Sábado, 18 de noviembre de 2017

Mirar con esperanza al Crucificado

Excelentísimas autoridades eclesiásticas y civiles, hermanos sacerdotes, Junta Mayor de Semana Santa, Hermanos Mayores de las Cofradías Penitenciales, Hermanos cofrades y fieles todos, ¡bienvenidos seáis!

Ante todo, un saludo muy cordial de parte de todos los civitatenses, mis queridos feligreses. Y, muy en especial, de la Junta Mayor de la Semana Santa mirobrigense. Mi reconocimiento sincero a D. Carlos, obispo de Salamanca, por haberme permitido estar en esta tarde-noche con todos sus fieles. Y, cómo no, mi agradecimiento sincero a quienes me haméis invitado, inmerecidamente, a este solemne y entrañable acto. Sabéis muy bien, por la historia, que Fernando II de León, en el siglo XII, refundó, al mismo tiempo, Ledesma y Ciudad Rodrigo. Dos localidades con fuertes vínculos históricos, que no es momento de desgranar, y que tienen sus primeros testimonios en el “pacto de buena amistad” entre los clérigos de Ledesma y de Ciudad Rodrigo, en el año 1321.

Ledesminos: he sido invitado a pronunciaros el pregón de Semana Santa. Y humildemente os confieso que este pregonero se siente confundido: ¿Acaso necesita la semana santa de Ledesma ser pregonada?… ¿No habla por sí misma, allí donde toda palabra se queda pequeña: esto es, directamente al corazón, a lo profundo de nuestro ser?… Lo que vemos y oímos con los ojos y escuchamos, estos santos días, con los oídos de la carne se convierten en sentimientos y emociones profundos. ¡Es regalo del Espíritu que nos habita!

Porque Semana Santa es todo menos folklore, tradición rutinaria, leyenda o mito. La Semana Santa es la pasión de un hombre real, de carne y hueso, Jesús de Nazaret y, al mismo tiempo, de un Dios-Hijo, anonadado, hecho, por nosotros tierra de nuestra tierra, sangre de nuestra sangre, dolor de nuestro dolor, muerte de nuestra muerte y, en el horizonte, resurrección personal y esperanza cósmica. Durante el triduo sacro, recordamos, revivimos y celebramos a Jesús el Nazareno y los misterios de su pasión, muerte y resurrección, en los últimos días de su historia terrena entre nosotros.

Semana Santa; memoria viva de un acontecimiento que perdura y sigue encontrando eco: en ese condenado a muerte y en ese pueblo judío estábamos todos. Estábamos dando fuerza al cobarde Pilatos para firmar la injusta sentencia. Estábamos levantando las manos del verdugo para descargar con fuerza los golpes sobre la humanidad de Jesús. Estábamos riendo y gritando con el pueblo y las autoridades, y hasta levantando testimonios falsos con los letrados y notables, y saboreando culpablemente con el ellos la farsa del poder. Estábamos allí con las gentes del pueblo, pasivas y curiosas, llevadas por sentimientos viscerales mientras el justo cargaba con el madero. Estábamos con el mal ladrón, blasfemando nuestros dolores y desgarros interiores, lanzando contra el cordero inocente nuestros propios delitos. Estábamos con los soldados que se repartieron y sortearon lo único que poseía y le quedaba a Jesús, antes de desnudarse del todo: una blanca túnica. Estábamos con los esbirros que le cosieron con clavos y dieron a beber vinagre, cuando sólo pedía agua. Estábamos en el encuentro entre madre e hijo, camino del monte de la calavera y a los pies, en el patíbulo; y también con aquel verdugo que le traspasó el costado con su lanza. Estábamos, en fin, con la masa que sintió temblar su corazón cuando a eso de medio día, dando un fuerte grito, el Hijo de Dios expiró. Y la tierra tembló, y las tinieblas cubrieron todo y el velo del Templo se rasgó en dos.

Sí, no exagero. Allí estábamos todos. Porque hace más de 2000 años, en la capital del pueblo hebreo, en el drama de un condenado a muerte, se concentraba toda la historia de la humanidad: la pasada, la presente y la futura. Porque ese condenado, ese hombre, era más que un hombre: el Hijo del eterno Padre y el resucitado para siempre. Esa madre era más que una madre: la sierva del Señor, el modelo y espejo de la humanidad. Ese drama era mucho más que un drama: era el centro y sentido de la historia, de nuestra historia, personal y colectiva. Lo expresó como nadie el místico: “La cruz de Dios ha querido ser el dolor de cada uno; para que el dolor de cada uno sea la cruz de Dios”. O, con proféticas palabras de un escritor de nuestros días, “corremos el peligro de considerar la pasión de Señor como cerrada o circunscrita al padeció en Tiempos de Poncio Pilatos”.               

