Martes, 30 de mayo de 2017

Perdidos en Semana Santa

No, no esperen que servidor vaya a aburrirles sobre mi fe. Doctores tiene la Iglesia y en su defecto algún que otro científico para enmendar el dogma. Mi perspectiva para opinar de temas transcendentales es la cultura de un humilde observador.

    Eso sí, el influjo que recibí de pequeño marca toda una vida, pues soy consciente que, por mis orígenes y mi educación primera, por mucho que lo intentaran, no desarraigarían la impronta con la que me sellaron al nacer.

Todos los individuos de mi generación y la mayoría de los ciudadanos nacidos en la España más católica, con obispos elegidos por Franco, todos o casi todos, digo, fuimos bautizados, y quienes recibimos esa prebenda antes de 1962 disfrutamos de un bautismo en latín, la Lengua de Dios en aquel tiempo.

Después debimos de aprender muchas oraciones, entre ellas el “Pater Noster” –que muchos curas de hoy presumo no lo saben– y el Catecismo del Padre Ripalda. Y si hemos de referirnos a algo más terrenal, tenemos que hablar de los “dieses” en Religión (no dioses, Sr. Word), repito, dieses, que por exigencia memorística estaban “chupaos”.

Hasta aquí una síntesis para entender a un servidor si les mueve la curiosidad. También he querido realizar este destello para que los diablos no me tienten hacia la apostasía o hacia el otro extremo: ejercer el noble oficio de sacristán u otras canonjías vocacionales para las que no he recibido la llamada de la religión.

Pero lo que nos tuvo siempre desconfiados a los católicos son las raras papisas (o la falta de ellas), antipapas, inquisidores, infalibilidades, pederastias, amistades peligrosas con los poderes y, discúlpenme la broma, hasta el inocente “padre putas”; toda una diáspora de excentricidades, llamémoslo así, que en la actualidad se están suavizando gracias a la palabra generosa de los últimos papas reconociendo equivocaciones.

Y en el plano personal uno nunca ha dejado de creer, aunque muchas veces mis ideas y la religión hayan sido incompatibles, pero las creencias pertenecen a las raíces de las personas y los árboles no enseñan sus raíces más profundas. En contrapartida, opté por mi propia filosofía de una manera parecida a la de algunos iluminados quemados por la Inquisición, librepensadores que venían a decir más o menos lo que decía Palissy, famoso vidriero del siglo XVI que nada tuvo que ver con la Inquisición ni como víctima ni como verdugo: “Yo no he tenido otro libro que el cielo y la tierra, conocidos por todos y que a todos se dan para que los conozcan y los lean”.

PROCESIONES

No obstante, vayamos a lo más reciente y señalemos que a mi alrededor nadie sabe cómo serán las procesiones en Laponia, pues ni siquiera nos han dicho si las exportaron los parados recomendados al principio de la crisis. Aunque ya se sabe que donde hay un español, en procesiones nada le es ajeno. Si no, que se lo pregunten a los de Filipinas, donde hoy los cristos se dejan crucificar en vivo y los vivos se dejan crucificar en cristos. Puro fanatismo.

Aquí, aún resuenan en nuestros oídos el tañer de campanas y la tamborilada de una Semana Santa que se fue. Costaleros y cofrades que de manera altruista lo hacen todo de buena fe reponen fuerzas con un finito, caso de Andalucía, mientras unos presumen de haber portado a la Virgen más guapa, “nunca lució tan bella”, y otros a la imagen más artística o de mayor devoción.

“Cada año va a más”, dicen casi al unísono sobre la Semana Santa. Y yo me pregunto: ¿Mejores imágenes? ¿Más devoción? ¿Más seguimiento por parte del pueblo? O como en Filipinas: ¿Más fanatismo? Pues si es por esto último, no vamos a más, vamos a menos. Por tanto, a mi humilde entender, lo mejor es que se quede como está y ni siquiera rivalice la de Zamora con la de Sevilla o la de Valladolid con la de Málaga.

Pero peor aún es la vuelta a las oficiales costumbres de otros tiempos: banderas a media asta, tres días de luto por la muerte del Señor, abstinencia sexual o la obligatoriedad de difundir música sacra a todas horas y por todas las emisoras. Además, curiosamente, el caudillo Franco, que tenía prohibido en la calle reuniones de más de cuatro o cinco personas, por Semana Santa era sumamente generoso, y quien se significaba para mal era precisamente quien no hacía bulto en las procesiones.

También existe otra España que, lejos de las procesiones, toman esta época para descansar, y mejor aún si con buen tiempo pueden ir a la playa. Allí también estamos, o al menos nos representan quienes opinan que ni han vuelto ni volverán aquellas procesiones de nuestra infancia: ¡Cuántas lágrimas! ¡Cuántas promesas! ¡Cuán ridícula le salió a Sara Montiel aquella fatídica saeta!

Y en cuanto al yantar, que nadie piense que la vigilia pasó de moda, pues hoy son muchos los que dejan de comer carne a cambio de una humilde dieta de ostras, caviar o angulas, o del rico potaje y las deliciosas torrijas.

Pero vamos a terminar con la alegría propia de este martes después de la resurrección. Y para ello qué mejor que acabar con un poco de gracia sevillana que nunca falta al respecto ni al respeto. Contaba el gran escritor Fernando Díaz Plaja que un camarero, ante la pregunta de unos turistas sobre el paso de “El Juicio de Pilatos”, contestó con enojo: “¿Ése? ¡Ese es el que por poco nos deja sin Semana Santa!”. Para el buen sevillano dos mil años de cristianismo sólo habían existido para que la ciudad del Guadalquivir celebrase su hermosa festividad.