Martes, 28 de marzo de 2017

Felices 125, amigo

No creo que al profesor Naismith le importara demasiado que aquel deporte que ideó para motivar hacia la actividad física a estudiantes que se formaban para administrativos, cumpliera en el día de ayer ciento veinticinco años. Haciendo de la necesidad –del frío invierno de la costa este norteamericana y lo angosto del gimnasio del YMCA en el que trabajaba– virtud, este docente canadiense afincado en Springfield, Massachusetts, convirtió un juego colaborativo en el germen de uno de los tres deportes más populares del mundo. Trece simples reglas bastaron. Trece preceptos planificados en una tarde de encierro en la habitación. En la soledad de su cuarto, practicando el aburrimiento y la imaginación –actividades relegadas por incómodas en nuestros días–, sentó las bases del baloncesto como deporte de cooperación, promotor de una filosofía humanista cristiana, y fundado en la base de la primacía de la habilidad sobre la fuerza, de la destreza en oposición a la violencia.

 

Su historia, la del baloncesto, es también la de la sociedad contemporánea. Acompañando a los ejércitos estadounidenses en sus tareas de colonización y “salvapatria”, la cesta de melocotones fue expandiéndose por el mundo ayudada, también, por algunos atrevidos pioneros que quisieron implantar los valores que se derivan de su práctica en escuelas de diferentes territorios. Claramente ligado a la “academia”, es difícil concebir su éxito si no es dentro del sistema educativo, por paralelas que circulen sus miras en la actualidad. Ello sin desdeñar, claro, su valor cultural como nexo de unión en comunidades desfavorecidas, siendo especialmente relevante su papel vertebrador en las comunidades de afroamericanos de las grandes urbes estadounidenses. Eso, claro, si admitimos que el baloncesto que se juega sobre parqué, al calor de gradas llenas y ambientado con cánticos folclóricos es el mismo que se disputa sobre cemento, en pistas cercadas por alambradas y con ritmos hiphoperos. En el Bronx, en Compton, en las afueras de Washington o también en las calles de la Habana o Santo Domingo, la pelota deja de ser un instrumento para convertirse en una religión.

 

Pero en cualquier caso, en la versión oficial o en aquella otra más genuina, el baloncesto ha sobrevivido en este siglo y cuarto a tres grandes crisis económicas, a dos guerras mundiales y otra que han querido llamar “fría”, al monopolio del fútbol, –en su versión europea y americana–, viéndose fortalecido, además, por todas las herramientas que han posibilitado la aceleración de su globalización. Cabe esperar, de esta manera, que pueda sobrevivir a la eclosión de nuevas tecnologías (cuyas consecuencias aún desconocemos) y a  las nuevas formas de difusión y consumo que asoman a la vuelta de la esquina. Y es que en sus bases descansan la esencia del trabajo en equipo y la honestidad en el esfuerzo, y a través de sus ídolos seguirá haciendo soñar a numerosos jóvenes que querrán imitarlos y a numerosos adultos que compensarán los sinsabores de la cotidianidad observando ese teatro móvil y cambiante, repleto de giros argumentales, y sin escenas de más, que es un partido de baloncesto. Felicidades.