Domingo, 17 de diciembre de 2017

Una mirada a Brasil en clave social

Vaya, tenía pensado realizar un artículo de mi última semana en Sao Paulo de la manera más amable posible y se publican unas desafortunadas declaraciones del presidente del país, señor Temer, y nos lo estropea. El presidente viene a decir que “el lugar donde la mujer es verdaderamente eficaz es en la casa y el supermercado”. Vaya, vaya… con esto hasta puede que nos haga sospechar el señor presidente que dichos lugares los pudo desear para la que fuera su antecesora, la señora Dilma, de la que él fue su vicepresidente. (Y con esto, ni mucho menos, estamos exonerando a la expresidenta de ser investigada por corrupción).

       Por supuesto que las mujeres son eficaces en dichos lugares, pero esto no lo puede decir un presidente, pues la mayoría no lo son por propia elección, sino a su pesar, ¡ya quisieran ocupar cargos de dirección! Y de manera anecdótica podemos señalar que en esos lugares las mujeres están hartas de ser ninguneadas, ya que ni siquiera son reconocidas cuando adjudican premios a dichos servicios. Todo el mundo conoce a los distinguidos “mejores cocineros”, pero ¿dónde están las cocineras?

Brasil, bien lo sabe el presidente, tiene muchos problemas, y las discriminaciones de género no son los menos importantes. El machismo está tan arraigado, que un dicho popular señala que en Río y en carnavales “nadie es propiedad de nadie”, con lo que las mujeres se llevan la peor parte y en muchos casos, en los que preside el alcohol, son cuasi impulsadas a satisfacer deseos en contra de su voluntad. Y es que Brasil, digámoslo sin ánimo de herir la sensibilidad de tantísimos brasileños que actúan con corrección, no está para pedir abrazos en la calle, pues en ciertos lugares los carnavales se prolongan a lo largo de todo el año.

No obstante, hemos de decir que mucho de lo que le pasa a Brasil, o disfruta Brasil, es parte de su cultura. Quien llega de fuera debe saber que tiene que atarse en corto. Nadie debe participar de su mundo antes de conocerlo. Por ejemplo, Salvador de Bahía o su gente, dominada por raíces y religiones africanas, celebran un misticismo cuyo credo se reduce al disfrute de la vida, y al contrario de los pueblos donde es mayoría la religión católica, en muchos temas carecen de sentimiento de culpa. El culto al cuerpo, sobre todo al bunga (culo) y a los labios rojos, que para muchos jóvenes, junto al clima, el carnaval, la música y el baile son sinónimos de seducción, una copiosa comida sabrosa y picante les llama a una incontrolable práctica de sensualidad.

Pero Brasil es inmenso, podemos decir que todo un continente. Y nadie puede arrogarse conocer Brasil y menos la particularidad de sus gentes. Sería tan absurdo como venir a España y decir que de esta manera ha conocido toda Europa. El carácter de Río de Janeiro es parecido al de sus compatriotas de Salvador de Bahía, y como urbes son parecidas a Sao Paulo, pero ni la primera ni la segunda, ni Fortaleza, ni Belo Horizonte o Brasilia son idénticas, cada una disfruta de una idiosincrasia particular y ninguna de ellas es como Sao Paulo. Ni para lo bueno ni para lo malo. Nuestro mundo, en el que hemos estado poco más de mes y medio en el presente año y otro mes en el pasado, se ha limitado a Sao Paulo, y dentro de esta ciudad nuestra vida se ha desarrollado en una de las zonas más preciadas, o como dicen algunos restaurantes: “ambiente europeo”.

¿Qué nos ha chocado de Sao Paulo? Por supuesto todo lo que choca con nuestra cultura, pero quizá esto sea parte de su acervo popular: un orden desordenado. Hemos visto alagarse las calles por desagües con mala canalización en una ciudad que desde siglos llueve torrencialmente en verano; un cableado exterior que nos retrotrae a tiempos decimonónicos robando belleza a la ciudad y poniendo en peligro al transeúnte; una gran contaminación acústica con la que nuestro Fray Luis perdería la cabeza: enjambre de motos, coches, aviones y obras en permanente orquesta; el fútbol, que lo dan a todas horas, nos hace dudar de que los brasileños no practicaran este deporte antes de que lo inventaran los ingleses; esas aceras particulares, diseñadas al gusto de su propietario o abandonadas a su suerte, que para nuestra cultura promovida por el Ayuntamiento es impensable que no sean parte de su responsabilidad. Y así seguiríamos hablando de la circulación, o sea, de la impaciencia del automovilista, con el que hay que tener sumo cuidado, y de muchas otras cuestiones. Pero para que el señor Temer tenga ocupaciones de mayor altura, propias del nivel de Estado del que goza, le haría un par de preguntas: ¿para cuándo están programadas las obras del Río Tietê, en el que la ciudad vierte libremente sus aguas? Y otra pregunta: ¿Para cuándo el desarrollo de las zonas rurales y pequeños pueblos que sobreviven con ayudas de subsistencia?

