Jueves, 19 de octubre de 2017

Centauros del desprecio

Despreciar a los otros por razones de raza, religión, nacionalidad o sexo, fuera de la consideración de constituir una violación a derechos universales, es una acción que solo puede estar motivada por un sentimiento de odio profundamente arraigado o por una pose banal que desea generar empatía con quienes se quiere mostrar apego gregario por compartir ciertas claves identitarias. Odio y gregarismo son los términos que definen el contexto del actuar. A veces se retroalimentan, otras van por separado. Pero el contexto comporta también el vehículo expositivo de la acción. Así, el pregón tiene un alcance diferente al auto sacramental, como el panfleto lo tiene de la novela por entregas, la prensa de la radio, o la televisión del internet. El medio es el mensaje y estos medios tienen en común su ámbito público, aunque este en ocasiones esté canalizado por vía privada.

Desde hace poco, las redes sociales se han convertido en un mecanismo poderoso que da soberanía comunicacional a cualquiera con acceso a un dispositivo digital. El ilimitado espacio público es terreno de juego irrestricto para canalizar las pulsiones de gente descerebrada ansiosa por verter su vilipendio por doquier. Han dejado atrás a los adocenados medios oficiales que hacían proselitismo y sembraban la simiente de la única verdad excluyente de todo desviacionismo impío. Sin embargo, parece ingenuo batir palmas por su pretendida defunción cuando se sabe que un canal de la televisión pública vasca ríe de los españoles mediante la chirigota. Es posible que, como dicen los responsables del programa en cuestión, el asunto se haya sacado de contexto. La verdad es que a mí me ocurre, ya que paso con ligereza preocupante de la imposibilidad de hablar de los españoles como una entidad precisa a concebirlos como paletos culturalmente atrasados.

Es por ello que el contexto vale la pena. Requiere detenerse en él y valorar el sentido de un programa así y de la actitud campechana y preñada de notable superioridad moral de quienes se animaron a participar en él a sabiendas, o no, vaya usted a saber, que eso quedará para siempre en su curriculum, ¿verdad, Miren Gaztañaga? Intentar comprender si el desprecio es un ejercicio humorístico, el más fútil de los devaneos o el odio enquistado. Reconocer que el erario de todos financia el ejercicio, a diferencia de los trolls voluntarios que acechan en defensa de la nueva política a periodistas madrileños.