Lunes, 11 de diciembre de 2017

Todo el año es Jueves Santo. La próxima copa en Jerusalén

Este pasado jueves celebraba la Iglesia la cena de despedida de Jesús, vinculada a la eucaristía y al amor fraterno.

Se trata de una cena enigmática y luminosa, cena de la traición y de la gran invitación de Jesús, que se despide de los suyos prometiéndoles que la próxima copa la beberá con ellos en el Reino de los Cielos.

Éstos son los aspectos que voy a desarrollar este Jueves central de la Semana de Jesús. Tiene esta fiera otros aspectos importantes:

-- la Eucaristía en sí misma, el don de Dios, hecho pan y vino compartido, la fiesta de la vida;

-- el lavatorio de pies, no hay amor sin servicio mutuo, sin acogida a los distintos, extraños, extranjeros;

-- el mandato del amor fraterno; es el mandamiento originario de Dios, que Jesús presenta como mandamiento nuevo, experiencia de amistad;

-- la invitación a repetir sus gestos los gestos de Jesús; la liturgia cristiana es una re-presentación, una renovación del camino de Cristo, como puse ayer de relieve, en la postal sobre el Retablo de Salamanca

-- la "fundación" del ministerio universal de la Iglesia, un ministerio de todos los cristianos

Cada uno de esos rasgos nos podría servir de meditación, en la línea de la historia de Jesús y de la Iglesia cristiana, pero hoy quiero destacar la despedida de Jesús y su invitación al Reino de Dios, con la próxima copa en la Jerusalén del Reino.

Para la Iglesia de Jesús, todo el año es Jueves Santo, día del amor fraterno... y todos los cristianos son testigos y ministros de ese amor originario y final de Jesús , mientras preparamos esperamos la Gloriosa Venida de su Reino, la Nueva Jerusalén.

En la imagen 1 (de M. Cerezo), todos son celebrantes y ministros de la Eucaristía, igual hombres que mujeres, sobre todo, las mujeres (una de ellas parece estar presidiendo..., aunque quien preside es el mismo Amor de Dios, encarnado en Jesús, un Jueves Danto).

Imagen 2. A cien metros del lugar donde vive y trabaja M. Cerezo está la imagen de la Última Cena del Retablo de la Catedral Vieja de Salamanca. De las 53 tablas del "re-tablo" he tratado estos días. Aquí presento en formato pequeño la de la Eucaristía, de mediados del siglo XV.

Buen día de Jueves Santo a todos, amigos cercanos, conocidos, todos, en la Iglesia de Jesús y fuera de la Iglesia, pues todos este día estamos invitados a la copa del amor, sabiendo que la próxima será en Jerusalén.

1. CENA DE DESPEDIDA Y RUPTURA.

Los exegetas han querido y quieren saber si la Última Cena fue o no Cena de Pascua judía. No lo sabemos. Lo que sabemos es que fue cena de despedida de Jesús y de traición de los discípulos.

1. Deseo de los Doce: que sea Pascua.

Significativamente, la celebración de la Cena de Pascua es una propuesta de los Doce (cf. Mc 14, 12. 17), que quieren sacrificar el cordero, al modo judío, es decir, formando con Jesús una comunidad limpia, de puros observantes varones (que, según Marcos) no han entendido la novedad mesiánica.

Ellos, los Doce (representantes de la esperanza nacional israelita), proponen a Jesús la celebración de la cena pascual y Jesús acepta, pero no para aclamar con ellos la gloria de la identidad ritual, de los judíos puros, sino para mostrarles, en el mismo centro de su comida, que ellos van a rechazarle (cf. Mc 14, 18-21.27-31), mostrando así que la pascua “pura” (de limpios cumplidores nacionales) ha perdido el sentido, dentro de su movimiento de Jesús. Sólo superando ese nivel de pascua (vinculado a la negación de los discípulos) podrá entenderse la afirmación de Jesús, que, a pesar de eso, abriendo un espacio nuevo de esperanzas, les invita al nuevo vino del Reino (cf. Mc 14, 25).

