Jueves, 29 de junio de 2017

Peor que el robo, la burla y el escarnio

Es una pena que en la cadena de la vida ocupen el vagón de “a extinguir” esos individuos que se hallan una generación por delante de nosotros y que sin remedio se llevarán consigo algo que se está perdiendo y que toda la vida se le llamó retranca.

       Andaba servidor degustando el café de media tarde allá en una cafetería del centro de la ciudad salmantina, con la televisión de fondo como si estuviera pintada en la pared, cuando un individuo del perfil del que nos referimos da un moderado grito y exclama: “¡Qué pedrá!”.

Yo nunca pensé que llegado a esa edad alguien pudiera tener intacta su capacidad de asombro, y menos aún con lo que sale por televisión, pero me equivocaba: este hombre gozaba de ella en toda su plenitud: “¡qué pedrá merecía!”, apostilló. Algún joven pudiera haber dicho “¡qué fuerte!”, más light, pero no es lo mismo; “¡qué pedrá!” es una expresión muy gráfica, muy literaria y concisa, una expresión muy bella, aunque, ¡ojo!, nosotros ni nadie, por su fondo belicista, podemos estar de acuerdo. Ni creo que quien lo dice tiraría la primera piedra. Esa expresión es como un estornudo, nada más. Es como aplicar la Biblia o los Evangelios tal como fueron escritos en origen.

¿Pero cuál era el objeto de la anacrónica exclamación? Muestro atención al monitor y lo entiendo: allí se encuentra nuestro personaje como un miserere [cuán suave, cuán paciente / caminaba y cuán doliente / con la cruz al hombro echada, / el dolor sobre la frente y el amor en la mirada!]. Pero no nos referimos, aunque estemos en Semana Santa, al miserere de “La pedrada”, poema del extremeño-salmantino Gabriel y Galán, sino al pícaro mediático, lágrima en pena, con más vista que el ciego del Lazarillo.

Y para qué esperar más, diremos que tal individuo era Paco Sanz, el presunto explotador de las peores fortunas que pueda acumular una persona: dos mil tumores. ¿Alguien da más? “Pues si nadie da más, pensó, por qué no explotar la manera de vivir del cuento”. Así enloqueció de alegría por la “buena suerte” de disfrutar esa enfermedad, Síndrome de Cowden, y fingió, dándose la gran vida, estar al borde de la muerte.

Pronto sedujo con habilidad a los medios del corazón y consiguió que los primeros en caer en su pena fueran esos famosos que conducen o visitan tales programas, con un tino que no podía dar mejores frutos. El valenciano Francisco José Sanz se convirtió en Paco y Paco era el amigo entrañable de nuestros amigos famosos a quien no se le podía negar una ayuda. Los españoles somos así, y así lo decía el estribillo de una canción hace veinte años: “¡Uh! ¡Vaya lío! Los amigos de mis amigas son mis amigos…”.

Ya tenemos un Paco Sanz con dinero, ligón, locuaz, divertido, con ligero parecido al Dioni, agasajado -“¡cómo te lo montas!”, presuntamente le decían algunos íntimos-, etc. y de esta manera se olvidó que “la pasta” se la habían dado para su enfermedad. “¡Bah!, tonterías”, pronto la enfermedad se había convertido en una simple marca o logotipo para su empresa. Y con la experiencia acumulada, cómo no aprovechar la coyuntura y realizar vídeos propios con los que acentuar la pena y conseguir mayores ingresos. Dicho y hecho: Su futuro estaba en Youtube.

Allá, con su fina ironía, se marchó Paco a presentar un rostro cada vez más atrevido. La cartilla engordaba y aquello le parecía un nido de pardillos. Tanto era así, que ya perdía hasta la cuenta: no sabía qué vídeo era para publicar y cuál para burlarse de la bonhomía de sus amigos. Al final se han publicado todos, hasta los de películas super-8. Pero el individuo no ha sentido ningún tipo de vergüenza, no sabemos si la tiene, y está siendo investigado por estafador y demás inris. Aunque, un suponer, no estaría claro si ante un jurado popular, con un pueblo tan escarmentado y engañado, pudiera salir como Barrabás, de rositas.

Sus fechorías sólo son atemperadas o ponderadas si las comparamos con otro caso similar en el tiempo. Me refiero, como habrán adivinado, a ese individuo que también, dicho con presunción, utilizaba la “grave” enfermedad de su hija Nadia como espuma para su cuenta corriente. Engañar a los incautos era un papel ejercido por los dos, y ahuyentar a las personas que de buena fe están ayudando a los auténticamente necesitados, también, pero al menos a Paco Sanz le disculpa ser actor y mánager de sí mismo, no utilizaba a una pobre criatura.

No obstante, es época de pícaros, tunantes, buscones, vividores, corruptos, etc. en la que nuestros clásicos hubieran tenido como gran problema escoger un solo caso.

No me privo de citarlos, pues su deseo de sátira era tal, que cuando se aburrían se burlaban entre ellos. Eran las ocupaciones extraordinarias de Quevedo, Lope de Vega o Luis Góngora. He aquí una muestra de Góngora contra Lope:

Dicen que ha hecho Lopico
contra mí, mil versos adversos;
mas si yo vuelvo mi pico,
con el pico de mis versos
a este Lopico, lo pico.

Y otro de Quevedo a Góngora:

Dice don Luis que ha escrito
un soneto, y digo yo
que si don Luis lo escribió
será un soneto maldito.
A las obras me remito
luego el poema se vea;
más nadie que escriba crea,
mientras más no se cultive,
porque no escribe el que escribe
versos que no hay quien los lea.