Por todo ello, la Semana Santa en Ledesma es mucho más que un símbolo nostálgico del pasado. Es identidad, resistencia y provocación en medio de nuestra cultura del olvido y de la increencia, porque somos el Pueblo de la Memoria frente al Pueblo del Olvido de los misterios de Dios. Las Cofradías en Ledesma tienen su origen en el s.XVI, su auge en el siglo XVII, y las de Semana Santa en el XIX; en la mitad del siglo XX sufren un momento de declive, en el inmediato post-concilio Vaticano II, para volver a renacer, poco más tarde, con la fuerza y vigor que hoy las caracteriza, según el interesante estudio de D. Casimiro Muñoz. ¿Qué sentido tiene las Cofradías y por qué nacieron en esta bendita tierra ledesmina? – El propio D. Casimiro, lo sintetiza de esta manera: dar esplendor al culto, el bien espiritual de los hermanos cofrades y el ejercicio de caridad hacia los más necesitados. Hay documentos fundacionales de la cofradía de la Cruz del año 1815; los Estatutos de la Hermandad de Jesús Nazareno datan de 1847; los de la Cofradía de la Soledad de 1852; y los de Jesús Flagelado, de 1995…

Sin entrar en otros detalles cronológicos, dejemos la historia y los datos históricos. Porque la Semana Santa en Ledesma tiene que ser, todavía y sobre todo, el reconocimiento agradecido de un pueblo a su Señor, quien quiso comprarnos a precio de humanidad y de sangre para darnos esa Vida que, saltando más allá del drama cotidiano, desemboca en la eternidad. La Semana Santa en Ledesma sigue siendo la medida de la altura y profundidad del hombre y la mujer de este pueblo y de estas tierras milenarias y castellanas.

Durante unos días, la sobriedad, la austeridad y el dramatismo, explotarán en una sincera manifestación de religiosidad y piedad populares. Ahí estarán otros pregones y homilías, muy solemnes, proclamados en estos lares; y ahí estarán, sobre todo, los pasos procesionales, acompañados de nazarenos y bandas, bañados de arte y de lágrimas, de luz y de plegarias, de sonidos y de silencios; ahí estarán también los monumentos eucarísticos, derroche de imaginación, belleza y sentimientos nobles; y ahí estarán hasta los viacrucis penitenciales en Iglesias, calles y plazas públicas.

En Ledesma, hoy, ¿qué destacamos de su Semana Grande?: – El domingo, la Bendición de Ramos y la procesión de “La Borriquilla”. El miércoles, la solemne procesión del “Cristo de las Aguas”. El jueves, la procesión con los pasos de “El Huerto de los Olivos y “Jesús Flagelado”, preludio solemne de Adoración del Santísimo; el viernes santo, la procesión de Jesús Nazareno, el Via Crucis con el “Cristo de las Aguas”, los oficios de la Pasión del Señor, la Procesión de “La Carrera” y la de “Nuestra Señora de la Soledad”; el sábado Santo, la Vigilia Pascual lo llena todo. Para culminar el Domingo con la procesión de “El Encuentro” y la Misa Pascual, como queriéndonos recordar, en profunda y con sana teología, que el Resucitado continúa en su Iglesia a pesar de los pecados incluso de sus hijos más predilectos. En ese día grande, los templos de Las Carmelitas y de Santa María La Mayor, en magia sacra de luz, y con el agua y los cantos nuevos de aleluya regados en la Vigilia, nos anunciarán una año más la buena nueva: “¡Cristo ha resucitado¡ !El que colgó de un madero sigue vivo! ¡Dichosa culpa que nos trajo tan feliz gracia!”.

Semana Santa en Ledesma. Semana grande en la que vivimos al mismo tiempo cuatro pasiones: la pasión primera, en carne, del Hijo de Dios, celebrada sacramental y litúrgicamente; también una segunda pasión en el alma de cada cofrade y cada hermano, de cada fiel, que experimenta el corazón traspasado, primero, y rebosante, más tarde, al contemplar al Nazareno en nuestras calles identificándose con el varón de dolores y con el resucitado; la tercera pasión se refleja en el arte de los pasos, estandartes e insignias para el noble servicio de perpetuar lo sucedido en Jerusalén hace más de 2000 años. Artistas, con nombre o anónimos, inmortalizaron sus obras en esta Semana Grande ledesmina. Y, finalmente, pasión en la historia o pasión continuada: Jesús, el Cristo, sigue sufriendo, muriendo y resucitando en cada uno de nosotros, en este iniciado tercer milenio, en esta humanidad nuestra que espera sentido y esperanza.

