Martes, 12 de diciembre de 2017
Guijuelo al día

El agua y la luz de Santa Teresa de Jesús llenan la Iglesia de La Maya

Esta localidad acogía la actuación 123 de este montaje del grupo de teatro Lazarillo de Tormes

Representación de "Teresa, la jardinera de la luz", en la Iglesia de La Maya

Cuando se conoce a una persona, entendemos cómo las distintas etapas que conforman su vida o los caminos por los que ésta transcurre, van dibujando ese perfil que al menos nos da una idea aproximada de lo que ha llegado a ser, su carácter, gustos, inquietudes y gentes que la rodean y quieren o a las que quiere. El ser humano no debería tener misterios para su prójimo, si tenemos en cuenta que todos provenimos del mismo barro. Y sin embargo a veces resultamos complejos por no querer entender que nadie mide más que nadie en importancia, y que nuestra maravillosa diversidad nos aúna si sabemos compaginar capacidades para hacer un todo del que nadie tiene la exclusividad. Cuando algunas personalidades pueden dirigir su mirada en otra dirección más elevada que trascienda lo que de terreno hay en nosotros y aspiran a lo más sublime de nuestra naturaleza, nos muestran la vida con una obviedad que no somos capaces de entender si no nos acercamos a lo grande y profundo que anida en cada uno de nosotros. Cada vez que “Teresa, la jardinera de la luz” se pone en escena nos revela misterios de este tipo, tan accesibles, tan ignorados, y tan fáciles de ser reconocidos por la luz que nos hace llegar a la mente y el alma.

Una, dos y hasta tres son los fuertes lazos que podemos atar entre Teresa de Jesús y La Maya. 123 son así mismo las representaciones que la obra de teatro a la que aludimos lleva en su haber y cumple en este pequeño y cercano pueblo de Salamanca en esta calurosa tarde del 17 de julio. Por un lado Lazarillo de Tormes, grupo de teatro que la representa se acerca a una localidad donde un magnífico pantano lleva el nombre de la inspiradora de su montaje teatral, para cargar su energía en sus aguas. El agua es el medio natural que la carmelita del XVI usaba como metáfora para explicarnos su relación con Dios a través de la oración, que nos presenta como un acercamiento íntimo entre dos seres que se conocen y se aman, a la vez que fluyen y se empapan mutuamente. Una jardinera como Teresa necesita de este medio natural para explicar la vida y darla a las semillas que va dejando por esos caminos.

Y precisamente en uno de los más importantes de nuestra geografía, el de Santiago, se encuentra ubicada La Maya, cuya iglesia parroquial lleva el nombre del Apóstol patrón de nuestro país, y de peregrinos y caminantes que como Teresa de Jesús dejan huella en los lugares y gentes a las que se acercan. Esas huellas que abren camino son como la luz que alumbra a otros que por allí pasan como en tantas ocasiones haría esta mujer que en esta comarca de Alba de Tormes acabó su paso por esta tierra, para ir en busca de lo que impulsó su existencia y saber hacer, el amor del Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret.

Agua, camino y luz vuelven a ser los protagonistas esenciales en los que la vida de Teresa de Jesús se nos va dibujando en este proyecto teatral que en un pueblo como el de La Maya parecen haber encontrado un rincón de excepción. Se trata de unos parajes donde da la sensación de que realmente la mano de un jardinero ha expandido sus semillas y una naturaleza llena de agua y luz ha transmitido con amor la vida necesaria para que den fruto y alimenten el cuerpo y espíritu de todo el que por allí pasa. Alimento de la tierra y el agua, de las historias de vecinos y caminantes que con sus existencias sencillas y a la vez sabias conforman un paisaje interior para quien quiera compartirlas e identificarse con ellas.

Por eso al entrar en la pequeña iglesia de Santiago Apóstol donde su edificación mudéjar, simple y austera nos habla de convivencia e intercambio entre seres de distintos pensamientos y sentires, vemos de nuevo que un altar es un escenario de excepción para esta obra. Los que de ella saben y los que por primera vez lo oyen en boca de su productor Javier de Prado en la presentación que hace del trabajo, lo entienden como parte esencial del éxito de la representación.

El resto nos llega de la mano de su guionista y director, el dramaturgo irlandés, Denis Rafter, cuyo texto breve y preciso y su bella y exquisita puesta en escena hacen de “Teresa, la jardinera de la luz” un fenómeno teatral que en estos dos últimos años ha concitado la atención del más variopinto público, al que llega de forma natural mediante lo que sus actores han convertido en un trabajo de alta profesionalidad, a pesar de su categoría de aficionados. Incluso en esta ocasión, contaron con la particular presencia de espectadores que se desplazaron a propósito desde París, para ser testigos presenciales de lo que mucha gente les había contado, y que ahora pudieron valorar de primera mano y catalogaron de “brillante”. ¡Buen viaje para ellos que van ya de vuelta al país hermano, con la ilusión de hablar de “Teresa, la jardinera de la luz” en tierras galas.

Desde el mismo instante en que suenan los primeros acordes que un actor ciego arranca del teclado del órgano, réplica exacta del perteneciente al maestro Salinas, hasta que oímos al final de la obra los versos más famosos de Teresa de Jesús, van pasando frente a los espectadores los momentos más significativos de nuestra universal santa. Y gracias a sus hermanas carmelitas y los enfrentados diálogos que mantienen con el enviado de la Inquisición, que subido a un púlpito denosta a la madre, conocemos lo más importante de su vida. Su infancia, donde coqueta y simpática ya apuntaba en ella un espíritu aventurero e independiente, que destacaba incluso por encima de sus hermanos varones; o su enfrentamiento descarado, aún siendo monja con los más poderosos de su época, que la lleva a cartearse incluso con el mismo rey Felipe II.

Se nos ubica en una época lejana y distinta a la nuestra, pero descubrimos a una figura de mujer sin límites, sin fronteras porque ha entendido que su amor por Dios es mutuo y puede romper los moldes que hacen esclavos a los seres humanos. Así conocemos sus viajes para fundar conventos que liberen a las mujeres de su tiempo; les presenta a un Jesús, Dios y hombre, alejado de la soberbia de los de este mundo; y además les ofrece la libertad de las palabras que liberan el pensamiento y el corazón y trasmiten la vida y las experiencias.

Todo se nos cuenta con sentido del humor, con fuerza narrativa y con la belleza de su pluma a través de sus poesías. Son monjas, pero ante todo mujeres que han sabido entender dónde está el espíritu de la luz en sus vidas y así lo cuentan como lo hizo su maestra con ellas. Teresa de Jesús demuestra una vez más en este entorno particular de La Maya que fue una maestra excepcional, una jardinera que regó sus semillas con el agua de sus palabras, la fuerza de sus huellas y la luz de un amor inconmensurable. Cualquier pantano, aunque lleve su nombre, no puede albergar tanta agua como la que ella derramó.

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