Jueves, 23 de marzo de 2017

Susceptibilidades solo las necesarias

Seguros estamos de que en la actualidad el número de parejas que se respetan y son felices es infinitamente superior a las calamitosas situaciones que día tras día saltan a los medios de comunicación. Y no seamos susceptibles, que nadie crea que con esto pretendemos relativizar que han sido pocos los asesinatos respecto a la cantidad de parejas, ya que con una sola mujer que perdiera la vida a manos de quien presuntamente la amó, igualmente debería ser noticia y no mitigar en absoluto nuestra capacidad de asombro.

 

Sobre ello esperamos se esté avanzando y quienes son corresponsables de aplicar los correctivos -Políticos, Justicia o Fuerzas de Seguridad- no escatimen ningún esfuerzo. Por tanto, en este artículo no es en el desamparo oficial donde queremos colocar el acento, aunque no dudamos que queda mucho por hacer, sobre todo en Educación, y además si se gozara de mayor felicidad la violencia sería como una hormiga encima de un elefante. Nuestros mayores ya nos lo hicieron saber: cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana. Esto dicho desde la sabiduría popular, enriquecida hoy por estudios más en profundidad sociológicos y psicológicos en cuanto a celos patológicos, terceras personas, abandonos, monotonía, inmadurez, ruptura inesperada de una parte, falta de equidad en las separaciones, etc. Y nada, nada en absoluto justifica los instintos criminales de la violencia de género.

La mujer en la sociedad, salvo en esas tribus matriarcales de las que nos hablan los libros de Antropología, nunca ha disfrutado del reconocimiento que se merece como ser humano en igualdad. Primero, por ser de constitución menos fuerte que el hombre (no queremos decir sexo débil) y quedarse en la cueva al cuidado de los hijos mientras él salía de caza, ¡y ni así, digámoslo irónicamente, se le han reconocido las pinturas rupestres!, y después, con ese estigma de posesión por parte del hombre, han sufrido vejaciones que la llevaron del cinturón de castidad, a la ablación o a la lapidación. Estas últimas aún arraigadas en la cultura de algunos pueblos a pesar de ir contra natura e incumplir los Derechos Humanos.

Pero no nos queremos desviar del título con el que encabezamos nuestro escrito, pues su intención no es nada banal para lo que queremos referirnos. Hablamos de susceptibilidades y eso es un filón para quienes se quieren hacer la propaganda a costa de las mujeres. Imagino que ya estarán pensando en el impresentable diputado europeo, de cuyo nombre no hace falta acordarse, que en el uso de la palabra que democráticamente le corresponde, realizó la semana pasada una serie de lindezas en contra de la mujer propias de comienzos de la Edad Media. Pero ese eurodiputado polaco no es tonto, seguro, y sabe mucho de susceptibilidades y de repercusiones, por lo cual, con un simple escaño, ha dado más pábulo a sus seguidores misóginos que todo un partido convencional a lo largo de la legislatura.

Se ha llevado un trending toping de calle y el mundo defensor de los derechos de la mujer, que es mayoría, al quedar herido en su susceptibilidad, ha compartido la noticia con millones de comentarios. Esperemos que este individuo sea condenado a decir lo que le dé la gana en una hora sin cámaras ni micrófonos, que es la cuota de tiempo que tendrá que administrar hasta las próximas elecciones. En las redes, callar a un individuo así no sería nada difícil. Por ejemplo, donde se solicitan “comentarios” se debe escribir “sin comentario”. Y así se retrata. Ni siquiera hace falta que perdamos el tiempo dejando improperios, ¡pobrecita su madre!

Para finalizar, a propósito del tema de las susceptibilidades y de corazones enfermos, aunque en este caso sea físico, me gustaría terminar con una anécdota que protagonizó el doctor Christian Barnard en una entrevista concedida al desaparecido periódico “Pueblo” en el año 1967. ¡Cincuenta años ya! Una exclamación sobre el vertiginoso paso del tiempo, porque dicho doctor fue el primero que realizó un trasplante de corazón en el mundo. El doctor Barnard, un hombre blanco en la época del apartheid, realizó la operación en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) al paciente Louis Washkansky, también blanco, de 54 años.

Extractamos de la entrevista dos preguntas:

“-Doctor, perdone mi pregunta, pero quisiera aclarar un bulo que corre por ahí. Dicen que el corazón de la señorita Darwall latía cuando usted lo desprendió de su cuerpo.

-Yo le aseguro a usted que la señorita Darvall estaba legalmente muerta cuando yo le estirpé su corazón, tenía la cabeza completamente destrozada y su vida duró muy poco tiempo desde que ingresó en el hospital.

-Y si hubiera sido negra la señorita Darvall, ¿habría hecho usted el injerto?

-No. Si hubiera sido negra hubieran dicho después por ahí que utilizaba a una persona de esa raza para salvar la vida de un blanco. Si Washkansky fuera negro, tampoco hubiera realizado la operación, hubieran dicho que lo usaba como conejito de indias”.

Quizá por ese estrechamiento de miras sobre el contexto y los prejuicios de la época en la que le tocó vivir al Dr. Barnard, la Academia sueca no creyó oportuno concederle un Nobel totalmente merecido.

Sirva todo ello de denuedo para el empoderamiento de la mujer, pues ésta tiene que avanzar, y si se ancla en susceptibilidades nunca llegará a la meta. Siempre habrá algún “listo” que quiera ser trending toping a su costa.