Pascal, el filósofo de los contrastes, esculpió en una frase: “Jesús, hombre y Dios, estás condenado a la agonía hasta el final de los tiempos”. Y el Papa Francisco nos ha recordado que somos criaturas, hijos de Dios y la misma carne de Cristo, a veces herida y llagada en los más pobres y descartados.

Permitidme que, en esta ocasión, con motivo de la Semana Grande, no hable sólo del Inocente más importante – Jesús de Nazaret – sino de los otros inocentes de hoy, los máximos inocentes: los niños maltratados. Me da pie a ello el mensaje del Papa Francisco con motivo del pasado día 28 de Enero, Jornada de la Paz. Tal vez no recalamos suficientemente en él, y por eso lo retomo.

Se nos pedía que fuésemos hombres y mujeres sensibles a la realidad que nos rodea y tengamos coraje para asumirla y tomarla entre las manos, sin que por ello nos roben la alegría.

Más concretamente se nos solicitaba que, así como San José supo proteger al Niño contra Herodes, así sepamos proteger a los niños de hoy de los “nuevos Herodes”. Proteger y cuidar a esos niños que padecen una infancia rota por el trabajo clandestino y esclavo, por la prostitución y la explotación, por las guerras y la emigración forzada, por las mafias y los mercaderes de la muerte y, por desgracia, aquellos infantes que sufren en manos de quienes debieran ser sus custodios y protectores…

El Papa Francisco se atreve a poner número a los nuevos inocentes crucificados de hoy: 75 millones de niños que han tenido que interrumpir su escolarización; el 68 por ciento de las personas explotadas sexualmente en el mundo son niños; casi la mitad de niños menores de 5 años siguen muriendo por malnutrición; en el 2016 se calcula que 150 millones de niños trabajaban y, muchas veces, como verdaderos esclavos.

Escuchemos, siempre pero especialmente en esta Semana Santa, el llanto y el grito de estos niños no sólo por quienes les hacen mal “desde fuera” sino “desde dentro y cercanos a ellos”. Unámonos al dolor de estas víctimas inocentes y luchemos para que se proteja y custodie la inocencia infantil. Sí; “tolerancia cero” contra los pecados infantiles, en todas sus variantes y formas.

Semana Santa es también alegría y esperanza; no al margen de la realidad, haciendo “otro mundo” sino precisamente haciendo de este mundo “otro”: esa nueva humanidad que inició el Inocente Resucitado. ¡Que nadie nos robe la Buena Nueva del Evangelio, ni tampoco a los niños ni a los sufrientes y descartados de este mundo!

¡Semana Santa en Ledesma! En la pasión del Hijo encarnado, Jesucristo, en su dolor y sufrimientos, todo lo humano, lo positivo y lo negativo, la belleza y el pecado, la salud y la enfermedad, entraron en Dios de forma íntima y profunda para toda la eternidad. El grito profundo y sincero del Hijo –“Dios mío, Dios mío,” ¿por qué me has abandonado?”- reflejó la situación radical a la que había conducido el pecado, el infierno, el vacío, el alejamiento y ruptura con Dios. !Qué bien lo ha expresado un teólogo de vuestro tiempo, H.U. von Balthasar, cuando escribió: “el drama de la cruz revela la realidad más profunda de un Dios que asume en sí mismo el pecado del hombre para superarlo en un gesto que le lleva hasta experimentar “el infierno” del abandono y de la muerte total” . Desde entonces, con palabras de San Ireneo, “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios…La gloria de Dios es que el hombre viva; y la gloria del hombre es la visión de Dios”.

