos en la Unión Europea–, cínicamente el problema está resuelto. La superpoblación no será el final de la vida en la Tierra.

La autodestrucción de nuestro planeta de manera natural es poco probable. Estamos en estos momentos en un período interglacial, períodos que duran unos 20.000 años, del cual nos quedan más de 6.000, pero dado el calentamiento global que estamos sufriendo, que causará graves estragos, también cínicamente y aunque parezca cómico, ese mal será un “cortahielo” para que la Tierra no se enfríe. Por tanto, la hecatombe debemos descartarla. La autodestrucción no será el final de la vida en la Tierra.

Por una amenaza exterior, digamos invasión alienígena, si pensamos en la dificultad que les entrañaría el contacto con nuestro mundo, que sería tanta como la de llegar nosotros donde ellos, aun así, pensemos que nos puedan visitar, o quizá ya nos han visitado, pero no se trataría de una civilización inferior, y como consecuencia no debemos temerla, pues por su cultura –si también cínicamente creemos que ser cultos, aunque ayude, es ser buenos– será un aliado, no un agente exterminador. Y otro peligro externo sería la posibilidad de ser alcanzados por un asteroide, que la Historia nos dice que es muy remota. El último en importancia, causante de la extinción de los dinosaurios, ocurrió hace la friolera de 65 millones de años. Por tanto, las amenazas alienígenas o aeroespaciales no determinarán el final de la vida en la Tierra.

Los problemas endémicos –creciente desigualdad, hambre, escasez de agua, explotación, tiranías, drogas, enfermedades, plagas, etc.– significará el final del mundo para muchos desheredados, esos que encontraron y encontrarán las puertas cerradas de los poderosos, quienes con cinismo se darán golpes de pecho y seguirán viviendo en la burbuja de la riqueza. Así ocurrió con el hambre a lo largo de la Historia, con la peste negra en la Edad Media, más recientemente con el virus del Ébola y hoy con los refugiados. Tampoco los problemas endémicos ocasionarán el final de la vida en la Tierra.

Nos queda la guerra, ¿verdad? Pues dado los bunkers que minan los espacios por los que se mueven los mandatarios y personalidades influyentes del mundo, se duda que una guerra, aunque fuera nuclear, llegara a las entrañas de esas pequeñas ciudades subterráneas donde los poderosos pondrían a salvo a sus familias. Y así cínicamente el mundo se reproduciría de manera “incestuosa”, pero la vida seguiría.

Entonces qué pensamos el profesor Hawking y nosotros; una razón de Perogrullo: que con ningún final de los antedichos será posible la desaparición del ser humano, y el fin, ya lo señalábamos al comienzo, llegará a través de unos seres de esta Tierra que conducirán la inteligencia artificial hacia la maldad, después ésta interactuará autónomamente, a continuación llegarán a impedir que el hombre les cierre sus fuentes de alimentación, utilizarán los depósitos de química, extenderán el compuesto del sueño y terminarán con un ser humano paralizado hasta la muerte; después, robots destinados a la producción de robots con apariencia humana harán que éstos se multipliquen y creen sus propias leyes, etc. etc. etc.

Quizá se refiera a esto el señor Hawking y como solución, o anticipación a este negro panorama, la esperanza del ser humano esté en reinventarse en otro planeta.

Y aunque estemos en medio de la Feria del Libro de Salamanca, esto no es ciencia-ficción.