Seguiríamos, pero no dejaríamos espacio para tantas bellezas como encierra la ciudad paulista, a la que queremos circunscribirnos y a la que se augura un gran futuro. Ya se han dado cuenta de ello las mejores firmas americanas y europeas, que instalan sus oficinas en bellos edificios altos y acristalados realizados con innovadora arquitectura. En los modernos shopping, Cidade Jardim, JK Iguatemí, Vila Olimpa, Eldorado, etc., donde la vigilancia se paga sin ser ello un lujo, no falta detalle. Allí puedes encontrar buenas librerías, salas de cine, tiendas de primer nivel, etc. Y dentro y fuera de estos centros comerciales y de ocio encontramos restaurantes que, a pesar de los dos años que Brasil lleva atrapado en la crisis, los fines de semana satisfacen a un gran número de comensales; pero hay que ser justos y decir que la fuerte estratificación que tiene Brasil entre muy ricos, ricos, escasa clase media y muchos pobres, a estos últimos no los busquen entre los clientes ocasionales de los restaurantes y mucho menos entre los habituales, pues un signo que se percibe externamente es la falta de color entre sus moradores, ya que en lo económico las clases raciales están aún muy definidas.

Diríamos muchas más cosas de Sao Paulo; por ejemplo, las restricciones en el tráfico según matrículas, o el respeto y amabilidad con las personas de movilidad reducida, o con las gravidas (embarazadas) y los idosos (mayores de 60 años), quienes tienen prioridad en las salidas de los supermercados para que no sufran las colas. Quizá excesivo para los últimos, pero se agradece. Y cambiando hacia otro elemento que nos llama la atención y nos enamora es ese vergel que es Sao Paulo y Brasil en general, con gran variedad de árboles y plantas que oxigenan la ciudad y que en aquella hermosa canción, “América... es un inmenso jardín”, ya lo decía Nino Bravo.

Nos resistimos a sacar lacras o casos de violencia que en mayor o menor medida se dan en todos los sitios, pero sí queremos participar de la ética de no decir una cosa en cada sitio, y lo mejor para que esto sea posible, aunque no se trata de realizar un artículo exhaustivo de investigación social, es hablar sobre los temas que son de conocimiento general. Precisamente existe un tópico, que lo tienen asumido los brasileños, que es la llamada media verdade (de ello realizó estudios el desaparecido escritor, psicoanalista y diputado brasileño Eduardo Mascarenhas). Es decir, pocos brasileños te van a decir “no” a cualquier cosa que les pidas, pero no hay mucha voluntad de adquirir compromisos, y a veces es un “sí pero no”, que es un código de comportamiento ambiguo que ellos entienden. Y decimos que es un tópico, porque nuestra experiencia sobre esta faceta no la hemos podido comprobar, sino al contrario.

En resumen, ha sido una suerte haber podido venir a este hermoso Brasil que por su inmensidad, diversidad y como país “en construcción” es refugio de todo tipo de personas, pero los “más peores”, echados a la indigencia por enfermedad, pobreza extrema o vagabundeo sin deseos de superación, los hemos visto en lugares céntricos de la ciudad, no ha sido necesario acudir a los extrarradios. Pero en absoluto podemos contar ninguna mala experiencia.

Y para finalizar, qué mejor al salir de un país con tal variedad de personas cultas y menos cultas, que señalar con una anécdota la cultura popular de estos últimos, propia y respetable: Esto le decía un pedagogo español a un colega al entrar en contacto con un grupo de campesinos y escucharles su propia concepción del mundo: “¡Qué cultos son estos analfabetos!”. Una frase que hoy día se puede aplicar a muchísimas zonas rurales de nuestra querida España y de cualquier otro país.