¡Qué gran misterio: la cruz, el sufrimiento, el dolor, y hasta la muerte de cada persona y de la humanidad en conjunto, no son ajenos a Jesucristo! El Hijo, encarnado y redentor, asumió toda nuestra condición para “divinizarla y sanarla, redimiéndola”. Ni el mal ni la enfermedad, ni el sufrimiento ni el dolor, en todas y cada una de sus formas, ya no tienen la última palabra. A la gran narración de tanto y tan horrible mal en la historia de la humanidad, el cristianismo propone otro gran y real relato: la vida, muerte y resurrección de Jesús el Nazareno, el Hijo de Dios. Experimentando este gran y real misterio, alguien ha dejado escrito con maestría: “No es lo peor esta cruz horrorosa, no es lo peor el cáncer o la silla de ruedas, ni la cárcel injusta o la tortura, ni la exclusión o la pobreza. Lo peor es el vacío del alma, el sin-sentido, la tiniebla existencial y el no encontrar esperanza. Lo peor es no saber por qué luchar. Y entonces nace la misma pregunta que un día lanzó Cristo: “¿Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado?”. Acércate, por favor, Señor, y repíteme una vez más: “Hijo mío, no temas; tu lucha y tu dolor son semillas que tienen sabor y valor de vida nueva”. Invitados por estas palabras volvemos la mirada a nuestro peregrinar, aquí y ahora, en este pueblo y en estas tierras de Ledesma.

Hay que gritarlo, aunque no sea políticamente correcto: ¡¡No podemos olvidar esta otra pasión real: la de hoy, sufrida en los miembros dolientes del cuerpo místico de Cristo, por los nuevos crucificados del siglo XXI!!… Pasión en campos de batalla, en hospitales y psiquiátricos, en casas de acogida de inmigrantes y de trata de blancas, en pateras a la deriva, en campos de refugiados, en los hogares donde el maltrato es más frecuente que el pan de cada día, en pueblos sufrientes bajo el peso cotidiano de las guerras, del hambre y de la escasez de todos los recursos… Todos ellos esperan se bajados de la cruz. Porque confían que, quienes miramos al crucificado seamos capaces de mirar, al mismo tiempo, a los nuevos crucificados de hoy. Ante los crucificados de hoy, toda ideología, toda palabra enmudece y se desenmascara. Misterio de autenticidad radical y profunda. Tú, Jesús, te sigues identificando con los crucificados de la historia.

Tú exclamas por boca de los desesperados “¡Pase de mí este cáliz!”

Tú preguntas con los torturados sin motivo: “¿Por qué me pegas?”

Tú sigue siendo condenado injustamente en los inocentes.

Tú eres coronado de espinas en campos de refugiados.

Tú eres azotado en el dolor de clínicas y hospitales.

Tú repites la vía del dolor en emigrantes y exiliados.

        Tú sigues abandonado en miles de desesperados.

 

¡¡Qué bella y acertadamente lo plasmó también la madre Teresa de Calcuta!!:

Tú, eres, mi Señor, el hambre que debe ser saciado,

la sed que debe ser apagada,

el desnudo que debe ser vestido,

el sin techo que debe ser hospedado

el enfermo que debe ser curado

el abandonado que debe ser amado

el no aceptado que debe ser recibido

el leproso que debe ser lavado

el mendigo que debe ser socorrido

el borracho que debe ser protegido

el disminuido que debe ser abrazado

el ciego que debe ser acompañado

el sin voz que necesita que alguien hable por él,

el cojo que necesita que alguien camine por él,

el anciano que debe ser servido,

el perdido que debe ser reconducido”.

 

Jesús Nazareno, a tus pies nos preguntamos: “¿Quién se atreverá a restaurar la dignidad de los hermanos sufrientes?”…

 

Virgen de los Dolores y del Encuentro, nos suscitas también otra pregunta: “¿Qué habéis hecho no sólo de mi Hijo, sino de sus hermanos y mis hijos los hombres?”…

 

Pasos del Viernes Santo, nos devolvéis la mirada y nos preguntáis: “¿Sois capaces de contemplar con el mismo detenimiento y admiración a quien a tu lado, excluido o marginado, desterrado o maltratado, te necesita?”…

Señora de la Soledad, en el Sábado de la espera, vuelves tu mirada y nos espoleas : “¡No estéis tristes por mí ni por mi Hijo…Nuestra soledad es soledad sonora y sostenida por el amor! Pero tal vez en ti, o en tus hermanos cercanos, la soledad sólo sea eso: !soledad desesperanzada!”.

 

Semana Santa de pasión y contrastes, clavada en el corazón de este pueblo de Ledesma. El dolor y la muerte reclaman luz y resurrección. La muerte no puede hacernos olvidar la vida. El pregonero, por momentos, se queda sin palabras. De nuevo, sólo el verso y la prosa poética, con pudor y temblor, aciertan a expresar sentimientos sinceros, en forma de oración y provocación.