2. El gran contraste: Traición de los discípulos.

El evangelio de Marcos quiere mostrar la novedad de Jesús frente a las instituciones anteriores y por eso presenta esta “cena de pascua”, que los discípulos proponen a Jesús, como momento de traición y negaciones, en el que culmina y pierde su sentido el mesianismo oficial y la función intra-judía de aquellos Doce (a quienes Jesús había elegido para “ser-con-él” y proclamar el reino; cf. Mc 3, 13-19). Por eso, la misma cena de afirmación de Jesús (que mantiene y culmina su propuesta de Reino, como veremos en el apartado siguiente) viene a presentarse como reunión de ruptura mesiánica y entrega de sus discípulos. Así lo recuerda de forma dramática el texto de Pablo, el más antiguo de todos los que conservamos sobre el tema: “El Señor Jesús, en la noche en que fue entregado…” (1 Cor 15, 23).

Allí donde sus discípulos le entregan y venden, Jesús les regala su vida (eucaristía). En la misma cena de pascua que ellos quieren ofrecerle (o compartir con él en Jerusalén) los Doce en cuanto tales (discípulos varones/oficiales) rechazan a Jesús, se desmarcan de su movimiento.

3. Ruptura del movimiento de Jesús.

Los discípulos no han sido un elemento secundario, sino parte esencial de su mensaje y camino. Ellos están vinculados de un modo esencial al proyecto de Jesús y así los hemos ido viendo, a lo largo de este libro (especialmente desde cap. 16). Pues bien, ahora descubrimos que son un “proyecto fracasado”. Jesús les invita al Reino (¡la próxima copa…! Mc 14, 25) y ellos le abandonan.

Jesús les entrega su “cuerpo” (Mc 14, 22-24) y ellos le entregan a él para la muerte. En el fondo de estos signos de contraste hay un recuerdo histórico: la unidad de la trama mesiánica de Jesús, vinculada a los Doce, se ha roto precisamente en la reunión de despedida (donde Jesús quería ratificarla). Por eso, su movimiento continuará, pero de otra manera, porque él les seguirá esperando en Galilea (Mc 14, 28; 16, 7-8), para empezar otra vez desde su entrega personal (su muerte) y no en la pascua nacional judía que sus discípulos buscaban (pues ellos mismos le entregan a la muerte, le traicionan). En esa línea, la Iglesia posterior recordará que la historia de Jesús empezó otra vez a partir de unas mujeres, que permanecerán con él ante la Cruz (cf. Mc 14, 40-41 par).

Esa entrega/negación de los discípulos, que rechazan a Jesús en la misma Cena que él les ofrece, tiene en los textos del evangelio tanta importancia como la institución eucarística. En sentido redaccional (y teológico e incluso histórico) la Cena de Judas, de Pedro y los Doce culmina en la huída de Getsemaní (Mc 14, 50 par) y en las negaciones finales de Pedo (Mc 14, 66-72 par).

4. Las mujeres.

En el contexto anterior ha de entenderse la presencia y/o ausencia de las mujeres. Si aparecen con Jesús en la cruz (el día siguiente), es lógico que hayan estado la víspera a su mesa. Éste es un tema importante para algunos teólogos, porque de la presencia o ausencia histórica de las mujeres en la cena de la institución (de la que hablaremos después) deducen la posibilidad de que ellas puedan ser o no ser “ordenadas”.

Para el evangelio, el problema no está en que esas mujeres hayan estado o no en la Cena (¡puede suponerse que sí!), sino en que los varones oficiales (podríamos decir, los “ordenados”, que serían los Doce) han rechazado la pretendida ordenación, negando a Jesús y abandonándoles la muerte, de manera que la nueva historia mesiánica empezará de otra manera, desde las mujeres.

Pienso que ellas “tuvieron que estar” en la cena, pero no como los Doce, pues en todo el relato esos Doce aparecen como aquellos que van a entregar y negar a Jesús, mientras él les invita a culminar su obra (cf. Mc 14, 17-21. 25-31 par).

5. Jesús mantuvo hasta el final su proyecto,

incluso en contra de los suyos, y los suyos le abandonaron, no por simple miedo (¡cosa que sería muy respetable!), sino porque tenían otros propósitos de reino, en la línea tradicional del mesianismo nacional judío. Parece que cenaron con él, pero tuvieron que “discutir” y enfrentarse y, al final, se fueron (al final de la Cena o en Getsemaní). Ni Jesús, enviado mesiánico, pudo evitar la ruptura. Él les invitó a su Reino, de la manera más honda posible (como veremos en el próximo apartado):

Pero ellos tenían otra visión de reino y pudieron pensar que se habían equivocado con Jesús y, por honradez a sí mismos (o por disensión con Jesús) tuvieron que marcharse: Su visión del mesianismo era más importantes que su fidelidad personal a Jesús. Esa fue una de máxima crispación. Los Doce mantuvieron su coherencia (y su distancia mesiánica) hasta el final. Ninguno siguió ya a Jesús en la cruz para morir por él, mientras Jesús les había dicho que estaba viviendo y muriendo por ellos.

