Martes, 12 de diciembre de 2017

El Cerro

Terminaba escribiendo el pasado Domingo: “Seguro que muchos de mis amigos ya murieron por Ley de Vida y los que aún queden, estarán como yo: Haciéndose la pregunta ¿Qué es la Vida?... Hoy, mientras replantaba mi viejo olivo, he vuelto a soñar despierto con aquellos hombres y mujeres que conocí en El Cerro, eran aquellas personas amigas con los que jugaba a mis ocho años de edad y compartía risas e ilusiones, amigos de muchas aventuras juveniles… ¡Dios mío, a veces pienso que aquellos felices momentos solamente duraron 812 días aproximadamente!.

Decía yo que estaba tratando de replantar el viejo olivo que vino desde la hondonada de “Hornacinos” allá en El Cerro y que quiero que ahora pueda gozar en libertad de los cierzos del invierno, de las duras heladas mañaneras, del cálido verano y las grandiosas primaveras, del amoroso otoño y de la fría niebla “meona” que llenará de gotas de agua sus ramas, cual lágrimas de resignación. También quiero que goce de la presencia de una pandilla de gorriones alborotadores recién salidos del nido, y que hacen entre sus ramas la parada frugal en su trasiego diario… y todo, en este viejo olivo, olivo del alma, que llegó de tierras queridas y me ha traído tantos imperecederos recuerdos y que ahora se ha asentado en otras, que no lo son menos de la Comarca peñarandina. Y que para mí, próximo a los 82 años de edad, significa que esta existencia no ha carecido de sentido y sólo es el primer paso de un camino de muchas trasformaciones que, tal vez, conducen verdaderamente a la eternidad y a la última perfección que algunos deseamos.

HISTORIAS INOLVIDABLES… 812 días… aproximadamente de recuerdos infantiles un pueblo hermoso… El Cerro.

Se acabó el hilo de mi cometa, pero tengo que confesar que para mí, en estos momentos de recuerdos, lo que más me gustaría sería el poder estar otra vez allá en “Las Navas” en la vera de “Hornacinos” junto a mi padre, cerca de aquellas tierras de algarrobas donde cazábamos las perdices y la luna se veía pequeña en la distancia, donde comenzaba la nieve y terminaban los cercados, pisando las hojas de robles y castaños caídas en nuestra andadura… y sobre todo, poder charlar con mi padre… una vez tan solo más.

Y de regreso entre frondosa vegetación y arroyos de agua trasparente, circundados por tierras empinadas cubiertas de vides, olivos centenarios, los castaños, los manzanos y perales, jalonados a tramos por zarzamoras, varias fuentes rústicas y retamas en flor…

Y SILENCIO… MUCHO SILENCIO.

Anselmo SANTOS

Contador de Historias Humanas.