Miércoles, 13 de diciembre de 2017
Las Arribes al día

Los vecinos de Sanchón, Villar de Samaniego y Robledo homenajean a su párroco Jesús Porras

Después de 37 años de servicio pastoral en estas parroquias, el sacerdote se toma un descanso por motivos de salud

El sacerdote Jesús Porras en el centro al finalizar la homilía este domingo en Sanchón de la Ribera / CORRAL

Los vecinos de las localidades de Sanchón de la Ribera, Villar de Samaniego y Robledo Hermoso rendían este domingo un bonito y merecido homenaje al que durante los últimos 37 años ha sido su párroco, confesor y también amigo, Jesús Porras Trigo, que por motivos de salud se ha visto obligado a tomarse un tiempo de descanso en sus obligaciones eclesiásticas, aunque en lo que la salud le permita no perderá el contacto con sus fieles, vecinos y también amigos.

Don Jesús es uno de esos curas que se ha ganado el Don de sus feligreses sin imposición alguna vestigio de otros tiempos, sino que lo ha adquirido por derecho propio, por su cercanía y sencillez, y también por su prudencia, como se encargaba de recordar Carmen –Carmina para los vecinos de Sanchón– durante la homilía de este domingo celebrada en esta localidad, porque, “como se suele decir de los toreros –continuaba–, se torea como se es; y salvando las distancias, don Jesús dice misa como es él, sin adornos, sin estridencias…; sus homilías van directas al grano y llegan porque…, ya lo dice el refrán, lo bueno y breve, dos veces bueno”.

Y es que esta era una eucaristía especial, con un bello y emotivo ofertorio dedicado a su párroco, y con la presencia del vicario general, Florentino Gutiérrez, y del vicario pastoral, Tomás Durán, que participaron en la ceremonia con una iglesia llena de fieles de las tres localidades en las que don Jesús ha repartido cariño desde 1979, después de que diez años antes, concretamente el 18 de mayo de 1969, fuera ordenado sacerdote en la iglesia de Villavieja de Yeltes, y que un mes después diera su primera misa en la localidad de Agallas.

De este modo,  los vecinos hacían entrega de cinco elementos representativos de la huella que en ellos ha dejado don Jesús a lo largo de este tiempo: Una vela encendida para recordar los bautismos y primeras comuniones oficiadas por este cura que siempre huyó del ruido; un ramo de flores por las eucaristías de cada domingo y fiestas de guardar que dejó en las parroquias de estos pueblos sencillos y también de gente humilde; un balón por su afición al futbol y en nombre de todos los niños que han recibido su cariño y enseñanzas del camino de Dios; un bastón en nombre de todos los mayores a los que siempre estuvo presto a escuchar; y el pan y el vino como alimento de la fe que ha germinado en sus parroquianos y cuya semilla plantó este cura en cada uno de estos pueblos.

Concluidos los actos eclesiásticos, los vecinos de las tres localidades quisieron también agradecer a su párroco los servicios prestados con algo un tanto más material, pues si importante es alimentar el espíritu no lo es menos alimentar el cuerpo, así que un centenar de vecinos le ofrecían una buena comida en el restaurante La Viña, de Vitigudino. Paella, carrilleras y un mouse de limón sería el menú, además de café y licores, aunque a los postres llegaría otro bonito momento: la entrega al sacerdote de un álbum de fotos que mostraba imágenes de estos 37 años por los que son ya sus pueblos, Sanchón de la Ribera, Robledo Hermoso y Villar de Samaniego.

En este acto participaban los alcaldes de los dos municipios en los que se integran las tres localidades en las que ha prestado servicios eclesiásticos, Juan Antonio Holgado (Sanchón) y Graciliano González (Villar de Samaniego), además de un vecino muy próximo al sacerdote. Además, al convite asistieron los vicarios general y pastoral, y los sacerdotes de la parroquia de Vitigudino.

Por su parte, don Jesús, como también lo haría su hermana en una breve intervención, agradecía las muestras de cariño con unas sencillas palabras que, a la postre, definen a un cura que ha dejado poso entre las gentes por su actitud, su humildad, por su cercanía y por su sencillez, como recordaba Carmina en la iglesia: “Hay gente que pasa por la vida sin pena ni gloria, otros, en cambio, dejan huella”. 

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