Lunes, 22 de mayo de 2017

El precio del progreso

Siempre me llamaron la atención esas caras resignadas que deambulan en los aeropuertos por vuelos suspendidos. Ahora les comprendo. La información es tan reducida como inexistente. Somos unos corderitos que obedecen las indicaciones sin apenas rechistar. A continuación, les muestro un caso personal que le puede pasar a cualquiera.

  Aeropuerto de Guarulho, Sao Paulo, Brasil, jueves 16 de marzo, el avión con destino Madrid tiene prevista su salida a las 22.45 hora local. Sin embargo, este horario ha sido sobrepasado y aún no se ha facilitado el embarque de ningún pasajero.

La impaciencia se acrecienta. Todo el mundo está expectante mirando a las pantallas a la espera de esa información que tarda en producirse. Al fin, por megafonía se escucha el primer ruego de disculpa. “Se trata de una pequeña avería que está en manos de los técnicos y en breves instantes se producirá el embarque”.

Aleluya, al fin una esperanzadora señal llega acompañada de un mensaje por los monitores de que el despegue se pospone para las 23.30. Los comentarios más optimistas dicen: “No hay problema, en un viaje de diez horas este retraso los pilotos lo recuperan”.

Pasan los minutos y la nueva salida reprogramada ni siquiera coincide con la que debería ser la hora del embarque. ¿Cuesta tanto decir la verdad? Entre los pasajeros se encuentran mujeres embarazadas, niños o ancianos deseosos de tomar asiento y echarse a dormir.

Finalmente, pasadas las 00.30, con el equipaje de mano en su sitio, todos estamos sentados en el avión y a la espera de la ansiada voz del comandante con los parabienes de costumbre y el aviso de la inmediata salida del aparato.

El mensaje se produce, pero no con los deseos que los pasajeros esperan, sino para pedir disculpas y comprensión, ya que debemos desalojar el avión para que los técnicos puedan realizar comprobaciones en su intento de reparar la nave. El abandono sería por el tiempo aproximado de una hora. El motivo de la avería, “una mala distribución del circuito del agua”.

Oficialmente nadie lo dice, pero esa hora, más el desalojo y nuevo alojo, debería tener una nueva previsión de salida sobre las 3.00 de la mañana. El cruce de miradas en estos casos lo dice todo, aunque de momento no se escuche una mala palabra. Hay que tomar el equipaje de mano y salir fuera del aparato.

Afuera se forman algunos corrillos y enseguida las voces críticas, no las menos juiciosas, por supuesto, toman la palabra. Un señor, pasajero entre los pasajeros, profetiza: “Este avión ni ha salido ni saldrá y si me apuran, ya de antemano la compañía sabía del estado del aparato. Me temo que nos están entreteniendo hasta que los imperativos horarios y reglas del Aeropuerto den su veredicto: los vuelos no deben salir pasada una hora determinada”.

El caballero sorprende por su lucidez, pero… ¡cuánto nos da que esté o no en lo cierto! A fin y al cabo su información es oficiosa. La pregunta sin respuesta está en qué hacer, nuestras maletas facturadas se encuentran en ese aparato y nuestra libertad de movimientos se halla sujeta a las directrices que nos marquen. Preguntamos al personal de tierra y éste nos señala que la compañía ha contratado los servicios de una cafetería para cualquier persona que quiera tomar algo en este receso. (Foto 1).

¿Es una tomadura de pelo? Ésta se halla a más de 200 metros de la puerta de embarque y cuando llegas a ella se ha formado una cola de 300 personas. ¿Entretener? O como dicen los brasileños: ¿Enrolar? No puede ser otra cosa. La tropa está aún muy entera y es mejor alejarlos para evitar protestas.

El tiempo pasa y mientras la web de la compañía anuncia que el vuelo partirá definitivamente a las 3.30, sin embargo, cuarenta minutos antes ya comienzan a dar unos protocolos de cartón para que los integrantes del vuelo procedamos a pasar con facilidad los controles de salida hacia la cinta de retirada de equipajes. ¡El vuelo se ha cancelado!

Pero qué intereses habrá para no decir la verdad desde el principio. Quizá lo hagan así por lo de la fierecilla domada. El estado de ánimo llega a tal punto en el que lo importante no es partir, sino descansar. (Foto 2).

LA BUROCRACIA

A partir de ese momento se suceden las colas, el papeleo y las esperas. Primero en la cinta de recogida de maletas, después para tomar uno de los taxis que nos trasladarían a los hoteles, en nuestro caso más de una hora de camino. En petit comité, debo decir que nos tocó un taxista loco que tomaba las curvas a 80 cuando estaba prohibido cogerlas a más de 40, instantes en el que nadie nos hubiera convencido de que más osado aún hubiera sido subir a los cielos en aquel avión averiado.

Al llegar al hotel, la escena tal vez fuera de un centenar de pasajeros, cifra con la que nosotros ni el hotel contaba. (Foto 3). Más esperas y paciencia mientras se ponen de acuerdo la aerolínea, el aeropuerto y el hotel. En el hall, la gente cae de sueño y de cansancio. Pero para darnos una habitación aún faltaba hora y media. Ese acuerdo llega a las 6.30 de la mañana, hora del desayuno, y la gente, ya fuera de órbita, pasamos a desayunar antes de ir a la cama.

Con todo, a pesar de viajar un día después y algún que otro chascarrillo, me quedo con la seguridad y la positividad de la mayoría de la gente. Un ejemplo de lo que digo nos llega de una mujer argentina que viaja con su hija veinteañera, pues rumbo a varios países, con dos días previstos para pasarlos en España, irremediablemente ya les recortaban uno, pero lo llevan todo con suma alegría y cuando se lo decimos nos responden con una sonrisa: “Para nosotras es parte de la aventura… cabrearnos no lo van a conseguir”. A las ocho de la tarde del viernes salimos para España. Y por supuesto dando gracias al recordar a esos que deambulan por los aeropuertos durante todo el día porque su avión se ha averiado a primeras horas de la mañana.