Miércoles, 26 de abril de 2017

Segunda crisis psicosocial

Aquí es donde empezáis, dijo el mago muy serio, el aprendizaje de los límites que nunca debería de ser algo negativo, como lo es para la inmensa mayoría de vosotros,  sino la capacidad de medir hasta donde podéis llegar.

 

Durante este tiempo, dijo el mago, el niño ha ido educando a la madre (y a toda la familia de paso) tanto como ella le educa a él y, progresivamente,  el niño ha ido aprendiendo a percibirse a sí mismo y a distinguirse de la persona que lo cuida. Alrededor de los ocho meses de edad aparece un fenómeno curioso, el miedo a los extraños.

Si no existía antes, explicó el mago Al (poniendo de paso de los nervios a Kay por esa cualidad suya de adelantarse siempre)  al ver que algunos alumnos iban a preguntar por qué no existía,  no es porque fuera más confiado,  sino porque aun no distinguía a su cuidador/a habitual de cualquier desconocido amable.

Y es aquí donde los mortales ya estáis preparados para vuestra segunda crisis psicosocial. Ya sabéis bien que en el mundo hay tres clases de personas: él (o ella, perdón señoritas, se dirigió Al a sus alumnas, es la costumbre de los magos de  la semántica impersonal) su madre y otros.

El sentido individual del bebé se ha ido fortaleciendo y pronto dice tres palabras: nena ,  nene o como se llame, mamá y papá que suele ser el otro de confianza.  La experiencia de querer o no querer algo,  empieza a tomar forma en su personalidad y puede fácilmente volverse cabezota y pedigüeño, no porque necesite algo en especial,  sino  por el mero placer  de ver sus deseos cumplidos.

 Aquí es donde empezáis, dijo el mago muy serio, el aprendizaje de los límites que nunca debería de ser algo negativo, como lo es para la inmensa mayoría de vosotros,  sino la capacidad de medir hasta donde podéis llegar.

Es cierto que en el bebé comienzan a aparecer fuerzas e impulsos demasiado potentes como para poder controlarlos  y alguien tiene que enseñarle cómo hacerlo.

Pronto, aprende a decir “no”, lo que indica que está experimentando con los límites; no sólo va sabiendo  que existen, sino que juega a imponerlos por sí mismo.

Por ejemplo: el niño tiene que aprender a controlar sus esfínteres, primero en armonía con su fisiología y luego en cumplimiento con sus deberes sociales. Pero su verdadero problema es más general y amplio: se trata de aprender a hacer lo que quiere,  sin entrar en demasiado conflicto con lo que quieren los demás.

Aunque también sabéis  moveros ya con esa edad, aclaró el mago Al,  y yo opino que el control de la motricidad, en general, es tanto o más importante  para vosotros que el de los esfínteres y además,  sentenció,  creo que  os  será mucho más útil en la azarosa existencia que os espera.

Es costumbre entre vosotros,  adjudicarle al padre la función de guiar al bebé por ese estrecho camino, atrapado ya desde muy pequeño entre el deseo (ilimitado) y los limites (cada vez más “limitantes”) pero en ausencia de éste, la madre amorosa de la primera etapa,  puede hacerlo exactamente igual de bien.

Lo importante ahora es saber de qué va la cosa: suponiendo que la primera crisis, la de la vinculación, esté bien resuelta, no pasa nada porque sea la misma persona la que os trasmita lo que se puede y lo que no se puede hacer, comportándose como un/a asesor/a sabio/a que os  ayude a descubrir el punto exacto entre ser un monstruo caprichoso,  o dejaros aplastar por los demás.

Como veis, fue concluyendo el maestro, creo que va quedando claro que la crisis  no es solamente para el niño. Los padres también tienen que cambiar para adaptarse a la nueva realidad de tener otra voluntad entre ellos, un nuevo ser que quiere imponerse sin tener ni idea de cómo ni para qué.

Fotos: www.colegiomarianebrera.es    www.lidiaruperez.es