6. Los Doce tenían una buena razón, una clara coartada:

¡Querían ser fieles a lo que para ellos implicaba la Cena de la Pascua Nacional Judía! No eran los únicos. Tenían de su parte a los sacerdotes del templo, se apoyaban en la historia del judaísmo nacional. Pues bien, en este momento Jesús mostró del todo sus cartas mesiánicas y ninguno de los suyos (¡de sus discípulos oficiales!) se arriesgó por él (con él) y le siguió hasta el final.

Dejaron el cenáculo, salieron de su grupo, abandonaron el huerto de Getsemaní, el salón de juicios de los sacerdotes y se marcharon. Todos siguieron el camino de Pedro o de Judas. Había llegado el momento de optar y optaron por los sacerdotes del culto oficial de Israel.

Pues bien, en contra de eso, fiel a todo su movimiento, el Jesús del evangelio de Marcos, que, a mi juicio, ha sabido reflejar la trama de los hechos (¡no sus rasgos anecdóticos!) se ha mantenido fiel a su proyecto de Reino, incluso con el riesgo de quedar solo.

2. DESPEDIDA, LA PRÓXIMA COPA EN EL REINO

No fue una comida de paz sagrada, cuando todo está ya resuelto y apaciguado y los invitados de Jesús están comprometidos a entregar la vida por el movimiento, sino todo lo contrario.

1. Fue cena de contrastes

entre unos discípulos que seguían aferrados a sus intereses más “sagrados” y un Maestro que les ofrecía su más honda lección de solidaridad (su cuerpo y sangre), en los signos del pan y el vino, empezando por la promesa de “la próxima copa en el Reino”.

Jesús ha sido un profeta de los marginados (a quienes ha ofrecido la bienaventuranza del Reino), pero no ha sido un enemigo de la vida, sino todo lo contrario, un hombre que ha sabido beber y ha bebido, compartiendo con los hambrientos de su pueblo, el vino de la promesa del Reino. Desde ese fondo ha de entenderse su manera de asumir la muerte. Sintiéndose amenazado, la última noche, Jesús quiso convidar a sus amigos y beber con ellos y les dijo: ¡La próxima copa en el Reino!:

En verdad os digo que ya no volveré a beber del fruto de la vid
hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Mc 14, 25 par).

2. Éste es el vino de la despedida

y se sitúa bien en el contexto de una fiesta, que Jesús habría querido celebrar con sus discípulos al final de su camino de ascenso, en Jerusalén, esperando, de manera emocionada, la llegada del Reino. No es una palabra que cuadre en un contexto de pascua tradicional judía, pues no trata del pan sin levadura, de las hierbas amargas o el cordero (que son los elementos normales de esa pascua), sino del vino, que aparece como signo supremo de su vida. En la última etapa del camino, ya en Jerusalén, Jesús condensa su vida y su mensaje en una copa que comparte (quiere compartir) con sus discípulos, ahora que empieza el Reino (a pesar de que ellos quieran abandonarle y/o traicionarle).

Jesús quiso celebrar así, con sus discípulos (¡aquellos que le negarán!), un tipo de fiesta en recuerdo de la entrada en la tierra prometida. Desde ese fondo se entiende su alusión al vino nuevo, que será el vino del Reino, es decir, de la culminación de la vida.

El último gesto de Jesús no ha sido llorar (por su posible fracaso), ni rezar oraciones de tipo ritual, ni hacer penitencia, ni simplemente recriminarles su traición, sino tomar con ellos una copa de vino, esperando otro mejor. En este contexto dice que no beberá ya más, con sus amigos, hasta que llegue el Reino. Ésta es una palabra clave de la historia de la Última Cena, un recuerdo antiguo, pues no ha sido elaborado litúrgicamente por la tradición posterior, como las palabras de la Institución de la Eucaristía (¡esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre).

