Martes, 26 de septiembre de 2017

¡Jesús era un hombre alegre!

“Estad siempre alegres” (1 Tes 5,16)

“Para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plenamente colmada” (Jn 15,11).

El amor es posiblemente lo que más nos hace humanos, cuando es gratuito es la mayor fuente de alegría y satisfacción. No podemos reducirlo a un simple sentimiento, es una forma de gestionar la vida en relación a los demás, un desvivirse con los demás,  un pan partido y repartido entre todos aquellos que se acercaron a él. Jesús fue verdaderamente humano, se hace “carne” y se identifica totalmente con lo humano, su divinidad se manifiesta en su humanidad, es más, humano como Jesús solo puede serlo Dios. En su condición humana, descubrimos en él,  a un maestro de las emociones, a un maestro del amor y del prójimo. Despojado de su “yo”, en su humanidad se manifestó el inmenso amor de Dios. Una humanidad que humaniza y es fuente de toda alegría.

Solo desde su profunda humanidad podemos preguntarnos por el sentido del humor de Jesús sin que suene blasfemo, y no escandalizarnos. Un hombre con ganas de vivir, con muchos amigos, a veces poco recomendables, y celebrando la existencia en comidas compartidas, hasta el punto que lo calificaron de “comilón y borracho” (Lc 7,34). Pero no es la imagen que se nos ha transmitido, todo lo contrario, tenemos la imagen de un Jesús como una persona seria, hierática, poco familiar, magistral, casi flotando cuando estaba dirigiéndose a sus contemporáneos, o tenía sus más y sus menos con los maestros de la ley. Ahí está también la afirmación de Nietzsche en su obra Así hablo Zaratustra: “¿Por qué no se quedó [Jesús] en el desierto, lejos de los buenos y justos? ¡Quizá habría aprendido a vivir y a amar la vida –y también a reír–!”. En muchos cristianos ha calado esa idea de que Jesús raramente reía.

Puede que a esta imagen poco alegre ha sido alimentarla con unas catequesis y predicaciones donde se acentuó en exceso la divinidad de Jesús, olvidando su humanidad. El cristiano ha concentrado la atención en la cruz y en el aspecto sufriente de su vida, desarrollando una religiosidad que, ha celebrado mucho la pasión, olvidando la verdadera alegría de la resurrección. Una alegría en el espíritu que se vive en las profundidades de las entrañas y que es sinónimo de felicidad, la alegría de las bodas de Caná, anticipo de la gloria. El propio cine, ha dado una visión de un Jesús serio y poco alegre, centrado más en la cruz y la pasión que en la alegría que emana de la buena nueva, recordemos el éxito de “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson. Vivimos rodeados de cruces, toda una iconografía religiosa que le ha dado más importancia a la muerte que a la luz de la vida.

No podemos olvidar nuestros propios prejuicios e imaginario de nuestra vida religiosa, muy centrada en ritualismo, subrayando poco el sentido de la alegría y de ser bienaventurados. La propia sociedad ayuda poco, como un hilo invisible no pone el acento en las grandes verdades y afirmaciones, conspirando contra el amor que nos humaniza y, produciendo experiencias de poca hondura, fugaces y vacías, un “amor líquido” producto del individualismo, narcisismo y consumismo de nuestra cultura globalizada. No es extraño que Nietzche, crítico con su mundo y su sociedad fuertemente encorsetada en lo espiritual, quisiera incorporar la risa a la religión. En su idea dionisiaca de la existencia, pensaba que el cuerpo es el cauce de lo sagrado, es el presupuesto mismo de la vida. ¿Por qué hemos olvidado lo más carnal y humano de Jesús? ¿Por qué hemos caído en un cierto monofisismo y nos hemos alejado de la vida?

La alegría y el sentido del humor de Jesús tienen mucho que ver con el amor y la comprensión, un don del corazón, por lo mismo es espontáneo y no calculado, rompiendo los esquemas lógicos. Muchas veces al acercarnos a los evangelios con el filtro de la razón, pueden pasar desapercibidas escenas con un gran sentido del humor de Jesús, que nacen de su visión positiva y optimista de la existencia del ser humano. La primera escena en los evangelios de la vida pública de Jesús es el anuncio de la buena noticia, proclamando bienaventurados y felices aquellos que escuchan la palabra de Dios. Subraya con palabras y con gestos la cercanía del reinado de Dios donde los más pobres, marginados, angustiados y oprimidos recuperan su ser persona, su sentido de la vida y les anuncia con optimismo y esperanza un mundo mejor.

No es fácil caer en la cuenta que hay escenas en los evangelios que expresan la alegría y el un gran sentido del humor de Jesús, como cuando aparece hablando de realidades no conscientes como si lo fueran: “Cuando des limosna, que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”, como si las manos supieran lo que hacen (Mt 6,3). “Haceos bolsas (de dinero) que no envejecen” (Lc 12,33), como si fueran seres vivientes. La escena de la resurrección de la hija de Jairo presenta a Jesús riéndose de los que se reían de él por decir que “está dormida” (Mc 5, 40). Tiene su lado humorístico cuando saca de la aldea al ciego de Betsaida y “lo escupe en los ojos” y como si estuviese jugando con él le pregunta: “¿Ves algo?” y contesta. “Veo hombres como árboles, pero andan”, es decir que veía a medias; le toca los ojos y llegará a ver bien. Jesús se reía de aquellos que creen que basta con pronunciar lindas palabras, pero no realizan la voluntad del Padre. Caricaturizándolos. Cuando remata la parábola de los dos hijos, uno de los cuales dice que hará lo que el padre le pide, pero no lo hace, y el otro, al revés, se niega a obedecer, pero termina haciendo la voluntad del padre (21,28-30), como una advertencia a las autoridades religiosas: “los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de los cielos”. La carcajada y la sorna debió ser sonada en toda la región. Podemos seguir subrayando escenas, como la del paralítico bajado por el techo, las críticas de los fariseos a sus discípulos por comer espigas el sábado, burlándose y recordando que David entró en el templo y se comió los panes de la proposición, etc.

No deja de tener su lado humorístico llamar a los discípulos oligopistoi, “pequeños creyentes” (Mt 6,30; 8,26; 14,31; 16,8), advirtiéndoles, que deberían tener una fe al menos “como un grano de mostaza”, capaz de “mover montañas” (Mt 17,20; 21,21). Jesús, no era un hombre ascético como Juan el Bautista, los evangelios lo presentan celebrando la vida en diferentes comidas con amigos y toda clase de personas. Valoraba a las personas sobre la Ley y hablaba con el padre como abba y no como altísimo y soberano. Se reía de nuestras prioridades materialistas y consumistas, invitando a relativizar las cosas: “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si él mismo se pierde?” (Mc 8,36). Una clara invitación a la libertad, a la serenidad, a vivir a fondo, sin dejar para mañana lo esencial de la vida.

Es necesario recuperar el proyecto de Jesús y poner en el centro de nuestra existencia su alegría y hasta su propio humor y, poder abrir caminos al proyecto más humanizador del reino de Dios. Desde una alegría creativa, es necesario poner en el centro a los más pobres y necesitados y luchar por un mundo más justo, fraterno y solidario, abandonando comodidades. Poner en nuestro corazón esas realidades que se encuentran en la “periferia del mundo y de nuestra existencia” desde la alegría que irradia la buena nueva. Sin alegría no es posible amar, vivir, luchar y transformar. Desde la resurrección, la alegría es el “rostro de Dios en el hombre”.