 

        El agónico Miguel de Unamuno supo escribir: “Tú que callas para oírnos, Oh Cristo crucificado, oye de nuestros pechos los sollozos; acoge nuestras quejas, los gemidos de este valle de lágrimas. Clamamos a Ti, Cristo Jesús, desde la sima de nuestro abismo y miseria humanos; y Tú, que eres de la humanidad la blanca cumbre, danos las aguas de tus nieves. A Ti, que eres la Viña, pedimos el vino que consuela. A Ti, luna de Dios, la dulce lumbre que en la noche nos diga que el sol vive, nos ilumina y nos espera”.

 

León Felipe, poeta de la luz y del llanto, de la oración y de la blasfemia, se atrevió a gritar: “Cuando el hombre pregunta “quién soy yo y ya nadie responde, sólo queda mirar al Cristo. Cristo es el hombre, la sangre del hombre, la sangre de todo hombre. Y esto lo afirmo desde el llanto capaz de ganar la Luz”.

 

El apasionado San Agustín, enamorado de su Señor, se atreve a exclamar: “Cristo es fuente de vida: acércate, bebe y vive. Es luz: acércate, ilumínate y ve. Sin su gracia estarás árido. Cristo trabaja en ti, tiene sed de Ti, tiene hambre en ti y padece tribulación. Y aún El muere en Ti, y tú estás resucitado en El”.

 

Entramos en el Pórtico de la Semana Santa ledesmina. Agudicemos los ojos del corazón para mirarle sólo a Él, Al Señor de la Vida, del Cosmos y de la Historia, Al Hijo de la misericordia entrañable y del amor gratuito y total. No tengamos miedo; abramos nuestro corazón y nuestras entrañas a quien nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, a quien nos puede limpiar y alumbrar de nuevo.

 

Sólo así podremos entonar el pregón pascual. Y, con el Espíritu del resucitado, que hace nuevas todas las cosas, proclamaremos: “¡Creemos en la vida, en la justicia, en la alegría, en la esperanza, en la humanidad y en la creación nuevas”

 

Unidos a los jóvenes de Taizé cantaremos un himno con sabor a no gastado:

“El Cristo resucitado viene a animar una fiesta

        en lo más íntimo del corazón humano.

        Nos prepara una primavera para la Iglesia y la humanidad.

Una humanidad más fraterna y con imaginación y valentía suficientes para abrir caminos de reconciliación, paz y justicia.

Una humanidad en la que el hombre ya no sea víctima del hombre”.       

 

Permitidme finalizar mi pregón cantando con el escritor José Cabodevilla un himno de utopía y esperanza:

Porque Cristo resucitó y es el Hijo

        creemos en el Padre y en los hermanos.

        Porque Cristo resucitó y es vida

        creemos en la vida y no en la muerte.

        Porque Cristo resucitó y es el camino

        creemos en el futuro y no en el miedo.

        Porque Cristo resucitó y es la paz

        creemos en la paz y no en la guerra.

        Porque Cristo resucitó y está en los pobres

        creemos en la justicia y no en la opresión.

Porque creemos que Cristo resucitó y está en la comunidad;creemos en la unidad y no en la división.

        Porque Cristo resucitó y se apareció a Pedro

        creemos en una Iglesia confiada a hombres pecadores.

        Porque Cristo resucitó y nos da su Espíritu

        creemos que somos hijos amados para siempre.

 

A partir de la resurrección del Hijo de Dios podremos exclamar con Pablo, el enamorado de Jesucristo: “Ninguno de nosotros vive ya para sí mismo…Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos de Dios” (Rom 14,7 ss).

 

A partir de la resurrección del Hijo de Dios, todo Ledesma, estará haciendo realidad la misma experiencia de Emaús: en un primer momento, Cristo saliéndonos al encuentro, y caminando a nuestro lado y por nuestras calles, para escuchar nuestras dudas y certezas, nuestras lamentaciones y alegrías. También Cristo aparecerá iluminando con su Palabra, particularmente en las celebraciones, nuestras existencias; y, finalmente, Cristo compartiendo el Pan y enviándonos como evangelizadores y sembradores de esperanza de una Iglesia y para una sociedad nuevas.

 

¡¡Cristianos ledesminos y cuantos estáis abiertos a participar en los Misterios de estos días: Feliz y fecunda experiencia de Semana Santa; felices y santos días de gracias redentoras y salvadoras para todos!! Gracias por vuestra atención y por vuestra paciencia. ¡Jesús el Nazareno y su Bendita Madre, Marías, os bendigan siempre!

Ledesma, 8-4-2017

   + Cecilio Raúl Berzosa Martínez,

Obispo de Ciudad Rodrigo