Viernes, 15 de diciembre de 2017

El gran domingo

Agosto es el gran domingo del año

Agosto es el gran domingo del año. Todos los ciudadanos que pueden se visten de fiesta, en un sentido metafórico, esto es, toman vacaciones si pueden; dejan su lugar habitual de residencia y se van a sus pueblos, si los tienen, o si queda aún en pie la casa familiar de donde vienen sus antepasados; realizan algún viaje…; en fin, se visten de domingo, para llevar, en la medida de lo posible, una vida que, a lo largo de unos días, se salga de lo habitual y de lo rutinario.

            Y cómo se advierte este gran domingo que es agosto por doquier, vaya uno por donde vaya. Las ciudades pierden población por unos días. Los pueblos se abarrotan desacostumbradamente y adquieren una suerte de euforia e intensidad momentáneas, que es como la espuma que, durante escasos segundos, llega hasta el borde mismo del vaso de los días y que parece a punto de derramarse, para después, nada más que pasa el eufórico agosto, terminar descendiendo hasta su nivel depresivo.

            Todas las culturas de la tierra han medido el tiempo a su modo y según sus necesidades y recursos, según sus ritmos laborales y festivos. Por ejemplo, el calendario cristiano, por el que nos regimos, ya desde la Edad Media, ha privilegiado –como demostrara el antropólogo francés Claude Gaignebet– las cuarentenas, los ciclos de cuarenta días, que son los que van, por ejemplo, desde la Navidad hasta las Candelas, o los que dura la Cuaresma.

            A nosotros nos gusta relacionar, para racionalizar nuestro tiempo propio, que también es el de todos, los conceptos de ‘año’ y de ‘semana’. Así, los meses de septiembre y octubre corresponderían al lunes; los de noviembre y diciembre, al martes; al miércoles, los de enero y febrero; los de marzo y abril serían el jueves; el viernes, los de mayo y junio; julio sería el gran sábado del año; y agosto –del que hablamos–, el gran domingo del año.

            Racionalización del tiempo, racionalización de la vida, como vías de que no nos dominen ni nos sobrepasen, de tener un cierto control sobre ellos, pese a que las pulsiones anímicas, que sobrepasan siempre lo racional, terminen reivindicando su estatuto e imponiéndose, tantas veces, sobre lo consabido.

            Porque la vida es también, y sobre todo, aventura. La aventura más hermosa que nos ha tocado en suerte.