3. La próxima copa en la nueva Jerusalén

Es una palabra perfectamente lógica dentro del contexto de la vida de Jesús y de sus ideales de reino, vinculados al pan y al vino (especialmente al vino), dentro de la tensión escatológica de su mensaje y de su movimiento, que culmina precisamente aquí (en lo que suele llamarse el Jueves Santo de Jerusalén). Jesús ha llegado al final de su camino y se encuentra perseguido y con el riesgo de que sus discípulos le abandonen. Por eso les reúne y les ofrece el signo más hondo de su vida, una señal de solidaridad y de esperanza definitiva, una especie de juramento sagrado por el que promete (y en el que se compromete) a beber la próxima copa con ellos en el Reino .

Este compromiso final de Jesús nos permite conocer su conciencia escatológica, expresada en una especie de fiesta del vino, que él ha querido celebrar con sus discípulos en Jerusalén, donde ha subido y donde permanece, esperando la llegada del Reino, mientras sacerdotes y Pilato buscan la forma de matarle. De esta forma ha expresado su decisión final, a favor del Reino, en medio de unos discípulos que, como señala el texto anterior (Mc 14, 3-9, cena de Betania) no acaban de entenderle y como precisa todo el contexto (Mc 14, 12-50) van a traicionarle. Estos son los elementos básicos del texto (Mc 14, 25):

4. Promesa o compromiso de Reino:

«En verdad os digo…». He traducido el comienzo del texto de la manera más sencilla: “En verdad os digo...”. Pero su forma original es más sonora y compleja, con una triple negación (ouketi ou mê), que debe interpretarse en forma de voto o compromiso firme (cf. Mc 9, 1.41; 10, 15; 13, 20), un voto por el que Jesús pone al mismo Dios como testigo de lo que sucederá (debe suceder), utilizando para ello una fórmula tradicional, que podría traducirse: “así me haga Dios si no...”.

En el momento más solemne de su vida, rodeado por sus discípulos vacilantes, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue el reino.

4. Voto de abstinencia:

«No volveré a beber del fruto de la vid…». Este compromiso ha de entenderse como voto de abstinencia escatológica, en línea de los nazareos (que no beben vino: cf. Num 6), de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús vendrá a presentarse como un nazir del reino. El vino (con el pan) ha sido un signo importante de su vida y esperanza. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más en este mundo viejo, en este orden de cosas, porque podrán matarle y, sobre todo, porque llega el Reino de Dios. Hemos aludido ya a Jesús (con Juan Bautista) como “nazir”, pero no en línea ascética (de abstinencia), sino de vinculación mesiánica.

Jesús pertenece al “nezer” o raíz mesiánica de Jesé, el padre de David. Así le hemos venido presentando como “nazoreo” de Dios (cf. cap. 2 y 5). Pues bien, ahora aparece no sólo como “nazoreo” (pretendiente mesiánico), sino también como nazir/nazireo escatológico (ha hecho al el voto de abstinencia ante el reino). De esa forma ha culminado su camino, ratificando su propuesta. Ha venido a Jerusalén y allí se queda, sin moverse, como signo elevado y final, hasta que llegue el Reino. Así lo proclama de un modo solemne ante sus discípulos/amigos a quienes ofrece una copa que ellos beben (al menos por ahora) a traición, de un modo mentiroso .

3. Vino nuevo del Reino: «Hasta que beba (con vosotros) el vino nuevo del Reino”. Ha puesto su destino al servicio de la viña de Dios, es decir, de la vida en plenitud. Levantando la copa con vino de este mundo, en la fiesta de su despedida (de su entrega), Jesús ha prometido fidelidad a sus “amigos” (a los mismos que van a entregarle), prometiéndoles el vino nuevo (la nueva cosecha) del Reino. Esta promesa y compromiso es la culminación de su camino. A lo largo de su vida, Jesús ha ofrecido su mesa (pan y peces) a los marginados y pobres, a los publicanos y multitudes.

Ahora, en el momento final, asumiendo y recreando la mejor tradición israelita, declara y proclama ante de sus amigos (los mismos que van a entregarle) que ha cumplido su camino, ha terminado su tarea: sólo queda la respuesta de Dios, la cena del Reino. Así pasa del vino de esta fiesta de despedida (que el ritual de la institución eucarística interpretará después como sangre de alianza: Mc 14, 23-24) al “vino nuevo” de la promesa de culminación mesiánica: al beber así la última copa, en compañía de sus discípulos, Jesús les está invitando a tomar la “nueva copa” en el Reino .